El Proscrito
Demacrado y exhausto pulso las teclas para confirmar que ya respiro tranquilo. Para no asustar a la familia, no quise comentar nada antes, pero desde que el período de pago de la multa expiró, hace tres días, he sufrido con cada sirena que oía, cada coche de policía que se cruzaba en nuestro camino, cada viandante que me miraba fijamente, cada móvil que sonaba a nuestro lado; apenas he podido conciliar unas horas de sueño de las últimas setenta y dos, sudores fríos recorrían mi nuca pensando que tirarían abajo la puerta del hostal, el alimento se hacía bola en mi boca y no podía tragar. Mientras las aguas se lanzaban con furia contra las rocas del cercano presidio de Alcatraz, mi mente recordaba aquella inscripción de la Iglesia de San Francisco, en la lejana Évora, Nos Ossos Que Aqui Estamos Pelos Vossos Esperamos.
Hoy, último día en EEUU, pálido y consumido, descarnado, mis huesos limpios hasta de pellejo, claudiqué. Me acerqué a una oficina postal e hice lo que todo cobarde hace alguna vez en su vida: pagar las multas de tráfico. Sea por dejar la posibilidad de un nuevo viaje a EEUU dentro del bombo.

