Cerrando mochilas
Perogrullada es decir que todo pasa mucho antes de lo que tarda en llegar. Y aquí estamos, embalando el equipaje, apretando los bultos y recontando paquetes. Increíblemente, y quizá debiera no decirlo antes de llegar a casa, es la primera vez que no pierdo nada en un viaje. Y eso, para un desastre que se ha llegado a quedar sin dinero ni papeles, durmiendo al raso y dándole el cónsul monedas para las fotos de un nuevo pasaporte, es mucho más que milagroso.
Lo que más abunda en el exiguo equipaje son un montón de recuerdos que se tratarán de ir asimilando con el tiempo, pues a pesar de las semanas, no es fácil degustar mientras se engullen novedades. Algunos desaparecerán para retornar súbitamente en una charla, una imagen o un olor. Otros, los menos importantes, se esfumarán al baúl del olvido, chapado con siete candados. Unos pocos, serán imposibles de borrar, y aunque no gusto de dar demasiadas explicaciones, acabaré contándolos diez o doce veces sin que nadie me lo pida. Cada viaje largo, acaba siendo la mili que nunca hice.
Tras escapadas cortas, repentinas, vacaciones planeadas, viajes solo, acompañado, en barco, en tren, a pie, en grupo, con largo presupuesto o escaso de dinero, uno acaba recordando siempre lo bueno y positivando lo malo. En la balanza del que termina no se puede comparar lo bueno, por demasía, con lo malo, por el esfuerzo que supondría ponerse a pensar en ello. Viajar es un aprendizaje y compartir, es vivir. Así, que ni os quedéis sin vivir ni os permitáis no aprender. A mí, de momento, no me queda sino esperar tranquilamente la próxima partida –invitados estáis-, que ya lo decía Machado:
Sabe esperar, aguarda que la marea fluya
—así en la costa un barco— sin que al partir te inquiete.
Todo el que aguarda sabe que la victoria es suya;
porque la vida es larga y el arte es un juguete.
Y si la vida es corta
y no llega la mar a tu galera,
aguarda sin partir y siempre espera,
que el arte es largo y, además, no importa.
Y hecho este brindis al sol, ahora entre tú y yo, lector, lo que realmente merece la pena de viajar es enseñar las fotos y vacilar con “ahí he estado yo”. Cierto que el Photoshop ha ahorrado mucho trabajo de postal, pero siempre hay algún listillo que sí que ha estado y te puede desmontar la historia. Así, que ni se te ocurra irte sin cámara de fotos o comprar un par de imanes para la nevera. Ya hemos dejado claro desde el principio que lo que cuenta es la pose y que se vea bien los próximos meses la etiqueta del aeropuerto en la mochila.

