Así actúa ella
Dentro del tablero, en el juego que es la vida, nos tocaba mover ficha. Circunstancias que no vienen al caso obligaban a tener la mejor barbacoa posible por la noche. Teníamos la tienda, a mitad de monte en un balcón agradable y que por omisiones que tampoco vienen al caso nos salió gratis. Acabábamos de comprar buena ternera, pero no había leña, ni carbón. Y el monté, pródigo en tonos verdes no lo era en marrones con aspecto de crepitar.
La Providencia, provee. Suele intentar engañarnos, ser esquiva en sus maneras, dar confusas señales en lugar de claros avisos; a Ella no le gusta ser obvia.
Tras quemar nuestros dos últimos cartuchos en pos de leños, supermercado incluido, Ella entró con forma de mujer en un pequeño rancho. Giramos ciento ochenta grados y la seguimos. Bajó del coche y desapareció detrás de un corralito con gallinas. Voces. El pelo enmarañado, recogido, sus intentos de simular ser una normal mujer de campo no ocultaban su áurea a nuestros ojos.
Pedimos. Concedió. Agradecimos. La mujer volvió a ser mujer, y Ella, gustosa, de nuevo etérea, nos devolvió la atención que le prestamos. Aquel postrer gesto fue el comienzo de una noche de dos días. Y quién sabe cuántos para olvidar.




