Alcorcón, Leganés, Barajas - Nueva York, Chicago, Tulsa, Amarillo, Las Vegas, San Francisco - Ruta 66 - Tras los pasos de Moriarty

La Tierra Prometida

Monterey, sus coloridos y arbolados barrios residenciales de casas de madera, los parques y las playas, gentes de buen humor y amabilidad a flor de piel, junto con el cercano valle del río Carmel forman un pequeño paraíso en la tierra, en el que vacas pastando a escasos metros del mar y viñedos a la orilla de un río rodeado de montes llenos de pinos son posibles. Al llegar aquí, en un día soleado, pensé en la famosa tierra de la abundancia. Tiempo después, mirando atrás, compruebo que, en efecto, para nosotros lo fue.

Hacía el Sur, la Pacific Hwy 1, que viene de San Francisco y pasa por Monterey, camino de Big Sur, y continúa hasta Cambria lamiendo el Océano Pacífico, nos muestra desde sus acantilados buenas vistas, faros y unas aguas que al menos a nuestro paso fueron tranquilas y rodeadas de neblina y bruma. Curvas, puentes, cambios de rasante, tráfico lento, temperatura fresca y rincones pintorescos.

Generosa carretera que además ofrece acceso a playas menos frecuentadas que las de la ciudad, en las que surferos de poca pose y mucho arte eluden rocas, donde yacen delfines, gaviotas y algas de varios metros esperando que la corrupción no deje de ellas ni el recuerdo que obtuvimos. Cerros, aguas y abundante vegetación que acompañan el recorrido de principio a fin, en una costa conservada sin especulación urbanística y con parques naturales esperando visitantes que agranden su leyenda.

Big Sur, Garrapata State Park, Beach, California

Todo un gusto haber tomado un camino que siempre estuvo en nuestros planes, pero supeditado a la disponibilidad de un tiempo que hemos ganado a base pulso y acelerador. San Francisco, llegó tu turno.

Yo quiero ser elefante marino

Yo quiero estar tumbado en mitad de la playa. Que las olas sean mi banda sonora. Que el sol de California acaricie mi barriga. Que la Big Sur sea el cabecero de mi cama. Que las  turistas gasten su ternura en admirar mi figura. Que los turistas dilapiden su tiempo en retratar a sus acompañantes junto a mí. Que los niños alcen millones de veces los dedos señalándome. Que mi bigote rezume pescado fresco. Que mis ojos se cierren en tres o cuatro siestas al día. Que estar tumbado viendo pasar la vida, sea la mía. Que el tiempo se detenga en el trecho que separa mi barriga de la última ola. Que mis pupilas sean el reflejo del horizonte salado. Que la bruma del Pacífico me asee cada mañana. Que mis llamadas atrompicadas de placer rompan el bramar del mar. Que toda mi preocupación sea no tenerlas. Que mi vida transcurra en horizontal. Por todo eso, yo quiero ser elefante marino.

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Así actúa ella

Dentro del tablero, en el juego que es la vida, nos tocaba mover ficha. Circunstancias que no vienen al caso obligaban a tener la mejor barbacoa posible por la noche. Teníamos la tienda, a mitad de monte en un balcón agradable y que por omisiones que tampoco vienen al caso nos salió gratis. Acabábamos de comprar buena ternera, pero no había leña, ni carbón. Y el monté, pródigo en tonos verdes no lo era en marrones con aspecto de crepitar.

La Providencia, provee. Suele intentar engañarnos, ser esquiva en sus maneras, dar confusas señales en lugar de claros avisos; a Ella no le gusta ser obvia.

Tras quemar nuestros dos últimos cartuchos en pos de leños, supermercado incluido, Ella entró con forma de mujer en un pequeño rancho. Giramos ciento ochenta grados y la seguimos. Bajó del coche y desapareció detrás de un corralito con gallinas. Voces. El pelo enmarañado, recogido, sus intentos de simular ser una normal mujer de campo no ocultaban su áurea a nuestros ojos.

Pedimos. Concedió. Agradecimos. La mujer volvió a ser mujer, y Ella, gustosa, de nuevo etérea, nos devolvió la atención que le prestamos. Aquel postrer gesto fue el comienzo de una noche de dos días. Y quién sabe cuántos para olvidar.

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Adiós, ternera

En las vibraciones rápidas, como quejidos, creímos oir, muy lejana, la voz que sollozaba por la vía adelante:
¡Adiós viajeros!¡Adiós ternera!

Sacamos la mano por la ventanilla y te imaginamos pastando y girando hacia nosotros la cabeza con esa mirada única que os copian los tontos: la que tenéis las vacas cuando miráis pasar el tren. La que se nos queda a nosotros cuando te observamos dorándote sobre las brasas de la barbacoa.

Nos despedimos de ti con lágrimas en los ojos y ,si nos quedara espacio, con un nudo en el estómago. Referencia alimenticia has sido en tus más variadas formas pero obligada a cumplir con unas dimensiones que homologamos como “between chest and back”. Saludo con golpe en las respectivas partes que se instauró antes de ingerirte y ahora quedará para siempre como uno de los pilares del viaje.

Te decimos adiós, aunque ten seguro que te llevamos dentro de nosotros, pedazo a pedazo, mordisco a mordisco. Y ni con todas las intenciones del universo, pudimos  encontrar mejor sitio para este último chuletón que Ávila, aunque fuera una playa de California llamada así y no estuviera rodeada de murallas.