La Providencia
Hay muchas formas de tomarse la vida. En general, se divide a las personas entre optimistas, pesimistas y los que se la beben en forma de combinado. Si os fijáis, es muy fácil que un cenizo sea pesimista, ahora bien, la pregunta es ¿viene el pesimismo de su mal fario o ser negativo atrae problemas? Me decanto por lo segundo, no hay nada mejor para buscarse problemas que verlos por todas partes. Si además la persona gusta de lamentarse cuando los sufre, tenemos un claro caso de imán, de agujero negro capaz de conseguir que le vaya mal –o al menos lo parezca- hasta en el país de Utopía. ¡Ojo! Son peligrosos.
Realmente no creo en Ángeles de la Guarda, ni en el Destino; por no creer, no lo hago ni en la suerte, sólo en las circunstancias y la actitud que uno adopta ante ellas; por supuesto, no todos tenemos las mismas oportunidades ni circunstancias, y no siempre sale bien lo que uno intenta, qué se le va a hacer, pero no vale lamentarse, únicamente aprovechar las herramientas que encontramos.
En este viaje, a la conjunción de circunstancias y actitud lo hemos llamado La Providencia, porque tenemos absoluta confianza en que todo lo que nos pasa, que cualquier decisión que tomamos –elegir un motel u otro, repostar antes o después, perder objetos por el camino, no acudir a una llamada interesante, quedarnos dormidos y perder un plan previsto, equivocarnos de carretera- es para nuestro bien. Y os aseguro que así está siendo.
¡Ah, qué delicias nos esperan en unas horas! Sólo ella lo sabe; deseando estoy encontrarme con la nueva señal que nos envíe. Aquí estoy Amiga, sé que no me vas a fallar, y chica, yo a ti tampoco, dame margen, espero el indicio, el resto corre a cuenta mía.






