La primera impresión fue de alivio y alegría. Habíamos oído que encontrar alojamiento cerca de los parques nacionales de Sequoia y Yosemite en verano era una quimera, así que toparnos con un camping completamente vacío a orillas de un lago y en un paraje idílico nos pareció un nuevo guiño del azar.
Además, nos ahorraríamos el pago de la estancia ya que la caseta del guarda estaba iluminada y la barrera levantada, pero nadie aparecía alrededor. Ni a orillas del lago, ni en el hotel ni en el bar del otro lado de la carretera, aunque seguían con las bombillas a pleno rendimiento.

Entre las últimas horas del atardecer apareció un coche con una lancha remolcada y un pescador haciendo aspavientos con las manos, indicándonos a marchar. Estábamos seguros de que estaba cerrado por ser lunes y sólo abría los fines de semana, ya que los rescoldos en las barbacoas estaban humeantes y el último boleto de párking tenía fecha del día anterior.
Tras hacer ademán de irnos, volvimos. Si estaba cerrado, mejor, dieciséis dólares al bote. No íbamos a renunciar a semejante bicoca para hacer noche. Recogeríamos al día siguiente y punto. Nadie se enteraría

Sacar los filetes para la barbacoa y empezar a buscar leños entre los restos de las demás fue la siguiente tarea. Aunque la noche ya había caído y se hacía difícil caminar entre la arena, donde se oían los correteos de los conejos y las ardillas, Jeremías volvió con varios leños y quejándose de que le tiráramos ramitas aprovechando la oscuridad.
- Ninguno de nosotros se ha movido de aquí. Hemos estado sacando las cosas para montar la tienda. Habrán sido ramas caídas de algún árbol.
No se quedó muy convencido, pero cedió a la explicación ya que muy cerca tendríamos que estar entre la total negrura para acertarle y no escuchar ruido alguno.

Tras ver iluminarse un fuego en la otra punta del camping, resolvimos ir a ver quién era nuestro acompañante, para que nos indicara si se podía pasar allí la noche. Al alcanzar la hoguera, con troncos recién puestos, no encontramos a nadie. Lo más seguro es que hubiera ido a los baños o al lago. Regresamos y, como la carne no estaba hecha del todo, decidí irme a duchar antes de cenar mientras Jeremías se ocupaba de que el repentino vendaval no apagara la yesca.
Encontrar la diminuta luz naranja del edificio de los baños fue más fácil por el ruido del vaivén de las puertas que por su luminosidad. El mobiliario no vestía sus mejores galas y el suelo era de cemento, pero el agua salía caliente y eso era suficiente. Fue meterse bajo el chorro y apagarse la luz.
- Jeremías, no te chines, que no he sido yo el de las ramitas. Da la luz, a ver si termino de ducharme.
Ante la insistencia de la bromita decidí terminar el enjuague a duras penas y aclararme en la fuente junto a la barbacoa, y allí resolver cuentas con los otros, pues esta vez yo sí había oído las pisadas.
Tras jurarme que no se habían movido de allí para evitar que el viento, ahora ya exagerado, desclavara la tienda o hiciera saltar cenizas, supuse que se habría aflojado la bombilla.
El correteo de animales fue continuo durante la fabulosa degustación cárnica pero los manjares culinarios nos hacían estar más pendientes de masticar que de observar fauna autóctona. Lo que no requirió prestarle atención fueron los gritos y risas que se oían ahora al lado de la hoguera que habíamos visitado. La familia debía haber vuelto del lago.

Por cortesía, tras echar el cierre al estómago, nos dirigimos a darnos a conocer y hacer saber que no estaban solos en el campamento. El intento fue vano pues los escasos 500 metros de oscuridad que recorrimos sirvieron para enmudecer el aire. No dudamos que fue el tiempo que tardaron en acostarse en su tienda, por lo que molestarlos estaba de más.
Una vez hecho el reparto de lechos donde dormir, nos dispusimos a conciliarnos con Morfeo. El viento me hacía imposible la tarea por lo que pensé que el coche era el mejor sitio para esquivar el molesto repiqueteo de la lona de la tienda. En ella dejé a los otros con respiraciones profundas.

En la oscuridad del asiento reposaba cuando oí los pasos que acercaron una mano hasta la manivela de la puerta del conductor. La duermevela en la que estaba y haber cogido por fin una postura cómoda pudieron más que la solidaridad con mis acompañantes y preferí no darme la vuelta para abrirles la puerta y tener que compartir espacio de sueño. Con el rabillo del ojo pude ver como Jeremías o Noodles alzaban las piquetas de la tienda contra la lona. Supuse que se trasladaban de sitio ante la imposibilidad de dormir con tanto viento. Tal era la tormenta que el aire se deslizaba entre las hojas con alaridos y las cenizas de la hoguera se elevaban como antorchas en la noche.

A la mañana siguiente, tras encontrarnos la tienda hecha jirones y desaparecidas las piquetas, todos juramos no haberlas cogido, además de asegurar, yo, que había dormido en el coche y los otros, además de no haber intentar acceder al vehículo, haber pernoctado, para librarse del viento, uno en el suelo de la garita del vigilante ausente y otro entre los troncos de dos árboles caídos.
De la familia, ni rastro, ni una sola ceniza en la hoguera. Debieron tener pánico de la oscuridad.