Alcorcón, Leganés, Barajas - Nueva York, Chicago, Tulsa, Amarillo, Las Vegas, San Francisco - Ruta 66 - Tras los pasos de Moriarty

Sin título, 22 x 10 cms, boceto al carboncillo

Me queda en el aire, y en los posos del café aguado –mi teoría es que lo dan rebajado para que puedas llevar un vaso más grande, realmente no les gusta el café, sino que les fascina llevar un vaso grande con cualquier líquido y por la mañana toca café-, y en todas partes de EEUU, un resto de pestilente de hipocresía, de coerción moral, de mojigatería religiosa, y de imposición de obligaciones sociales al individuo que no me parecen precisamente muestras de libertad. A veces, tengo la sensación de que cada “estadounidense de pro” es un bienpensante Boy Scout venido a más, crecidito, que te mira como a un niño maleducado si no entras en su canon comportamiento aceptable. Algo similar a ese ambiente de caspa que flota por el madrileño barrio de Salamanca, donde señoronas de pelo cano y rechonchos repeinados revenidos te miran desde su 1,50, cual atalaya de la corrección, lanzándote su veredicto de culpa, por una falta que no conoces, ni ganas que tienes, pero extendido por cualquier ciudad del país. Por suerte, y por supuesto, no todos los estadounidenses con los que nos hemos cruzado dan ese perfil, de hecho algunos distan infinito.

Nadie lo duda, en EEUU la pasión por el consumo es absoluta, la exaltación nacional es, después de a la omnipresente bandera de barras y estrellas, a la producción, de lo cual infiero que un mendigo posiblemente no sea visto como un pobre, sino como un ser que no produce y por tanto no contribuye a la causa nacional, es decir, sería el peor sujeto que puede existir.

De ahí, si medimos la libertad por el número de elecciones de productos de consumo que puedes hacer, en base a una producción desorbitada, EEUU sí sería un país muy libre; pero tener 100 canales de televisión, más tipos de salsas de las que puedes probar en tu vida, barra libre a la hora de tunear tu coche, y armas al alcance de la mano no es mi definición preferida de Libertad. La corrección Boy Scout, tampoco. La sensación de comunidad-comunista, tampoco; y paradójicamente en este país, he creído verla. Ser el país con mayor índice de consumidores de antidepresivos, tampoco ayuda a que piense que todo el oro que reluce es del que parte dientes.

Por último, y más importante, tenemos un sistema político democrático y un Estado de Derecho que ya quisiéramos en algunas democracias bananeras europeas. Quiero pensar que ésa es la libertad que van repartiendo unas veces misil en mano, otras, subvención en sobre.

Me apeo del burrito

Dejamos México atrás y afronta nuestro paladar una etapa de relax con el condimento picoso. Presumo de adorar el picante, y compruebo con orgullo que sin pestañear engullo tacos con salsa roja, de la que te ofrece la mujer al aviso de “hay que aguantarla como los machos”.

No concibo una determinada forma de hombría ni que esta se mida en valores como la cantidad de alcohol que absorbe la sangre ni el picante que soporta el lacrimal, aun estando el mío por encima de la media, pero ni con esas se puede reprimir el mezquino orgullo de masticar sin demostrar gesto alguno. Y ahora, un par de guindillas crudas al coleto, a bote pronto, qué se ha creído usted.

Pero la salsa ‘picosa’ es vengativa y si no le das la bienvenida, ya te le recordará en su despedida. Y conmigo lo hizo en bandeja fría, cuando mejor se saborean las venganzas, camino de la frontera y cuando tenía que seguir un rato pegado al cuero del asiento, esperando cola aduanera.

Tenía el topo asomando por la madriguera y mutó en erizo antes de ver la luz, expulsado por el dragón que ahora habitaba en el averno que hasta entonces había sido mi plácido ojal. Ante la imposibilidad de acomodar el ojo ciego en  la nevera donde almacenamos el hielo pues mis acompañantes no están por la labor de en adelante beber Coca-Culo, opté  por superar el trance entre soplidos y rápidos movimientos pélvicos, tratando de fabricar una brisa del vacío y alejando mi mente a las antípodas de cualquier forma parecida a un abanico, hasta que dejó el caldero el punto de ebullición.

La comida mexicana, inovidable es, y no únicamente por su sabor. Así, que con todo el dolor, no sólo de mi corazón, vuelvo al plato preparado y el menú rápido de comida basura, que de momento, yo me apeo del burrito. Y mi fístula, agradecida está.

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