Lucky
Apropiándome del título de uno de los mejores cuentos de Mark Twain, podemos regalárselo a nuestro día, ya acabando, en una playa camino de Tijuana, donde con Tequila brindaremos a nuestra salud y su permanencia.
Lamentábamos el otro día el desafortunado incidente con el sheriff del condado de Garfield y lo calificábamos de emboscada de gato al ratón. Pues bien, no si será porque el estado de California es más laxo en cuanto a sus leyes o a la hora de aplicarlas sus agentes, pero hoy el ratón volvió a salir ileso de la trampa, queso en boca.
Todo ocurrió cuando Jeremías, repitiendo turno de conducción pero no imprudencia, traspasó una señalización de carretera cortada, ante los impávidos ojos de la agente, apostada de manera traicionera al cobijo de la señal, para la que salir del asombro y acudir en persecución nuestra fueron acciones simultáneas.
Debimos importunarle el descanso por las regias maneras de dirigirse, ante la indignación nuestra. Tras el trámite de pedir documentos, mala cara, no hables que soy la ley, dame tu carnet, no tienes vergüenza guarra, calla que puede saber español, you no stop sir, me cago en tus muertos que no la voy a pagar, mala cara, voy a coche patrulla, espera que ahí viene con la multa:

Silencio. Malas caras comunes. Silencio. Más silencio.
-‘You’re lucky, I have no ticket for the fine’
Miradas de soslayo. (Aguanta la risa, cabronazo, que nos empapela)
- Thank you, bye.
Los instantes siguientes, alejándonos del lugar, fueron una lucha entre voy despacio para no pasar el límite de velocidad o salgo pitando por si recapacita.
Cuatro horas después, sin haber salido de ningún incidente policial, nos sentíamos aún más afortunados. No podía ser de otra forma a orillas del lago Nelson, con el ombligo desafiando al sol y la espalda en el césped, con la grasita recorriendo aún las mejillas, y la garganta tratando de asimilar el último trozo de un chuletón que había desalojado hasta el último miligramo de aire entre la columna y las tetillas. Era el corolario a una intención de muchos días anteriores.
La fiesta del triglicérido tuvo su momento cumbre sobre la leña de una barbacoa campestre, cuando se le daba la última vuelta a una chuleta que más parecía un edredón nórdico, justo antes de acometerle la dentadura al completo.

Repuestas las fuerzas, decidimos que el cuerpo necesitaba marcha y emprendimos camino a Los Ángeles. Un accidente entre un camión y un coche, a 20 cms nuestro y en el que por el ruido creímos estar involucrados, terminaron por redondear el título de esta crónica. Embalados como estábamos, y tras ser testigos de otro suceso con ambulancias, policía y camillas de por medio, decidimos probar suerte por Beverly Hills seguros de que íbamos a encontrarnos a Antonio Banderas, y lo siguiente sería que nos invitara a un bocadillo de jamón. Que no ocurriera esto último es lo único que nos mantiene conscientes de no estar rodeados de algún aura protectora, pero por si acaso, salimos rumbo a Tijuana, donde yo cierro los ojos y vosotros ya los abrís.


Vaya jornada tan intensa, emociones a raudales.
El tema de la barbacoa: ¿os invitaron o fue acoquinado con vuestros propios dólares en algún bar?
Comment por Gran Duque de La Pedriza — August 20, 2007 @ 8:33 am
Tras observar la foto de la poli, me pregunto: ¿es que no hay seres humanos policías normales? ¿alguna poli que esté buena? ¿algún poli (masculino o femenino) sin bigote?
Comment por Gran Duque de La Pedriza — August 20, 2007 @ 8:44 am
Las barbacoas han sido un arduo trabajo de búsqueda y pillaje que casi merecen un artículo por ellas mismas. Ya te contaré otro día como a Jeremías casi le trincan robando troncos de otra barbacoa en mitad de la noche arrastrado como una lagartija mientras el que te habla le tapaba de las miradas vecinas.
La manduca fue un capricho que nos dimos a conciencia, fuimos a la carnicería y le dijimos cuál es la mejor carne que tienes y cortanos un chuletón como el cuello de Chiquetete.
Comment por Fernando Pajares — August 20, 2007 @ 5:39 pm