Redención
Algunos se preguntarán por la falta de producción durante los últimos tres días. No nos ha pasado nada. Es más, por no pasar, sólo el tiempo lo ha hecho, sobre nuestro cuerpo. Y bendito tiempo, y bendito cuerpo el nuestro. Dichoso como está ahora después de este merecido castigo.
El caso es que como considerábamos que no estábamos siendo todo lo buenos que deberíamos, nos dio un ataque de moral y decidimos flagelarnos cruzando la frontera hacia Tijuana. Como no se trataba de una huida ante un nuevo incidente policial, unos kilómetros al lado de la frontera no era suficiente castigo. Por lo cual, decidimos seguir por la Costa de la Baja California. Playas desiertas y acantilados no colmaban nuestros deseos de redención, así que buscando un lugar donde cumplir nuestra condena moral, encontramos un acantilado con vistas a una cala del Pacífico, de blanca arena y azul agua. Donde la temperatura era la suficiente para refrescarte sin pasar frío y las olas, del tamaño idóneo para castigar el cuerpo sin distraerlo de la diversión, so pena de algún surfista brasas, algo que parece inevitable a este lado de la frontera.
En busca de redención creíamos que debíamos ahondar en el flagelo, así que como una barbacoa con carne y salchichas no colmaba nuestras ansias de perdón espiritual, descubrimos una choza donde los margaritas costaban 99 céntimos. ¿Era suficiente?

Para un día, quizá no. Nuestro grado de ignominia había sido grande y el castigo tenía que ser proporcional. Así, que lo alargamos y Dios dirá, si algo tiene que decir, cuando hemos de volver. De momento, aquí seguimos, cuerpo al sol, cerveza en mano, limpiándonos del pecado.
No hay nada como la estricta mano con uno mismo y ya hemos aprendido la lección de lo que nos espera si persistimos en la actitud que traíamos. Arrepentidos los quiere Dios. Y en nuestros corazones os llevamos.




