No diré que fue injusta, pero sí me quejaré. Cuando te ponen una multa siempre esperas dos cosas: la primera, que sean benevolentes y te apliquen todos los atenuantes posibles –en nuestro caso rebajó en tres mph la infracción para poder clavarnos 100$ menos, hasta un total de 232$; la segunda, que el tipo tenga sentido del humor, lo que ayuda a que no te tomes a la tremenda el hecho de que parte de tu mensualidad desaparece sin disfrute alguno.
El Sheriff del condado de Garfield no tenía ganas de reír ni de hacer reír. Puso la multa, no permitió que abriésemos la boca y se largó con el deber cumplido.
Ah, si él supiera… toda multa tiene su historia. La de esta comienza en Newkirk, Nuevo México, hace mucho, mucho tiempo. Allí, el indicador de Buffalo decía que únicamente quedaban 8 millas de combustible, mientras que el mapa de Microsoft, bastante detallado, anunciaba la siguiente gasolinera en 20 millas. Mientras dos reían y uno se consumía por la desesperación, apareció Newkirk, con una decrépita y cara estación de servicio, gracias a la cual salvamos los muebles. Ayer, camino del Parque Nacional Bryce Canyon, tras consumir 200 millas de combustible en un bonito trayecto que atravesaba el Dixie Nacional Forest, y parar a repostar sin éxito en dos gasolineras, cerradas por ser domingo, día de descanso para los mormones, el indicador anunciaba 45 millas de combustible en la reserva y el mapa únicamente un pueblo, en torno a 30 millas de distancia, en una dirección que no deseábamos tomar –ir tampoco aseguraba tener la estación abierta. La decisión, salomónica, fue mandar todo “a la mierda” y poner rumbo al parque nacional, a sabiendas de que nos íbamos a quedar con el depósito seco durante la visita, lo que implicaba hacer noche no sabíamos bien dónde y retomar la marchita moda de hacer autostop, al día siguiente, lunes, laboral, para que nos acercasen a por el bebercio que Buffalo requiere. De nuevo dos eran todo risas y un tercero puro limón agrio. La Providencia, que siempre ayuda a los justos y generosos de corazón, vino en nuestro socorro, con dos estaciones en la entrada del parque, no marcadas en el mapa. Por segunda vez el barco salía a flote cuando nadie lo esperaba. Tras la normal alegría, pisar el acelerador en una recta sin tráfico, con un límite de velocidad ridículo y no fijarse en las señales que lo anunciaban fue una misma acción. La música, la euforia, las caricias a Buffalo y los besos a nuestra mascota Ruperta nos distrajeron lo suficiente para no ver las luces de la patrulla hasta que nos paró la barrera de entrada al parque. Caras de circunstancias. No bien desapareció la cara de Torrente, hubo otro estallido de risas, aunque de nuevo no compartido por todos.
Todavía no sé si pagaré la multa o no, una parte de mí no quiere hacerlo, la otra, tampoco; pero ambas tienen pesadillas con imágenes recurrentes acerca de sufrir el presidio en los desiertos de Utah. Lo malo no es el clima árido, sino que son mormones, y no sé porqué, pero empiezo a estar cansado de ellos. Seguro que me obligarían ir a misa los domingos, y a eso, no hay manera de encontrarle la gracia (ni siquiera la Divina).
