Loa al ‘Coyote’
Antes de por Clancy Wiggum y Homer Simpson, siempre tuve predilección por un dibujo: Wile E. Coyote. Su cara corona la que es una de mis camisetas preferidas, por muchos otros motivos.
No es cuestión ya de que le persiguiera la mala suerte o de que me sintiera identificado con el hecho de que sus maravillosos planes siempre dieran al traste con su objetivo: librarse de un asqueroso bicharraco azul que es incapaz de hacer algo más que “mock, mock” y cuya única virtud es correr deprisa y estar aliado con la Providencia.
Esta simpatía, que no necesitaba de aditamentos, cobró su momento cumbre cuando a mis loas imperecederas, se unieron las de Extromoduro: Y es que sólo me puedo imaginar a ese coyote persiguiendo su presa en Vespino, sin seguro ni luz de atrás ¿Qué más se puede pedir?
Pero sobre toda las cosas, el valor que yo le daba a nuestro animado amigo no era otro que el de pensar. No cejaba en su empeño de merendar pajarraco. Y si una máquina le fallaba, no se demoraba más allá de su caída por el barranco para volver a idear un artilugio y que se lo mandaran en una caja desde la casa ACME.

Volvía a fallar con estrépito, volvía a sufrir alguna calamidad o era presa de sus propias creaciones, pero ahí seguía, inasequible al desaliento. Un Leonardo da Vinci de la desgracia. Máquinas perfectas a las que siempre faltaba un detalle ¿Qué más da? La próxima vez sería. No había golpe lo suficientemente fuerte o explosión suficientemente cercana que le desanimara.
No estaba supervitaminado ni supermineralizado, no necesitaba superpoderes, no sabía artes marciales, ni hacía trampas con su auto loco. No robaba sándwiches al guarda, ni jugaba a los bolos con piedras, no era un mosqueperro salvador, no vivía aburridamente en las montañas con su abuelo ni se iba de un país a otro buscando a mamá coyote. Simplemente pensaba, y persistía, incansable.
Hoy hemos pasado el día en el parque Nacional de Arches, en Utah. Nada más entrar todo me ha parecido familiar a pesar de los 45 grados que se desplomaban sobre nuestras cabezas. He ido retrocediendo en estatura cada paso que daba hasta ver como tenía delante lo que hace algunos años estaba dentro de una caja.
He estado todo el día pensando en ello, hasta que mientras caminaba sólo, perdido del camino, buscando el arco delicado, he visto detrás de una roca a una especie de lobo que giraba con un pájaro colgando de la boca y me ha guiñado un ojo. A lo mejor no…




