Alcorcón, Leganés, Barajas - Nueva York, Chicago, Tulsa, Amarillo, Las Vegas, San Francisco - Ruta 66 - Tras los pasos de Moriarty

Loa al ‘Coyote’

Antes de por Clancy Wiggum y Homer Simpson, siempre tuve predilección por un dibujo: Wile E. Coyote. Su cara corona la que es una de mis camisetas preferidas, por muchos otros motivos.

No es cuestión ya de que le persiguiera la mala suerte o de que me sintiera identificado con el hecho de que sus maravillosos planes siempre dieran al traste con su objetivo: librarse de un asqueroso bicharraco azul que es incapaz de hacer algo más que “mock, mock” y cuya única virtud es correr deprisa y estar aliado con la Providencia.

Esta simpatía, que no necesitaba de aditamentos, cobró su momento cumbre cuando a mis loas imperecederas, se unieron las de Extromoduro: Y es que sólo me puedo imaginar a ese coyote persiguiendo su presa en Vespino, sin seguro ni luz de atrás ¿Qué más se puede pedir?

Pero sobre toda las cosas, el valor que yo le daba a nuestro animado amigo no era otro que el de pensar. No cejaba en su empeño de merendar pajarraco. Y si una máquina le fallaba, no se demoraba más allá de su caída por el barranco para volver a idear un artilugio y que se lo mandaran en una caja  desde la casa ACME.

Coyote

Volvía a fallar con estrépito, volvía a sufrir alguna calamidad o era presa de sus propias creaciones, pero ahí seguía, inasequible al desaliento. Un Leonardo da Vinci de la desgracia. Máquinas perfectas a las que siempre faltaba un detalle ¿Qué más da? La próxima vez sería. No había golpe lo suficientemente fuerte o explosión suficientemente cercana que le desanimara.

No estaba supervitaminado ni supermineralizado, no necesitaba superpoderes, no sabía artes marciales, ni hacía trampas con su auto loco. No robaba sándwiches al guarda,  ni jugaba a los bolos con piedras, no era un mosqueperro salvador, no vivía aburridamente en las montañas con su abuelo ni se iba de un país a otro buscando a mamá coyote. Simplemente pensaba, y persistía, incansable.

Hoy hemos pasado el día en el parque Nacional de Arches, en Utah. Nada más entrar todo me ha parecido familiar a pesar de los 45 grados que se desplomaban sobre nuestras cabezas. He ido retrocediendo en estatura cada paso que daba hasta ver como tenía delante lo que hace algunos años estaba dentro de una caja.

He estado todo el día pensando en ello, hasta que mientras caminaba sólo, perdido del camino, buscando el arco delicado, he visto detrás de una roca a una especie de lobo que giraba con un pájaro colgando de la boca y me ha guiñado un ojo. A lo mejor no…

Arches National Park, Utah

Vida On the Road

Hemos comentado cómo nos las apañamos para no fenecer por inanición. Ahora comentaremos qué tal está siendo la vida en el coche, Buffalo, para los amigos.

Lo primero, estamos pasando más horas de las que pensábamos antes de comenzar el viaje, lo cual no es ni bueno ni malo, simplemente necesario, debido a las distancias que hay que recorrer y los límites de velocidad que es importante observar. En este sentido tuvimos suerte, al recibir un coche mejor del alquilado, y viendo el uso intensivo que le estamos dando me atrevería a recomendar, a quién pretendiese hacer un viaje parecido, que escogiese un modelo cómodo y amplio; Buffalo es un Toyota Avalon, de cinco plazas y cuatro puertas, y a día de hoy ya le hemos hecho en torno a 5500 km.

Buffalo - Toyota Avalon - Arches National Park, Utah

Aparte de ver paisajes, que es uno de los objetivos del viaje, durante las horas en el coche solemos hablar, escuchar música, enredar con los mapas y el GPS, escribir las entradas del blog, leer, jugar al pinball y conectarnos a Internet a la mínima que podemos. Para varias de estas acciones es necesario un ordenador, de hecho, matamos varios pájaros de un tiro, y en el ordenador llevamos la música, el GPS, los mapas, los juegos y la máquina de escribir. Para que no muera la batería hemos comprado un adaptador que se enchufa en el mechero del coche, y al que además acoplamos un ladrón para poder recargar las baterías de las cámaras, el GPS y los móviles.

Los otros dos grandes usos que damos a Buffalo son: Bar, gracias a nuestra nevera, huchita; y Cama, ya que hemos venido tres personas, pero sólo conducimos dos, normalmente uno por las mañanas y otro por las tardes. El que no lleva el volante suele echar una cabezadita atrás. Nada mejor que usar la almohada y la manta que nos dieron los amables asistentes de Swiss Air, para estar casi como en casa.

Y poco más, así pasan los kilómetros y hasta el momento, a pesar del exceso de horas, no nos ha parecido pesado. No es la caravana de ‘Priscila, la Reina del Desierto’, ni tan siquiera una de las típicas que se pueden ver a montones en EEUU, tamaño autobús, pero se hace el viaje agradable; a las malas siempre vas parando para ver algo que te llama la atención, echar la foto vacilona, estirar las piernas…

Caravanas Tamaño Autobus - Arches National Park, Utah

Por el alojamiento que nadie se preocupe,  hay mucha cultura de viaje sin reserva, aunque sea principalmente gracias a los camioneros, es fácil encontrar donde pasar la noche: aparte de áreas de servicio en las que estar tirado, céspedes en los que plantar el culo, hay moteles para todos los gustos y bolsillos. Nuestro mínimo, por una habitación triple, ha sido 44$ y nuestro máximo 88$, todo un atraco que esperamos no volver a sufrir.