El conductor habla de Buck
Buck parecía un tipo normal, hasta que empezó a echar espuma por la boca. Después de ese momento de catarsis comenzamos a repasar todo lo que había contado, buscando incoherencias. Las había. La imaginación vuela, sobre todo si faltan datos, así, para cuando llegó la ambulancia había al menos diez teorías sobre Buck, que se multiplicaron por veinte tras ver las bolsitas de pastillas y oírle balbucear, en respuesta a las preguntas de la enfermera, que él no tomaba nada.
Personalmente, no me siento culpable de su colapso (apostaría por crisis de ansiedad, aunque cuando le vi caer pensé en un infarto). La conducción no fue muy ortodoxa, pero ni quería quedarme sin frenos bajando el puerto en el que el límite de velocidad fue rebasado con creces, ni es fácil circular en ciudad si la persona que te indica habla de modo incomprensible, es disléxico, no sabe dónde quiere ir y te avisa de los cambios de carril con dos segundos de antelación sin diferenciar “a la derecha” de “al carril derecho”, frases con significado totalmente distinto. Al final, como el chico se ponía nervioso por momentos, le dije “I promise you that we’ll arrive at the motel without any damage”, ¿cumplí, no?
Noche cerrada. Durango atrás por falta de alojamiento, nos encontramos con un coche que acababa de atropellar un ciervo, aún por expirar. Llegar a Mancos se me antojó toda una odisea, de la que guardamos fotos de paisajes impresionantes, por los valles que rodean Aspen y las montañas “Sangre de Cristo”, y anécdotas varias, pero ahí estábamos, sólo nos faltaba un sitio dónde dormir.

La vida es corta, reza el cartel del motel al que renunciamos en primer lugar; tendremos todo en contra, pero no nos apeamos del burro o un precio decente o a la calle. Y, además de corta, la vida a veces es justa, y cuando la Providencia se muestra magnánima, cuando decide recompensar las buenas acciones, la búsqueda de otra habitación, en un pueblo que nada prometía, se convierte en toda una noche para recordar, rodeados de “friendly” lugareños y cervezas por la patilla. Para colmo, la única habitación libre del otro motel del pueblo, era la Suite, y nos la dejaron a precio de habitación normal: no hay nada como una buena sonrisa para ablandar los corazones; pena que el de Jennifer esté ocupado.

Última hora: esta mañana hemos visto un pequeño comentario en el Durango Herald, referido a la aparición, un día antes de recoger a Buck, de un tipo de entorno a 50 años, con barba, y un hacha, en las cercanías de la carretera donde lo encontramos.



