Alcorcón, Leganés, Barajas - Nueva York, Chicago, Tulsa, Amarillo, Las Vegas, San Francisco - Ruta 66 - Tras los pasos de Moriarty

El autoestopista desde el asiento del copiloto

Sentado en el asiendo de acompañante del conductor tienes dos misiones, o impedir que se duerma, o pasar del tema y mirar por la ventana. Dedicandome a la segunda ocupación, veo un tio que pasa largo los cuarenta, barba, gafas de sol. Está haciendo autostop, de verdad que entre los tios con buena pinta, este tenía buena pinta. Llevamos el velocímetro en español, es decir, vamos como dice Estopa, a toda hostia. Así que para recoger a este tio tuvimos primero que decidir. Bueno, por que no? Así hablamos un rato y tal. Vale. Pues damos la vuelta. Primero echa el freno, gira y vuelve. Mete su mochila en el maletero que ya de por si está petado. Buena mochila, mejor que la mia. No tiene nada de mierda encima para ser autoestopista. Un tio limpio, buena gente. Le decimos que vamos a Durango, se le ilumina la cara. Leches! Mi dia de suerte, también voy a Durango. Más tarde me preguntaría que habría dicho si le decimos que ibamos a Pitis.

Buck - Autostop

Al poco tenemos que parar. El señor Jeremías y el señor Pajares han encontrado un nuevo lugar donde poner a prueba si pueden romperse los cuernos de una hostia. No es nada, una especie de saliente de roca, debajo del cual está el valle de un billionario del petroleo. La foto haciendo el Karate Kid no tiene precio, joder, nos jugamos la foto del dia. La verdad es que el barranquillo es de impacto.

San Juan Valley - Colorado - Karate Kid

El colega se flipa un poco con el comportamiento capruno de los adlateres. Le digo, nada, nada, si llevamos asi todo el viaje, si ven una piedra se suben a por foto. Crazy people, you know. El tio se hace unas risas.

Como a mi Durango me suena a marca de cinturones, le preguntamos que si sabe un sitio acorde a nuestro nivel de cutrefección. Claro, hombre, si precisamente anda buscando tambien alojamiento. En el camino nos contamos las vidas, pero en resumen. Una historia. Se le ha quemado el pickup, sale con lo puesto. Va para Montana, asi que a ver si desde Durango está más cerca, pillando un bus o algo. Llegados a Durango vemos que uno tras otro todos los moteles donde nos va llevando son, primero, los más baratos. Bien. Acordes a nuestras pretensiones. Segundo, todos están llenos. Como el señor Jeremías se sacó el carnet en Leganés, pues ya os imagináis, las indicaciones de dirección claritas por favor. Y aquí es donde nuestro guía improvisado empieza a liar la cosa. Dice, a la izquierda, con la mano derecha señalando a la derecha. La cagamos, para girar hay que saltarse un semaforo. No pasa nada, eso en Leganés es ley de vida. Yo creo que fue entonces cuando el tio empezó a notar calorcillo por la zona del gayumbo. Unos cuantos giros más y el tio ya metía la cabeza en el volante para dar las indicaciones. Llegamos a un motel Super 8, que yo pensaba que estaría fuera de su presupuesto. No dio lugar a más especulaciones, según pensaba yo en ir fuera de la ciudad el tio empieza a gritar como cuando te zampas un taco de un mordisco. Se pone rojo, y los ojos dando vueltas como las tragaperras de Las Vegas. De repente está en el suelo, que se mete debajo del coche! Ah, no cabe, mucha barriga para un coche tan bajo. Lo siguiente somos nosotros entrando en el motel y llamando al 911. Se lo llevan. El tio reacciona. Le sacan del bolsillo de la camisa unos sobres con unas pirulas que parecen caramelos de gordas que son. Lo siguiente somos nosotros haciendo ruedas para largarnos de alli. La próxima vez que tengamos que recoger a alguien yo creo que mejor al que tenga peor pinta. Como dice el señor Pajares, para estos casos lo mejor es recoger a alguien en una noche oscura y lluviosa, siempre que lleve un traje de comunión y tenga las cuencas de los ojos vacías.

El autoestopista

Supongo que es difícil que un conductor recoja en la carretera a alguien si circula solo. No obstante, en este viaje se daban las circunstancias.

El que hubiera hueco, que fuéramos más de uno, el tener alguien que te cuente cosas de primera mano y cierto toque de esnobismo por añadir sabor al itinerario conformaron una mezcla ideal para que se añadiera un pasajero al asiento de atrás cinco minutos después de que hubiera enderezado su dedo gordo en una carretera entre Del Norte y Durango.

No sé si es fácil o difícil recorrer la geografía americana mochila al hombro de cuneta en cuneta. Sé que hay constantes carteles para evitar recoger autoestopistas, sobre todo cuando hay cárceles cerca. Seguramente en otras circunstancias, Buck, que así dijo llamarse, hubiera esperado al menos otros cinco minutos a que le recogieran. No se trata de la buena obra del día, ni siquiera afán de ayuda entre viajeros, ya que cuando acabe el mes, mientras nosotros nos debatamos en un atasco camino a casa, él seguirá en otra carretera, con otra cuneta, subiendo a otro coche anónimo. Así, en todo caso él es el viajero, que no lleva rumbo.

Hablan de los seis grados de proximidad por los que a cualquier persona en el mundo sólo le separan seis congéneres que le relacionen con cualquier otra en el planeta. Azar, crearse una experiencia a medida o un efímero instante de solidaridad se saltaron hoy en la 285S de Colorado cinco grados de golpe.

Autoestopista

Y hasta aquí lo que era una historia normal, acabada cuando todo era normal. Pero las aventuras no suelen ser como uno las elige.

Llegamos a Durango a dejar a nuestro improvisado acompañante. Decía conocerse la ciudad de ocasiones anteriores y nos indicó los hoteles más baratos. En el primero entró a preguntar sin despedirse y salió disparado con su mochila de vuelta al coche porque no había habitaciones. Mal para nosotros también, que andábamos buscando alojamiento.

El mal fario continuó en los siguientes hoteles, cada uno en una punta de la ciudad, porque los intermedios no le venían bien. La cosa comenzó a complicarse cuando tras saltarse un semáforo Jeremías, después de una mala indicación suya, se le anunció que el conductor padecía un daltonismo severo y sólo distinguía la posición de las luces y no sus colores. Esto hizo aflorar una risa floja en su cara.

Finalmente, paramos en un hotel, donde como en todos los de la ciudad, tampoco disponían de habitaciones. En estas empezó a gritar y a echar espuma por la boca, hasta quedar tendido en el suelo sufriendo palpitaciones y tembleques varios. Ante el desconcierto nuestro y de la recepcionista del hotel se le trató de reanimar a la espera de la llegada de la ambulancia. Cuando llegaron, con los ojos pegados a la nuca, empezó a balbucear su nombre mientras las asistencias le sacaban bolsas de pastillas con una dirección, de su bolsillo derecho. Tras meterle en la ambulancia, nos quedamos mirándonos sin saber qué hacer o decir, aguantando la carcajada tonta. ¡Tío, que casi se nos muere el pavo!

Moraleja, ni busques experiencias premeditadas ni recojas gente que no conoces. A no ser que quieras tener algo que contar por un ordenador…….

Autoestopista -  Durango