Alcorcón, Leganés, Barajas - Nueva York, Chicago, Tulsa, Amarillo, Las Vegas, San Francisco - Ruta 66 - Tras los pasos de Moriarty

Vámonos al parque

Tras haber pasado en tres días todo tipo de territorio y paisaje: desde el desierto de Nuevo México a los pastos de Colorado, que harían parecer a la Duquesa  de Alba un agricultor jubilado con un huerto en el patio trasero, llegamos a la parte del viaje que denominamos Parques Nacionales.

Nos esperan picos, valles, ríos, neveros, cañones y cualquier forma geológica y floral que uno se puede imaginar. Nos despedimos de la Ruta 66 hasta que la retomemos en Las Vegas, para enfilar su recta final hacia California.

Dejamos en Texas el sabor a Fritos de Maíz y de rodeo, aunque la mayoría de los competidores en estos acontecimientos son de pueblos de Oklahoma. Nuevo Mexico se queda una efímera singladura y la sensación de un sitio desaprovechado, Una mezcla de nada y un revoltijo de todo. Es curioso la cantidad de pueblos abandonados que se dan entre Amarillo y Ratón, o cuando no lo están, sus habitantes se cuentan de un vistazo atendiendo la gasolinera y el mercadillo que se tercia en mitad del camino como oasis de incautos o despistados.

A pesar de ser tierra petrolífera, el combustible cuesta más dinero por galón que en cualquier otro estado de los que se han conocido. Se me antoja incompresible como Lance Armstrong, tejano autóctono, se hizo siete veces campeón de un deporte en el que el transporte no lleva gasolina. Aunque siempre le hará a uno saltar más del sillón en el letargo de la siesta demarrar siendo de Segovia y llamándose Perico.

La gente atiende con su hospitalidad y agradecimiento habitual, pero como un deje más rudo que de costumbre. La comida se anuncia en cafeterías y restaurantes con un nombre suficientemente descriptivo: Tex – Mex. Ciertamente, el picante guarda una mesura que hace el condimento más TEX que MEX, pero en ningún caso los frijoles, el chili y  el puré de patata abandonan la vera del pollo crujiente o el roast Beef. Las cantidades dejarían a Pantagruel al borde del colapso a medida que una camarera de rasgos hispanos deja caer los platos en la mesa desde una enorme bandeja , con aspecto de sombrilla, que dirige sin necesidad de malabares.

En la zona, nos cruzamos con los pasos de  otro lugareño cuya fama ha trascendido los límites de lo que conoció, e incluso del que dio al traste con su meteórica carrera. Billy, el otro niño además de Fernando Torres, estuvo atracando bancos hasta que Pat Garret le paró por la espalda. Hoy tendría una hipoteca y varios créditos, pero tampoco podría arrear a su caballo de colina en colina con el botín a cuestas. Nosotros le emulamos camino de Colorado acumulando recuerdos e instantáneas en nuestro baúl.

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