Retales de un pasado glorioso
Te encuentras la primera señal y resulta raro. La asocias a multitud de revistas, anuncios y placas en bares que has visto anteriormente, mucho antes incluso de que supieras lo que era. Y sin embargo, el resto ha sido una réplica de la que ahora está ahí plantada.
Tratas de recomponer el lugar a como estaba cuando los coches y furgonetas que la transitaban no llevaban aire acondicionado ni dirección asistida: un castigo para el cuerpo. Era el peaje que había que pagar al suelo por llevarte hasta una tierra de prosperidad. A veces, muchas, ese impuesto era la propia vida. De ahí su nombre de ‘Bloody Route’ (sangrienta/puñetera ruta).
Cruzar una tierra que aún hoy se exhibe fértil de naturaleza y árida de oportunidades resultaba el paseo entre el desear y el poder, la esperanza y la realidad. Mas allá de la lírica que le pueda otorgar la literatura, era la puerta hacia un mundo mejor. Los desiertos de bosque, arena y maíz que la bordean no son sino paradigma de lo que hoy es el estrecho que separa Europa del subdesarrollo.
La ruta, medio siglo después, aún serpentea, sus dos carriles desaparecen detrás de cada curva de 90 grados o a cada cambio de rasante. Te despista, se funde con la nueva interestatal, reaparece en otra intersección 50 kms adelante. Al final, el paso de un motero o dos, o una docena, te la rescata. Con carteles o sin ellos, siempre está ahí, copiloto que te sostiene.



