Nacionalismos y retretes
Poco a poco uno va entendiendo, o eso cree, porqué el estilo de vida estadounidense, los dichosos tópicos, son como son, lo cual es interesante no por tener especial aprecio al dogma yanki, sino debido a que, a fin de cuentas, lo que ocurre a este lado del Atlántico acaba por afectar incluso al pueblo Mediterráneo más escondido; y desde mi modesta posición, se pongan como se pongan, no pienso permitir que llegue el día en que no exista el tinto de verano y ni mucho menos la horchata.
Quizá termine el viaje conociendo el secreto de su extendido nacionalismo, que tantos parabienes les ha prodigado. Quizá si leyese “La Democracia en América”, de Tocqueville, aprendiese de su sistema político (formalmente, y pesar de la partitocracia que ya replicamos en Europa, el más democrático del mundo, de puertas adentro, huelga decir) y comprobase que ambas cosas tiene relación, y cuál es ésta.
Por ahora, mi teoría sobre su acérrimo nacionalismo es simple, no obstante no hemos de olvidar que algo simple puede ser acertado. Creo que lo que les une son los retretes. En España son distintos de los que hay en Francia, y estos de los británicos, y, por ende, tal desastre ocurre en el resto de la Unión Europea, de modo que la propuesta de Constitución ha fracasado y volverá hacerlo en el futuro. ¡No podemos tener una identidad única si a la hora de cagar tenemos que adaptarnos constantemente con cada cambio de Estado! Nuestro inconsciente nos podrá, nos sentiremos distintos. Uno sólo se siente como en casa cuando puede hacer de vientre a gusto, imposible si no estandarizamos los retretes.
Al revés, vienes a América y las tazas de váter en Nueva York son clavaditas a las de un remoto pueblo fronterizo con Canadá, y si mi teoría es correcta a las que hay 3600 millas al Oeste, en cualquier barcito de la baja California, terreno que aunque proviene de un robo relativamente reciente ya se habrá adaptado como es debido.





