Alcorcón, Leganés, Barajas - Nueva York, Chicago, Tulsa, Amarillo, Las Vegas, San Francisco - Ruta 66 - Tras los pasos de Moriarty

Carretera y manta

Si darse cuenta del  problema es la mejor manera de encarar las situaciones nuevas  cuando éstas son adversas, ya podemos decir que nos hemos aplicado una terapia de choque.
Acostumbrados como estábamos a gozar de un nido donde reposar tras los maratonianos días de paseos e instantáneas, unas horas, apenas veinte, han bastado para  asumir la nueva situación de interinidad.
Con 750 kilómetros por delante, recién estrenada nuestra motorización,  no nos quedaba otra que acatar que para el aprendizaje del cambio automático íbamos a estar sobrados  de kilómetros de alquitrán: ya se sabe que con paciencia y saliva se la metió el elefante a la hormiga, siendo nosotros en el mapa un insecto con maneras de paquidermo.

El descanso a tanto sosiego sólo podía encontrarse en un agitado reposo. Es por ello que el receso se produjo en Saratoga Springs. Imbuidos por el espíritu de Fernando Savater en el ‘Juego de los Caballos’, -gracias, Manolo-, disfrutamos de nuestro particular día en las carreras mientras los purasangres galopaban a la velocidad que los dólares saltaban el mostrador de las apuestas. No era Epsom ni su derby, pero como efímera parada hacia Canadá, era más que un aceptable sucedáneo.
Sustituido el  galope de la docena de  caballos de la pista por el del largo centenar del motor de nuestro coche, enfilamos el trecho que nos separaba de las cataratas del Niágara. Más largo y pesado de lo que se presumía, alcanzamos nuestro destino a una hora (2:30 a.m.), en la que  la ciudad nos recibía dormida.
Consideramos que nuestros cuerpos se habían aburguesado en ‘La Gran Manzana’ por lo que unas horas de sueño al raso, en un país tranquilo, les devolverían a su condición proletaria. Así, lejos de entregarnos a la molicie, el improvisado colchón nos haría madrugar y hacer de Marylin Monroe frente al salto de agua. No fue necesario. Un amable policía se tomó la molestia de hacernos de despertador, con todos los faros de su coche, al observar un cuerpo inmóvil tumbado en un jardín junto a un vehículo donde también dormía gente dentro.
Tras despertarse el campista, cegado por la luz, y gritar entre bostezos: -Gentuza, ¿es que no tengo derecho a dormir tranquilo?- el sonriente agente se disculpó y se retiró.
Imaginamos que hubiera pasado al otro lado de la frontera, pero como aún no la hemos cruzado, no queremos  aventurar desgracias.
Con el sueño roto y otra jornada de carretera por delante, nos convertimos en los primeros turistas del día frente al famoso lugar para descubrir que las fotos son agradecidas pero el espectáculo, no tanto. Clic, flash, clic, subirse al coche y Chicago espera.

Camping en Niagara - durmiendo junto al coche

Día 5 – Manhattan – Cinco minutos

Un suspiro o una eternidad, una pesadilla o el paraíso, la risa o el llanto, unos segundos durante una despedida, que se recuerdan por siempre o los anodinos de a diario, que pasan desapercibidos, la diferencia entre la vida y la muerte; cinco minutos pueden serlo todo o no ser nada.

En Manhattan, hubo muchos cinco minutos, y entre los que guardaré como más preciados, los primeros que pasé nada más salir del metro, en la 28th con la cuarta, mirando hacia arriba y girando el cuello en todas direcciones, cargado como un mulo y con la sonrisa de un pueblerino que viene a la gran ciudad, despistado y contento. Los del anochecer, en la azotea del Empire State Building, con luceros que poco a poco van rasgando la oscuridad que no termina de llegar y el resplandor de neones que se hacen visibles desde las alturas, cavilando como el tiempo y el afán humano han podido con aquel ingrato que pretendió evitar la edificación de la torre de Babel dividiendo a los hombres: en el mirador, entre voces en diferentes lenguas, asombrado por las vistas, acodado ante las rejas que impiden saltar al vacío, rodeado del bullicio de los turistas y los flashes, con el sordo rumor del tráfico, que a más de trescientos metros del suelo se diluye y remeda el sonido del oleaje, es fácil transformar la monstruosa Nueva York en una maravilla de la creación. Por último, la salida de Manhattan, sin demasiados pensamientos en la cabeza, concentrado en adaptarme a un coche con cambio automático, hundiendo el morro en el túnel Lincoln para cruzar el río Hudson y quedar sorprendido por la cantidad de verde que hay en cuanto uno se aleja del hormigón y cristal de la Gran Manzana.

Me voy sin pena, Manhattan tiene demasiadas cosas que no me interesan, y alguna que otra que he disfrutado. Me gustó la visita, la considero incluso recomendable, nunca veré Madrid del mismo modo; sin embargo, no la repetiría, excepto como ahora, con otros fines. Soy más de espacios abiertos, y doy fe que estoy muy feliz, escribiendo en la trasera del coche, con Sabina de fondo, viendo bosques interminables, camino de Ontario. En realidad, ahora comienza nuestro viaje, la América de otras películas, otro montón de cinco minutos que disfrutar y compartir con vosotros, si todavía os quedan ganas.