Carretera y manta
Si darse cuenta del problema es la mejor manera de encarar las situaciones nuevas cuando éstas son adversas, ya podemos decir que nos hemos aplicado una terapia de choque.
Acostumbrados como estábamos a gozar de un nido donde reposar tras los maratonianos días de paseos e instantáneas, unas horas, apenas veinte, han bastado para asumir la nueva situación de interinidad.
Con 750 kilómetros por delante, recién estrenada nuestra motorización, no nos quedaba otra que acatar que para el aprendizaje del cambio automático íbamos a estar sobrados de kilómetros de alquitrán: ya se sabe que con paciencia y saliva se la metió el elefante a la hormiga, siendo nosotros en el mapa un insecto con maneras de paquidermo.
El descanso a tanto sosiego sólo podía encontrarse en un agitado reposo. Es por ello que el receso se produjo en Saratoga Springs. Imbuidos por el espíritu de Fernando Savater en el ‘Juego de los Caballos’, -gracias, Manolo-, disfrutamos de nuestro particular día en las carreras mientras los purasangres galopaban a la velocidad que los dólares saltaban el mostrador de las apuestas. No era Epsom ni su derby, pero como efímera parada hacia Canadá, era más que un aceptable sucedáneo.
Sustituido el galope de la docena de caballos de la pista por el del largo centenar del motor de nuestro coche, enfilamos el trecho que nos separaba de las cataratas del Niágara. Más largo y pesado de lo que se presumía, alcanzamos nuestro destino a una hora (2:30 a.m.), en la que la ciudad nos recibía dormida.
Consideramos que nuestros cuerpos se habían aburguesado en ‘La Gran Manzana’ por lo que unas horas de sueño al raso, en un país tranquilo, les devolverían a su condición proletaria. Así, lejos de entregarnos a la molicie, el improvisado colchón nos haría madrugar y hacer de Marylin Monroe frente al salto de agua. No fue necesario. Un amable policía se tomó la molestia de hacernos de despertador, con todos los faros de su coche, al observar un cuerpo inmóvil tumbado en un jardín junto a un vehículo donde también dormía gente dentro.
Tras despertarse el campista, cegado por la luz, y gritar entre bostezos: -Gentuza, ¿es que no tengo derecho a dormir tranquilo?- el sonriente agente se disculpó y se retiró.
Imaginamos que hubiera pasado al otro lado de la frontera, pero como aún no la hemos cruzado, no queremos aventurar desgracias.
Con el sueño roto y otra jornada de carretera por delante, nos convertimos en los primeros turistas del día frente al famoso lugar para descubrir que las fotos son agradecidas pero el espectáculo, no tanto. Clic, flash, clic, subirse al coche y Chicago espera.

