Alcorcón, Leganés, Barajas - Nueva York, Chicago, Tulsa, Amarillo, Las Vegas, San Francisco - Ruta 66 - Tras los pasos de Moriarty

California

Tierra de vinos, tierra de sol, tierra de hispanos, tierra de encinas y monte bajo, tierra de pinares, tierra de vacas, tierra de parques naturales, tierra desértica, tierra montañosa, tierra bañada por el mar, tierra jovial, alegre, tierra de turistas; ciudades limpias, pueblos pintorescos; California comparte con España detalles, paisajes, clima e idioma, y se diferencia claramente de la mayor parte de Estados que hemos recorrido, principalmente y para mi gusto, en que aquí parece haber un poco más –que no mucha- de vida en la calle.
 
En todo caso, California no es España, sin ir más lejos hoy suspiraba por unos panchitos con las cervezas; de acuerdo, es absurdo, pero algunas veces, sino todas, en esos pequeños detalles está la felicidad; y poco tardaré en largarme a Cuenca a darle al vino y los zarajos, que se echan de menos.

La verdad, California y San Francisco no son Europa; por cierto, no tengo ni idea de qué es Europa, pero puestos a buscar semejanzas o diferencias, y hartos de tanta diferencia encontrada durante el último mes –sobre todo en lo que a la localización de bares se refiere- nos hemos querido quedar con las semejanzas y haberlas, haylas. California merece la pena la visita y San Francisco es una ciudad muy agradable lo cual, viniendo de alguien que prefiere andar rodeado de matojos, es bastante decir.

En definitiva, veo California, principalmente, como un punto débil del Imperio a través del cual va entrando la sabia hispano-española-castellana, de igual modo que Han Solo se coló en la Estrella de la Muerte por un pequeño agujerillo para hacer reventar la manzana podrida.

No sé si mis ojos lo verán, pero, como dije a Piernas de Roble en el pueblecito de Mancos, recibiendo por respuesta una cara de estupefacción, “I have a dream, that one day all América will speak Spanish”.

PD. En cuanto a nuestra triunfal entrada en San Francisco a voz en grito y de la mano de Bambino, Triana y Raphael todavía ando dubitativo sobre si puede haber algo más grande o más grotesco. Votación a través de los comentarios.

San Francisco, Europa en América

En San Francisco estamos, por lo que es obvio que llegamos en hora y tiempo a nuestro destino sin más inconvenientes que sonara el cd de Bambino justo cuando el Golden Gate nos abría sus ojos. Y como así fue que cantaba ‘Tengo la experiencia’ el de Utrera cuando suspendidos estábamos sobre la bahía, poco más se puede pedir.

Menos agotados de lo que imaginábamos arribamos a lo más parecido a Europa que rezan las crónicas de los que nos han precedido. Parto del hecho de que aún no he descubierto cuando algo se parece al Viejo Continente, a qué parte exactamente lo hace, ya que deben ser todas similares según estas opiniones. Menos americana quizá lo sea esta ciudad, a mis ojos, pero miles de años de historia no se suplen con Alcatraz, puentes monumentales y tranvías. Emblemas de poco más edad que una abuela cuyas muescas no han ocasionado centurias romanas, celtas, bárbaras o íberas a su paso y con su sangre. Ni Revoluciones, ni Perestroikas ni carros invasores entrando en la ciudad a voz de Reich. Sillas eléctricas en vez de guillotinas o garrotes vil. Céntrico edificios cienciólogos por Castillos de la Inquisición o Alcazabas y juderías.

Calles bordeadas por construcciones originales, que destacan por mantener la verticalidad cuando el fiel de la carretera desafía las Leyes de Newton. Turistas y paseantes, tranquilos e indecisos, con cámara de fotos o de vídeo, con gafas de sol,  sombrero o gorras de béisbol y restaurantes de marisco y mantel de postín. Si parla italiano, se fala portugués y se habla español, rezan los carteles.

Ciudad simpática, limpia, cosmopolita, tranquila y se imagina apacible para vivir, incluso para el recreo. Pero, el que crea que esto parece Europa, o poca dado es a mirar en derredor cuando está en casa o se embelesa mirando las fachadas sin rascar la pared.  En cualquier caso,  que espere dos mil años para contármelo. La historia no se gana con neones, películas y cuestas.

Golden Gate, San Francisco, California

La Tierra Prometida

Monterey, sus coloridos y arbolados barrios residenciales de casas de madera, los parques y las playas, gentes de buen humor y amabilidad a flor de piel, junto con el cercano valle del río Carmel forman un pequeño paraíso en la tierra, en el que vacas pastando a escasos metros del mar y viñedos a la orilla de un río rodeado de montes llenos de pinos son posibles. Al llegar aquí, en un día soleado, pensé en la famosa tierra de la abundancia. Tiempo después, mirando atrás, compruebo que, en efecto, para nosotros lo fue.

Hacía el Sur, la Pacific Hwy 1, que viene de San Francisco y pasa por Monterey, camino de Big Sur, y continúa hasta Cambria lamiendo el Océano Pacífico, nos muestra desde sus acantilados buenas vistas, faros y unas aguas que al menos a nuestro paso fueron tranquilas y rodeadas de neblina y bruma. Curvas, puentes, cambios de rasante, tráfico lento, temperatura fresca y rincones pintorescos.

Generosa carretera que además ofrece acceso a playas menos frecuentadas que las de la ciudad, en las que surferos de poca pose y mucho arte eluden rocas, donde yacen delfines, gaviotas y algas de varios metros esperando que la corrupción no deje de ellas ni el recuerdo que obtuvimos. Cerros, aguas y abundante vegetación que acompañan el recorrido de principio a fin, en una costa conservada sin especulación urbanística y con parques naturales esperando visitantes que agranden su leyenda.

Big Sur, Garrapata State Park, Beach, California

Todo un gusto haber tomado un camino que siempre estuvo en nuestros planes, pero supeditado a la disponibilidad de un tiempo que hemos ganado a base pulso y acelerador. San Francisco, llegó tu turno.

Yo quiero ser elefante marino

Yo quiero estar tumbado en mitad de la playa. Que las olas sean mi banda sonora. Que el sol de California acaricie mi barriga. Que la Big Sur sea el cabecero de mi cama. Que las  turistas gasten su ternura en admirar mi figura. Que los turistas dilapiden su tiempo en retratar a sus acompañantes junto a mí. Que los niños alcen millones de veces los dedos señalándome. Que mi bigote rezume pescado fresco. Que mis ojos se cierren en tres o cuatro siestas al día. Que estar tumbado viendo pasar la vida, sea la mía. Que el tiempo se detenga en el trecho que separa mi barriga de la última ola. Que mis pupilas sean el reflejo del horizonte salado. Que la bruma del Pacífico me asee cada mañana. Que mis llamadas atrompicadas de placer rompan el bramar del mar. Que toda mi preocupación sea no tenerlas. Que mi vida transcurra en horizontal. Por todo eso, yo quiero ser elefante marino.

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Así actúa ella

Dentro del tablero, en el juego que es la vida, nos tocaba mover ficha. Circunstancias que no vienen al caso obligaban a tener la mejor barbacoa posible por la noche. Teníamos la tienda, a mitad de monte en un balcón agradable y que por omisiones que tampoco vienen al caso nos salió gratis. Acabábamos de comprar buena ternera, pero no había leña, ni carbón. Y el monté, pródigo en tonos verdes no lo era en marrones con aspecto de crepitar.

La Providencia, provee. Suele intentar engañarnos, ser esquiva en sus maneras, dar confusas señales en lugar de claros avisos; a Ella no le gusta ser obvia.

Tras quemar nuestros dos últimos cartuchos en pos de leños, supermercado incluido, Ella entró con forma de mujer en un pequeño rancho. Giramos ciento ochenta grados y la seguimos. Bajó del coche y desapareció detrás de un corralito con gallinas. Voces. El pelo enmarañado, recogido, sus intentos de simular ser una normal mujer de campo no ocultaban su áurea a nuestros ojos.

Pedimos. Concedió. Agradecimos. La mujer volvió a ser mujer, y Ella, gustosa, de nuevo etérea, nos devolvió la atención que le prestamos. Aquel postrer gesto fue el comienzo de una noche de dos días. Y quién sabe cuántos para olvidar.

Providencia, Carmel Valley, California Providencia, Carmel Valley, California

Providencia, Carmel Valley, California Providencia, Carmel Valley, California

Providencia, Carmel Valley, California Providencia, Carmel Valley, California

Adiós, ternera

En las vibraciones rápidas, como quejidos, creímos oir, muy lejana, la voz que sollozaba por la vía adelante:
¡Adiós viajeros!¡Adiós ternera!

Sacamos la mano por la ventanilla y te imaginamos pastando y girando hacia nosotros la cabeza con esa mirada única que os copian los tontos: la que tenéis las vacas cuando miráis pasar el tren. La que se nos queda a nosotros cuando te observamos dorándote sobre las brasas de la barbacoa.

Nos despedimos de ti con lágrimas en los ojos y ,si nos quedara espacio, con un nudo en el estómago. Referencia alimenticia has sido en tus más variadas formas pero obligada a cumplir con unas dimensiones que homologamos como “between chest and back”. Saludo con golpe en las respectivas partes que se instauró antes de ingerirte y ahora quedará para siempre como uno de los pilares del viaje.

Te decimos adiós, aunque ten seguro que te llevamos dentro de nosotros, pedazo a pedazo, mordisco a mordisco. Y ni con todas las intenciones del universo, pudimos  encontrar mejor sitio para este último chuletón que Ávila, aunque fuera una playa de California llamada así y no estuviera rodeada de murallas.

La Providencia

Hay muchas formas de tomarse la vida. En general, se divide a las personas entre optimistas, pesimistas y los que se la beben en forma de combinado. Si os fijáis, es muy fácil que un cenizo sea pesimista, ahora bien, la pregunta es ¿viene el pesimismo de su mal fario o ser negativo atrae problemas? Me decanto por lo segundo, no hay nada mejor para buscarse problemas que verlos por todas partes. Si además la persona gusta de lamentarse cuando los sufre, tenemos un claro caso de imán, de agujero negro capaz de conseguir que le vaya mal –o al menos lo parezca- hasta en el país de Utopía. ¡Ojo! Son peligrosos.

Realmente no creo en Ángeles de la Guarda, ni en el Destino; por no creer, no lo hago ni en la suerte, sólo en las circunstancias y la actitud que uno adopta ante ellas; por supuesto, no todos tenemos las mismas oportunidades ni circunstancias, y no siempre sale bien lo que uno intenta, qué se le va a hacer, pero no vale lamentarse, únicamente aprovechar las herramientas que encontramos.

En este viaje, a la conjunción de circunstancias y actitud lo hemos llamado La Providencia, porque tenemos absoluta confianza en que todo lo que nos pasa, que cualquier decisión que tomamos –elegir un motel u otro, repostar antes o después, perder objetos por el camino, no acudir a una llamada interesante, quedarnos dormidos y perder un plan previsto, equivocarnos de carretera- es para nuestro bien. Y os aseguro que así está siendo.

¡Ah, qué delicias nos esperan en unas horas! Sólo ella lo sabe; deseando estoy encontrarme con la nueva señal que nos envíe. Aquí estoy Amiga, sé que no me vas a fallar, y chica, yo a ti tampoco, dame margen, espero el indicio, el resto corre a cuenta mía.

BBQ

Auténticos maestros nos consideramos, no de cualquier arte, sino de uno que hemos ido practicando y perfeccionando cada hora de viaje: dar la brasa. La brasa a la chuleta se entiende, cuando no chuletón.

Cegados estábamos en nuestros lamentos por la comida basura y la carestía de la que no lo era,  obviamos lo que nos esperaba en la cámara frigorífica de cada supermercado, las piezas del puzzle de ternera que hemos ido recomponiendo dentro del cuerpo.

Es muy importante señalar que para llevar a cabo una barbacoa sólo son necesarios dos ingredientes: la carne y las ganas. Todo lo demás es secundario y llega como consecuencia de lo anterior.

bbq - barbacoa

A unos 100 metros sobre el valle de El Carmel, California, con las vistas en los viñedos y los maderos de al lado esperando consumirse, está la que será la penúltima de ellas. Y es que las ha habido de varias clases y logística, cada una adecuada a su tiempo y su espacio.

bbq - barbacoa

La primera, en Silverwood Lake, fue más deseada que un bebé in vitro. La llevábamos en la mente como equipaje, pero tardó tres semanas en materializarse sobre unas brasas. Fue la  primera vez, y única, que hubimos de recurrir al carbón y como novatos que éramos, lo compramos en un supermercado. La carne no era la mejor, pero la ilusión se sobrepuso a cualquier otro obstáculo que no fuera esperar a que las ramas calentaran el carbón y éste se convirtiera en abrasivos rescoldos. Deliciosa por esperada.

bbq -  barbacoa

México obligaba,  no por falta de restaurantes, pero si por altanería. El orgullo racial de periferia se sobrepuso a las miradas yankis, que de soslayo y sonrisa poco disimulada vieron nuestras humildes ramitas despositadas junto a sus mastodónticas pilas de troncos, incendiadas con gasolina.

Lejos de desmoralizarnos, y a horas de estar ya cenados, acudimos en pos de unos filetes, pues la ganas estaban a flor de escroto, y ya hemos dicho que más ingredientes no son necesarios. Recoger piedras con las que hacer el rodal, encontrar por el monte material incendiario, agenciarnos un mechero y aquello empezar a prender ante el estupor y la envidia vecina, fue lo siguiente. La calidad del vacuno encontrado no era la mejor, rejilla no hizo falta pues en pinchos morunos la convertimos con palos, pero es lo de menos, pues en esa barbacoa la carne era el acompañamiento ya que cenamos de primero orgullo y de segundo satisfacción. De postre, chulería. Y de paso, recargamos el saco de troncos al auspicio de la oscuridad y el exceso de cerveza de sus propietarios.

bbq - barbacoa

A estas le han ido acompañando unas 7 u 8 más, llevando a a estas alturas en nuestro cuerpo una res de considerable tamaño. Las ha habido artesanas, inminentes, de llama alta y brasa fácil, de carne excelente y salchicha recurrente, de bacon, de falda, de solomillo. Y quien me conoce sabe que no me gusta escatimar en los placeres mundanos.


bbq - barbacoa

Con esto, me voy que el chuletón está en la brasa y esta noche, regado con vinito de la región, no  nos vayan a meter en el calabozo del valle con Kierkegaard, aunque lo leamos. Qué va, qué va, qué va….

Amores eternos

Hoy al atardecer pude disfrutar de un paseo entre secuoyas gigantes sin nadie a mi alrededor, sorprendente, pero cierto. Se ve que el miedo a los osos, coyotes o pumas, que hacen acto de presencia cuando el sol declina, o la hora de cena temprana en estos lares hacia que la gente dejase el lugar cuando nosotros llegábamos. Noodles y Fernando regresaron antes al coche, mientras yo decidí seguir adentrándome en el bosque, aunque sin alejarme demasiado del sendero, para evitar disgustos.

Media hora después, sin haber visto ningún oso, lo cual me hubiera hecho ilusión, encontré el abrazo más largo entre dos seres vivos que seguramente existe en el planeta. Pensar que algún día fueron dos débiles tallos que el viento mecía, y verlos ahora aún juntos, después de más tiempo del que un humano es capaz de asimilar, con las bases del tronco unidas, resulta increíble. Más de 2000 años haciéndose compañía, y ahí siguen, esperando que un rayo los parta. De seguro que igual que han crecido de la mano, morirán el mismo día. Hay amores eternos.

Secuoyas Gigantes - Yosemite, California Secuoyas Gigantes - Yosemite, California

PD. Cada vez queda menos viaje, y nosotros nos ponemos más cursis y melancólicos, pero sin roce, cada cual en su saquito.

Llevarse un parque

Diez de la noche en Yosemite. El fuego empieza a disminuir a medida que los rescoldos se amontonan en la barbacoa diciendo adiós desde su crepitar. La luna, casi completa, se asoma entre las últimas ramas de los pinos, atestiguando su presencia más que iluminando. El círculo de Parques Nacionales que empezara en Mesa Verde se cierra. Poca naturaleza nos resta ya por observar en este viaje.

Hemos paseado por bosques, nadado a contracorriente en ríos, trepado a escollos, descendido barrancos, saltado de roca en roca, asomado a cañones, atravesado gargantas, sudado en desiertos y sobre todo, hemos empequeñecido. O más bien el mundo ha ensanchado frente a nuestras pupilas.
Protágoras decía que la medida de todas las cosas es el hombre, pero observando gigantescas creaciones de la Naturaleza, hubiera dudado de su unidad de medición por lo inabarcable que aparece al ojo humano todo lo que nos ha rodeado.

Los Parques Nacionales esconden los grandes tesoros de EEUU y como tal los protegen. Son la cara desconocida del prejuicio extranjero y el lado oculto de la postal del ‘american way of life’. Cada uno a su manera y cada cual con sus características, que lo hacen diferente de los demás. Para verlos, recorrerlos a pie, a caballo, en bici, quedarse unos días o unas horas, siempre podrás arrancar una cosa que llevarte en tu retina.  Mucho podría contar de cada sitio, pero siempre me quedaría corto, así que mejor compruébalo por ti mismo.

El Capitán en Yosemite, el general Sherman en Sequoia, la unión de los ríos Verde y Colorado en las Canyonlands, el escondite de Butch Cassidy en Capitol Riff, las casas de los primeros colonos en Mesa Verde, los balcones del Gran Cañón, los 50 grados del Valle de la Muerte, los asentamientos navajos en Bryce Canyon o el Delicate Arch en Arches seguirán su perenne historia donde los dejamos, pero desde ahora, sin ellos saberlo, son un poco más nuestros.

Half Dome - Yosemite, California

Cañonero

“Echar el ancla a babor, a un extremo la argolla y al otro mi corazón”, Coyote aupado en él queda, en Fresno, California; de él me despido con dolor y pesadumbre, pero también con buenos recuerdos, y a fin de cuentas, de acumularlos va la historia llamada Vida, para luego quemarlos en un instante de éxtasis final.

Ahora, Cañonero, nuevo y brioso palafrén nos permitirá adentrarnos en impenetrables bosques y disfrutar de recónditas playas que ya nos fueron recomendadas en San Ysidro, frontera con México, por una agradable pareja de españoles a los que oímos vocear allá donde nadie alza la voz.

Si con este último cambio he aprendido algo ha sido que cuanto más te dan, más pierdes y más te indignas por detalles absurdos, como un salpicadero de madera. Bendito gusto por lo cutre que tan poco me exige.

Buena ventura, Coyote

Ni por ser rocín flaco, galgo corredor o adarga antigua portar te despedimos, pues buen servicio cubriste sin donaires ni soberbia, que bien pudiste. Más por razón de servicio, que no sumisión, lealtad, que no servilismo, e hidalguía, que no obediencia, terrenos anduvieras que otros de tu condición hubieran rechazado por mucha bota que acelerador al suelo hubiera aplastado.

Ni quejidos ni remilgos mostraste hasta tu final hora, cuando el aliento flaqueaba, más por descuido de otros que por merma tuya. Ni renegamos ni olvidamos que frontera atravesaste, dejando atrás tu hogar, y adentráronos en terrenos extraños que como hogar trataste sin una mirada atrás descuidar, pues con ganas renovadas cada metro nuevo facías.

Descansa ahora y buena ventura tengas si en tu nueva vida otras manos acariciaran tu rienda y que ni bravuconadas exijan ni al límite te lleven, pues mereces más tranquila vida que las que estas manos te ofrecieron, no pienses que por rabia ni despecho sino por admiración de que tus límites alejáranse cada vez que a punto de rozarlos creyésemos estar.

Al tuyo ritmo camina y con orgullo pasea el nombre por el que adoptado fueras no ha mucho, esperanzados de nuestra meta hollar a tus lomos, más no pudo ser pero como si veraz hecho fuera, se cruzará esa línea que llaman San Francisco, tomado el nombre del amigo de los animales salvajes, de los que parte formas tú desde aqueste mismo instante.

Feliz viaje, Coyote, que cuando la aventura se torna desventura, como el caso es, no mereces menos que despedirte como recibirte quisimos, y así lo relatamos.

Alisitos, Mexico - Chevrolet Equinox

The word of the Lord come to me

Tras un par de días entre lagos y ríos, hoy estuvimos de paseo por Sequoia y Kings Canyon, ambos parques nacionales. Bosques inmensos de árboles, algunos gigantes a más no poder, a escasos 50 km en línea recta, y 3 km de altitud del Death Valley Nacional Park, donde no crece ni la pena; verlo para creerlo.

Fernando considera que la brecha del Grand Canyon es más impactante, mientras que el que suscribe ha venido con la vena mística encendida. Ver un ser vivo tan grande, y sobre todo, tan fuerte, saber que es inmune a cualquier agresión –plagas e incendios incluidos-, que sólo su propia naturaleza o la estúpida manipulación humana pueden con ellos me ha hecho poco menos que ver representado a Dios.

He llegado al motel, que ya tocaba, y directamente he cogido la Biblia. Puntualizo, en todos los moteles hay una, y siempre que me he fijado era de la secta de los Gideones. Personalmente, agradecería otro tipo de lecturas, sé que tener a elegir entre 100 libros es una utopía cuando ya te ofrecen 100 canales de televisión por cable, a cada cual peor, pero encontrar siempre la misma perniciosa lectura es aún una experiencia más miserable que sufrir la porquería enlatada de la televisión; no obstante, hoy, decía, crecido por la visión de tantas ramas por acre y foresta digna de un poblado Ewok, he abrazado las líneas sagradas.

Como la Biblia no incluye un libro dedicado a las secuoyas –sí tengo uno propio, os aconsejo su lectura- me he ido al de los Reyes. Y tan identificado me he sentido con el comienzo del primer capítulo “Now King David was old, advanced in years; and they put covers on him, but he could not get warmed. 2. Therefore his servants said to him ‘Let a young woman, a virgin, be sought for our lord the king…’” que he decidido que mañana, tras la visita a Yosemite, encenderé las brasas que han de torrar el enésimo chuletón que voy a digerir en estas tierras tan piadosas con la Biblia de los Gideones. Seré Rey David por un día, no habrá virgen pero sí carne, y el chuletón tendrá un sabor “divino”. Fogata, hoguera, foguera purificadora que va también por vosotros, fieles y devotos seguidores del blog.

Una noche increíble

La primera impresión fue de alivio y alegría. Habíamos oído que encontrar alojamiento cerca de los parques nacionales de Sequoia y Yosemite en verano era una quimera, así que toparnos con un camping completamente vacío a orillas de un lago y en un paraje idílico nos pareció un nuevo guiño del azar.

Además, nos ahorraríamos el pago de la estancia ya que la caseta del guarda estaba iluminada y la barrera levantada, pero nadie aparecía alrededor. Ni a orillas del lago, ni en el hotel ni en el bar del otro lado de la carretera, aunque seguían con las bombillas a pleno rendimiento.

Isabella Park - California

Entre las últimas horas del atardecer apareció un coche con una lancha remolcada y un pescador haciendo aspavientos con las manos, indicándonos a marchar. Estábamos seguros de que estaba cerrado por ser lunes y sólo abría los fines de semana, ya que los rescoldos en las barbacoas estaban humeantes y el último boleto de párking tenía fecha del día anterior.

Tras hacer ademán de irnos, volvimos. Si estaba cerrado, mejor, dieciséis dólares al bote. No íbamos a renunciar a semejante bicoca para hacer noche. Recogeríamos al día siguiente y punto. Nadie se enteraría

Isabella Lake - California

Sacar los filetes para la barbacoa y empezar a buscar leños entre los restos de las demás fue la siguiente tarea. Aunque la noche ya había caído y se hacía difícil caminar entre la arena, donde se oían los correteos de los conejos y las ardillas, Jeremías volvió con varios leños y quejándose de que le tiráramos ramitas aprovechando la oscuridad.

- Ninguno de nosotros se ha movido de aquí. Hemos estado sacando las cosas para montar la tienda. Habrán sido ramas caídas de algún árbol.

No se quedó muy convencido, pero cedió a la explicación ya que muy cerca tendríamos que estar entre la total negrura para acertarle y no escuchar ruido alguno.

Lady Leño

Tras ver iluminarse un fuego en la otra punta del camping, resolvimos ir a ver quién era nuestro acompañante, para que nos indicara si se podía pasar allí la noche. Al alcanzar la hoguera, con troncos recién puestos, no encontramos a nadie. Lo más seguro es que hubiera ido a los baños o al lago. Regresamos y, como la carne no estaba hecha del todo, decidí irme a duchar antes de cenar mientras Jeremías se ocupaba de que el repentino vendaval no apagara la yesca.

Encontrar la diminuta luz naranja del edificio de los baños fue más fácil por el ruido del vaivén de las puertas que por su luminosidad. El mobiliario no vestía sus mejores galas y el suelo era de cemento, pero el agua salía caliente y eso era suficiente. Fue meterse bajo el chorro y apagarse la luz.
- Jeremías, no te chines, que no he sido yo el de las ramitas. Da la luz, a ver si termino de ducharme.

Ante la insistencia de la bromita decidí terminar el enjuague a duras penas y aclararme en la fuente junto a la barbacoa, y allí resolver cuentas con los otros, pues esta vez yo sí había oído las pisadas.

Tras jurarme que no se habían movido de allí para evitar que el viento, ahora ya exagerado, desclavara la tienda o hiciera saltar cenizas, supuse que se habría aflojado la bombilla.

El correteo de animales fue continuo durante la fabulosa degustación cárnica pero los manjares culinarios nos hacían estar más pendientes de masticar que de observar fauna autóctona. Lo que no requirió prestarle atención fueron los gritos y risas que se oían ahora al lado de la hoguera que habíamos visitado. La familia debía haber vuelto del lago.

Isabella Lake - California

Por cortesía, tras echar el cierre al estómago, nos dirigimos a darnos a conocer y hacer saber que no estaban solos en el campamento. El intento fue vano pues los escasos 500 metros de oscuridad que recorrimos sirvieron para enmudecer el aire. No dudamos que fue el tiempo que tardaron en acostarse en su tienda, por lo que molestarlos estaba de más.

Una vez hecho el reparto de lechos donde dormir, nos dispusimos a conciliarnos con Morfeo. El viento me hacía imposible la tarea por lo que pensé que el coche era el mejor sitio para esquivar el molesto repiqueteo de la lona de la tienda. En ella dejé a los otros con respiraciones profundas.

Isabella Lake, California - Vendaval

En la oscuridad del asiento reposaba cuando oí los pasos que acercaron una mano hasta la manivela de la puerta del conductor. La duermevela en la que estaba y haber cogido por fin una postura cómoda pudieron más que la solidaridad con mis acompañantes y preferí no darme la vuelta para abrirles la puerta y tener que compartir espacio de sueño. Con el rabillo del ojo pude ver como Jeremías o Noodles alzaban las piquetas de la tienda contra la lona. Supuse que se trasladaban de sitio ante la imposibilidad de dormir con tanto viento. Tal era la tormenta que el aire se deslizaba entre las hojas con alaridos y las cenizas de la hoguera se elevaban como antorchas en la noche.

Isabella Lake, California - Tormenta

A la mañana siguiente, tras encontrarnos la tienda hecha jirones y desaparecidas las piquetas, todos juramos no haberlas cogido, además de asegurar, yo, que había dormido en el coche y los otros, además de no haber intentar acceder al vehículo, haber pernoctado, para librarse del viento, uno en el suelo de la garita del vigilante ausente y otro entre los troncos de dos árboles caídos.

De la familia, ni rastro, ni una sola ceniza en la hoguera. Debieron tener pánico de la oscuridad.

Sin título, 22 x 10 cms, boceto al carboncillo

Me queda en el aire, y en los posos del café aguado –mi teoría es que lo dan rebajado para que puedas llevar un vaso más grande, realmente no les gusta el café, sino que les fascina llevar un vaso grande con cualquier líquido y por la mañana toca café-, y en todas partes de EEUU, un resto de pestilente de hipocresía, de coerción moral, de mojigatería religiosa, y de imposición de obligaciones sociales al individuo que no me parecen precisamente muestras de libertad. A veces, tengo la sensación de que cada “estadounidense de pro” es un bienpensante Boy Scout venido a más, crecidito, que te mira como a un niño maleducado si no entras en su canon comportamiento aceptable. Algo similar a ese ambiente de caspa que flota por el madrileño barrio de Salamanca, donde señoronas de pelo cano y rechonchos repeinados revenidos te miran desde su 1,50, cual atalaya de la corrección, lanzándote su veredicto de culpa, por una falta que no conoces, ni ganas que tienes, pero extendido por cualquier ciudad del país. Por suerte, y por supuesto, no todos los estadounidenses con los que nos hemos cruzado dan ese perfil, de hecho algunos distan infinito.

Nadie lo duda, en EEUU la pasión por el consumo es absoluta, la exaltación nacional es, después de a la omnipresente bandera de barras y estrellas, a la producción, de lo cual infiero que un mendigo posiblemente no sea visto como un pobre, sino como un ser que no produce y por tanto no contribuye a la causa nacional, es decir, sería el peor sujeto que puede existir.

De ahí, si medimos la libertad por el número de elecciones de productos de consumo que puedes hacer, en base a una producción desorbitada, EEUU sí sería un país muy libre; pero tener 100 canales de televisión, más tipos de salsas de las que puedes probar en tu vida, barra libre a la hora de tunear tu coche, y armas al alcance de la mano no es mi definición preferida de Libertad. La corrección Boy Scout, tampoco. La sensación de comunidad-comunista, tampoco; y paradójicamente en este país, he creído verla. Ser el país con mayor índice de consumidores de antidepresivos, tampoco ayuda a que piense que todo el oro que reluce es del que parte dientes.

Por último, y más importante, tenemos un sistema político democrático y un Estado de Derecho que ya quisiéramos en algunas democracias bananeras europeas. Quiero pensar que ésa es la libertad que van repartiendo unas veces misil en mano, otras, subvención en sobre.

Me apeo del burrito

Dejamos México atrás y afronta nuestro paladar una etapa de relax con el condimento picoso. Presumo de adorar el picante, y compruebo con orgullo que sin pestañear engullo tacos con salsa roja, de la que te ofrece la mujer al aviso de “hay que aguantarla como los machos”.

No concibo una determinada forma de hombría ni que esta se mida en valores como la cantidad de alcohol que absorbe la sangre ni el picante que soporta el lacrimal, aun estando el mío por encima de la media, pero ni con esas se puede reprimir el mezquino orgullo de masticar sin demostrar gesto alguno. Y ahora, un par de guindillas crudas al coleto, a bote pronto, qué se ha creído usted.

Pero la salsa ‘picosa’ es vengativa y si no le das la bienvenida, ya te le recordará en su despedida. Y conmigo lo hizo en bandeja fría, cuando mejor se saborean las venganzas, camino de la frontera y cuando tenía que seguir un rato pegado al cuero del asiento, esperando cola aduanera.

Tenía el topo asomando por la madriguera y mutó en erizo antes de ver la luz, expulsado por el dragón que ahora habitaba en el averno que hasta entonces había sido mi plácido ojal. Ante la imposibilidad de acomodar el ojo ciego en  la nevera donde almacenamos el hielo pues mis acompañantes no están por la labor de en adelante beber Coca-Culo, opté  por superar el trance entre soplidos y rápidos movimientos pélvicos, tratando de fabricar una brisa del vacío y alejando mi mente a las antípodas de cualquier forma parecida a un abanico, hasta que dejó el caldero el punto de ebullición.

La comida mexicana, inovidable es, y no únicamente por su sabor. Así, que con todo el dolor, no sólo de mi corazón, vuelvo al plato preparado y el menú rápido de comida basura, que de momento, yo me apeo del burrito. Y mi fístula, agradecida está.

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La Ruta pasa por México

Muy buena playa, estancia tranquila, surfistas de pacotilla, barbacoas, noches al raso, tacos, fajitas, burros, cervezas, margaritas. Tijuana parecía un caos, arrabales hasta donde alcanza la vista, no la creo violenta, aunque tendrá sus barrios a full de malosos. Ya le decía a Pajares, Manu Chao ha hecho más por el turismo en esta ciudad que la propia ciudad, siempre que a tequila, sexo y marihuana se lo pueda calificar como turismo. A mí que no me miren. La costa, en general, construida de más, con edificios paupérrimos y polvorienta. Creo que nunca he arrastrado tanta roña encima.

Una estancia tranquila, agradable, aunque me vuelvo con la impresión de que lo que más me convence cuando voy a países que tienen carencias económicas es la vida buena que te pegas por menos dinero del que te cuesta en tu país (lo que no es poco) y no mucho más. En el fondo, todos, hippies de diseño incluidos, llevamos un pequeño marqués a cuestas, a veces dentro y a veces a flor de piel. No me explayo más, que yo venía a poner a caldo a los yankis, no a charlar sobre los mexicanos, eso para la próxima.

Redención

Algunos se preguntarán por la falta de producción durante los últimos tres días. No nos ha pasado nada. Es más, por no pasar, sólo el tiempo lo ha hecho, sobre nuestro cuerpo. Y bendito tiempo, y bendito cuerpo el nuestro. Dichoso como está ahora después de este merecido castigo.

El caso es que como considerábamos que no estábamos siendo todo lo buenos que deberíamos, nos dio un ataque de moral y decidimos flagelarnos cruzando la frontera hacia Tijuana. Como no se trataba de una huida ante un nuevo incidente policial, unos kilómetros al lado de la frontera no era suficiente castigo. Por lo cual, decidimos seguir por la Costa de la Baja California. Playas desiertas y acantilados no colmaban nuestros deseos de redención, así que buscando un lugar donde cumplir nuestra condena moral, encontramos un acantilado con vistas a una cala del Pacífico, de blanca arena y azul agua. Donde la temperatura era la suficiente para refrescarte sin pasar frío y las olas, del tamaño idóneo para castigar el cuerpo sin distraerlo de la diversión, so pena de algún surfista brasas, algo que parece inevitable a este lado de la frontera.

En busca de redención creíamos que debíamos ahondar en el flagelo, así que como una barbacoa con carne y salchichas no colmaba nuestras ansias de perdón espiritual, descubrimos una choza donde los margaritas costaban 99 céntimos. ¿Era suficiente?

margaritas - Mexico - poco cielo

Para un día, quizá no. Nuestro grado de ignominia había sido grande y el castigo tenía que ser proporcional. Así, que lo alargamos y Dios dirá, si algo tiene que decir, cuando hemos de volver. De momento, aquí seguimos, cuerpo al sol, cerveza en mano, limpiándonos del pecado.

No hay nada como la estricta mano con uno mismo y ya hemos aprendido la lección de lo que nos espera si persistimos en la actitud que traíamos. Arrepentidos los quiere Dios. Y en nuestros corazones os llevamos.

tienda - baja california - mexico

Lucky

Apropiándome del título de uno de los mejores cuentos de Mark Twain, podemos regalárselo a nuestro día, ya acabando, en una playa camino de Tijuana, donde con Tequila brindaremos a nuestra salud y su permanencia.

Lamentábamos el otro día el desafortunado incidente con el sheriff del condado de Garfield y lo calificábamos de emboscada de gato al ratón. Pues bien, no si será porque el estado de California es más laxo en cuanto a sus leyes o a la hora de aplicarlas sus agentes, pero hoy el ratón volvió a salir ileso de la trampa, queso en boca.
 
Todo ocurrió cuando Jeremías, repitiendo turno de conducción pero no imprudencia,  traspasó una señalización de carretera cortada, ante los impávidos ojos de la agente, apostada de manera traicionera al cobijo de la señal,  para la que salir del asombro y acudir en persecución nuestra fueron acciones simultáneas.

Debimos importunarle el descanso por las regias maneras de dirigirse, ante la indignación nuestra. Tras el trámite de pedir documentos, mala cara, no hables que soy la ley, dame tu carnet, no tienes vergüenza guarra, calla que puede saber español, you no stop sir, me cago en tus muertos que no la voy a pagar, mala cara, voy a coche patrulla, espera que ahí viene con la multa:

poli california

Silencio. Malas caras comunes. Silencio. Más silencio.
-‘You’re lucky, I have no ticket for the fine’

Miradas de soslayo.  (Aguanta la risa, cabronazo, que nos empapela)
- Thank you, bye.

Los instantes siguientes, alejándonos del lugar, fueron una lucha entre voy despacio para no pasar el límite de velocidad o salgo pitando por si recapacita.

Cuatro horas después, sin haber salido de ningún incidente policial, nos sentíamos aún más afortunados. No podía ser de otra forma a orillas del lago Nelson, con el ombligo desafiando al sol y la espalda en el césped, con la grasita recorriendo aún las mejillas, y la garganta tratando de asimilar el último trozo de un chuletón que había desalojado hasta el último miligramo de aire entre la columna y las tetillas. Era el corolario a una intención de muchos días anteriores.

La fiesta del triglicérido tuvo su momento cumbre sobre la leña de una barbacoa  campestre, cuando se le daba la última vuelta a una chuleta que más parecía un edredón nórdico, justo antes de acometerle la dentadura al completo.

chuleton

Repuestas las fuerzas, decidimos que el cuerpo necesitaba marcha y emprendimos camino a Los Ángeles. Un accidente entre un camión y un coche, a 20 cms nuestro y en el que por el ruido creímos estar involucrados, terminaron por redondear el título de esta crónica. Embalados como estábamos, y tras ser testigos de otro suceso con ambulancias, policía y camillas de por medio, decidimos probar suerte por Beverly Hills seguros de que íbamos a encontrarnos a Antonio Banderas, y lo siguiente sería que nos invitara a un bocadillo de jamón. Que no ocurriera esto último es lo único que nos mantiene conscientes de no estar rodeados de algún aura protectora, pero por si acaso, salimos rumbo a Tijuana, donde yo cierro los ojos y vosotros ya los abrís.

Las Vegas desde la Cruz

Antes de Las Vegas ya se anticipa la tontería del lugar al pasar por una presa, Hoover Dam, que cuenta con mirador, aparcamientos, museo, placas conmemorativas, aparición estelar en una de las películas de la serie Superman, y nada más, es decir, no hay buenas vistas, no es grande, no es alta, simple venta de humo al por mayor, en envase especial para burros.

La entrada en la ciudad se produce tras atravesar una zona residencial de chalets y adosados, con jardines que te pueden hacer gracia o poner de mal humor: estamos en el desierto, y sí, hay árboles, céspedes, e incluso campos de golf. Pasada la exuberancia que rodea la masa de grandes torres que aparecen a lo lejos en el horizonte, metemos rueda en un primer anillo de vías rápidas que abrazan barrios de casas bajas poco cuidadas, caravanas, moteles y tiendas cochambrosas que componen el extrarradio de la ciudad del neón y el cartón piedra. Una mezcla de inhóspito barrio chabolista, con ciudad tercer mundista que por momentos me recordó, aunque ya quisiera, a otras grandes maravillas urbanísticas como Algeciras o la Almería anterior a los Juegos del Mediterráneo.

Una vez en el centro, la calle principal, Las Vegas Boulevard, donde están todos los casinos famosos, por el día tiene un aspecto lamentable. Cuando el cemento sustituye al neón, es mejor estar durmiendo o en la piscina del antro que tengas por hospedería que ver la realidad, fea y acompañado de 42 grados. A la noche, todo se ilumina, y las personas acuden a la luz de las marquesinas igual que los mosquitos a las linternas cuando estás en medio del… desierto; no obstante, reconozco, que cuando la noche ha caído, si te gusta el neón, el centro de la ciudad te puede encantar, visualmente. Hay hoteles imitando estilo romano, griego, veneciano, francés, la torre Eiffel, edificios emblemáticos de Nueva York, y las Pirámides. Un brillante mundo de miserias escondidas.

El ambiente nocturno me pareció deprimente, una mezcla de viaje del Inserso, con viaje de fin de curso, con viaje de hinchada de partido de fútbol, todo ello con estética de familia paseando por San Juan, Alicante, en plena temporada alta. Cada cosa por separado tiene su sentido, pero la mezcla me pareció sórdida y desagradable.

Los casinos me decepcionaron, ni tanta muchacha hermosa como esperaba ni tanto espectáculo a lo grande como tenía en mente. Lo cierto es que la imagen que uno guarda de Las Vegas es la de los grandes combates de boxeo, noches llenas de glamour, o la extraída de películas como ‘Casino’. Los hombres siempre han vivido de mitos, y Las Vegas es uno moderno formado a base de literatura, cine, fiestas y leyendas urbanas.

Al llegar a la zona de juego por mucho que busques a Andy García con frac, sólo encuentras pandillas de italianos borrachos gastando dinero en las mesas, orientales entusiasmados con las lucecitas, y muchas personas con aspecto triste dejándose la vida en las tragaperras. En ninguna persona se ve cara de felicidad, ni siquiera de vicio, simplemente hastío mientras beben y echan monedas en las máquinas. Las principales víctimas parecen ser personas de la tercera edad, cuarentonas solitarias mal conservadas y personas con obesidad mórbida.

Orgía de Alegría en las Vegas - Caesar Palace - Casino - Nevada

Dentro del casino, también hay área de bares de copas y discotecas de moda, donde aparecen algunas chicas guapas campeando con muchos intentos de serlo a base de embutir longanizas en moda fashion-hortera y ocultar el rostro tras gafas que más bien podrían ser máscaras de baile veneciano. El espectáculo de fuentes de agua del Bellagio, una de las actividades gratuitas más conocidas de la noche en las Vegas, me pareció absolutamente digno del programa ‘Noche de Fiesta’, no daré más explicaciones.

Pero todo esto ocurre en América, se magnifica, se idealiza, como la palabra del jefe en el trabajo, y sobre todo, se sabe vender. Reconozco tres grandes méritos a la mafia que han edificado esta ciudad-decorado en medio del desierto de Nevada: 1. han creado puestos de trabajo; 2. han creado un lugar donde los portadores de la moral protestante pueden airear sus instintos animales; y 3. han sabido democratizar el juego, no hay etiqueta para acceder a ningún casino, no hay apuesta mínima que no puedas abordar, si sólo quieres gastar un céntimo, eres bienvenido, ellos saben que cada céntimo vale más de lo que pesa.

Creo que la ciudad se puede disfrutar si: 1. llevas autenticas ganas de hacerlo en base a alguna motivación que soy incapaz de imaginar; 2. haces uso masivo de estupefacientes y/o bebidas alcohólicas; 3. te apasiona el juego; 4. tienes pase para alguna de las fiestas privadas que seguro que existen y que no he visto.

En caso de que te sientas identificado con el número uno, explícamelo; si lo estás con el dos, quédate en tu barrio y te ahorras el viaje; si te motiva el tres, profesionalízate o abstente, el casino siempre gana; si perteneces al número cuatro, avísame.

Si no te encuentras en ninguno de esos casos, siempre puedes hacer como nosotros, olfatear un poco, matar la curiosidad, captar el tufillo y huir. Al menos a mí, el Valle de la Muerte (Death Valley Nacional Park), que veo alejarse por la ventana del coche, también me ha mostrado un panorama desolador, pero infinitamente más hermoso.

Death Valley - California  - Sand Dune - Salto 

Tras tantas líneas, resumo mi impresión: Las Vegas me parece una gran pastilla de Prozac, un antidepresivo para un país que anda necesitado de ellos, una vía de escape, en ocasiones a ningún lugar. Y como buen antidepresivo, puede ayudarte o puede terminar de arruinar tu vida.

Las Vegas desde la cara

No  pienses, porque no te voy a poder hacer disfrutar. No te lo plantees, porque te perderás mis guiños. No cierres los ojos, porque mi luz no te va a poder cegar. No dudes, porque no te podré desbordar los sentidos.  No preguntes, porque no hacen falta respuestas. No imagines, porque soy mucho más. No racionalices, porque nunca se disfruta a medias. No temas, porque aquí no existe el dolor. No sufras, porque no lo mereces. No  te escandalices, por si no es el cielo que esperabas. No te lamentes porque ya no tiene remedio.  No repliques, porque estoy cuando quieras. No protestes, porque antes no había nada.  No te sacies, porque no soy abarcable. No busques más, porque sólo existo yo.  No trates de cogerlo todo, porque no te pertenece. No te palpes los bolsillos porque ya no tienes nada. No eches cuentas, porque la banca siempre gana. No me sueñes, porque podrías despertar. No tardes, porque al alba desaparezco. Déjate llevar y no me olvides, porque yo soy Las Vegas.

Las Vegas Boulevard, Nevada - Casino

Flojo de pantalón

Zenón elaboró la paradoja de la dicotomía y la aporía de la flecha, en un intento lógico de afirmar la inmovilidad, pero lo cierto, digan lo que digan sus demostraciones, es que el tiempo de viaje se nos escapa entre los dedos, mientras el desplazamiento físico a lomos de Buffalo y Coyote se acerca a los 7500 km. Poco hace que dejamos atrás el punto de inflexión, a partir de ahora estamos en la parte descendente de la parábola, cada día es un día menos; igual que antes, sin embargo duele más.

Dieciocho días de viaje, la mayor parte de ellos deambulando, sin alojamiento fijo, cansados, mal comidos, que han servido para incrustar un poco más en mí la convicción de que trabajar no me aporta nada excepto míseros euros y que el gusto por el trabajo sólo puede existir en casos de corrupción mental.

Afirmar alguna bondad en el trabajo lo considero ideología, y como tal, perniciosa. Desde que somos niños tratan de que ésta se grabe a fuego en nosotros. La verdadera perversión no es tanto que te guste trabajar -una vez abducido por el ambiente laboral es difícil darse cuenta de que se va camino de la demencia-, sino pensar que te puede gustar y creer que lo necesitas cuando no lo tienes; esto último significa que estás perdido.

Decía un personaje creado por Mark Twain, que en alguna parte del mundo había una tumba esperándole. Pena que no pueda seguir tras la pista de la mía como en estos días y me dedique, por lo normal, a hacer el paleto trabajando como un miserable. O por mejor decir, pena que me falten arrestos para seguir en esta línea de ocio y dispersión, porque lo que se dice poder, siempre se puede.

En otro orden de cosas, pero que también aplican al título, todos estamos perdiendo peso. No vamos a volver ni más gordos, ni hinchados, y ello a pesar de que últimamente hemos encontrado sitios decentes para comprar comida. Estar dando tumbos no significa estar desarraigado, así que ¡Viva la paella y Viva España! Dos cosas que cuanto más viajo más me gustan.

Aventuras y desventuras de un rocín no tan flaco

Do hubiera una montura, allí hubieran de estar aquestos humildes viajeros. Si por no estar motorizados hubiéramos de pausar este viaje, otro remedio no hubiera quedádonos, más nuestro anterior carruaje un siguiente metro no podía avanzar.

Coyote

Dubitativos por si el incidente resolviérase en contra nuestra y de nuestro bolsillo, callamos por no mentar al mal fario, temerosos de atraello,  ya que sino obra de aqueste habría de ser la repentina desventura.

Así fue, y así lo cuento, que arribados al mostrador  do rentan carruajes, callamos los veraces motivos de la contingencia, más resuelta la culpa no estaba y responsabilidades podían reclamarnos sin asumir el pecunio de las reparaciones.

Más la treta, repetida y aprendida por cada miembro de la expedición para fisuras no revelar la historia, mostrose convincente y la compañía resolvió a favor de los reclamantes, propiciando un carruaje sin mácula.

Y como indemnizados éramos y no habíamos de perder en la transacción, entre dos monturas a elegir ofrecieron. Uno, de agresivas maneras y aerodinámicas formas, con Pontiac por nombre. El otro, a razón de Chevrolet para atender, con robustas y fermosas líneas e incontenible fuerza cualesquiera que fueran los terrenos a pisar de aqueste momento en adelante, ya  que por evitar renovados encuentros con las fuerzas de orden, descartado fue el primero, pues en pies livianos peligroso se presentaba. Demás que no ha muchos días que preferencias mostrábamos entre persistente cazador y afortunado burlador, cuestión no era de desdecir la propia boca de tan pronta manera. Así, que por Coyote adoptamoslo, siendo de Arizona como en Zafra hubiere podido venir al mundo. Y así acaba la aventura que por desventura presagiamos, y que de ahora en adelante en cuatro por cuatro a vos se irá relatando.

Coyote

Buffalo ha Muerto, Dios Salve a Coyote

Tras un accidental incidente Buffalo, nuestra amada montura, ha muerto. Corazón dolido en mano, hemos de abandonar un cadáver de hierros que no valen ni para chatarra, pero jamás olvidaremos la íntima relación que surgió con el trato diario que durante esta quincena mantuvimos. La vida sigue, y ahora, Coyote, la nueva cabalgadura que hemos conseguido, cortesía de Hertz, habrá de hacer cierto el refrán “a rey muerto, rey puesto”.

Qué ocurrió es algo demasiado triste, un recuerdo punzante que preferimos guardar para nosotros, por mor de la especial amistad que nos une con alguien que ya no veremos de nuevo.

¡Qué Dios acoja tu chasis, amadísimo Buffalo!

‘El ratón vacilón y el gato comilón’

Si dieran premios por comprobar la veracidad de leyendas urbanas, el salpicadero de ‘Búffalo’ ya estaría colmado de trofeos.

Sin ahondar en el ya a estas alturas suficientemente conocido asunto del autoestopista, sólo cabe decir que comprobado está que existen y es un caja de sorpresas el recogerlos, como también existe el sheriff del condado apostado tras el árbol con el radar en mano. Y en este episodio sí nos extenderemos.

La situación transcurre por Utah, en el Condado de Garfield. En el reparto de papeles en el juego del gato y el ratón, con ese nombre a su condado, se otorga el Sheriff el rol felino dejándonos a nosotros como parientes de Mickey. Los asiduos estos días de la feria malagueña conocerán la famosa atracción de ‘el ratón vacilón y el gato comilón’. Pues eso.

Cierto que el cartel indicativo, aunque pequeño, marcaba 40 millas por hora. Más cierto aún, que en los 17 días anteriores de viaje, el ratón se había comido el queso de todas las trampas, practicando la hispana costumbre de ir un pelín por encima del límite marcado. Y completamente real, desgraciadamente, que a la  entrada del parque de Bryce Canyon, circulando a 70 millas por hora en una recta solitaria, el gato se salió con la suya, apareciendo de la nada en un todoterreno con la sirena puesta y colocándose matrícula con matrícula, ratonera en mano.

Ranger Bryce Canyon multa

Tras detenernos e indicarnos que nos quedásemos en el coche, una vez Jeremías ya se había apeado del volante para tratar de atenuar el castigo con amistosas explicaciones, el sheriff, placa en ristre y rictus serio, comprobó la documentación y nos explicó la multa, atenuándola de manera condescendiente por el hecho de ser turistas. Esto me hace redundarme en el tema de la severidad a la hora de aplicar la ley cuando no tienes necesidad de integrarte.

Temas sociales aparte, el caso es que no hizo falta recurrir a un par de latas de whiskas para el soborno y el brazo de la ley de Garfield  fue menos  férreo de lo que esperábamos, dejando la  ‘receta’en 232$ y una recomendación: “drive carefully”.

Aún estamos debatiendo el hecho de pagarla o no, porque no sabemos si la sanción se reduce sólo al estado de Utah o a todo el país, en el hipotético caso de querer volver a entrar. En ello estamos…

De todas las maneras, como servicio social que pretende ser este blog, os rogamos encarecidamente que no corráis con el coche, y si, por vuestra cuenta y riesgo, lo hacéis por las praderas de Garfield, aquí os dejamos la cara que gasta vuestra mayor amenaza, después de la propia seguridad.

Ranger Garfield

El conductor habla de la multa

No diré que fue injusta, pero sí me quejaré. Cuando te ponen una multa siempre esperas dos cosas: la primera, que sean benevolentes y te apliquen todos los atenuantes posibles –en nuestro caso rebajó en tres mph la infracción para poder clavarnos 100$ menos, hasta un total de 232$; la segunda, que el tipo tenga sentido del humor, lo que ayuda a que no te tomes a la tremenda el hecho de que parte de tu mensualidad desaparece sin disfrute alguno.

El Sheriff del condado de Garfield no tenía ganas de reír ni de hacer reír. Puso la multa, no permitió que abriésemos la boca y se largó con el deber cumplido.

Ah, si él supiera… toda multa tiene su historia. La de esta comienza en Newkirk, Nuevo México, hace mucho, mucho tiempo. Allí, el indicador de Buffalo decía que únicamente quedaban 8 millas de combustible, mientras que el mapa de Microsoft, bastante detallado, anunciaba la siguiente gasolinera en 20 millas. Mientras dos reían y uno se consumía por la desesperación, apareció Newkirk, con una decrépita y cara estación de servicio, gracias a la cual salvamos los muebles. Ayer, camino del Parque Nacional Bryce Canyon, tras consumir 200 millas de combustible en un bonito trayecto que atravesaba el Dixie Nacional Forest, y parar a repostar sin éxito en dos gasolineras, cerradas por ser domingo, día de descanso para los mormones, el indicador anunciaba 45 millas de combustible en la reserva y el mapa únicamente un pueblo, en torno a 30 millas de distancia, en una dirección que no deseábamos tomar –ir tampoco aseguraba tener la estación abierta. La decisión, salomónica, fue mandar todo “a la mierda” y poner rumbo al parque nacional, a sabiendas de que nos íbamos a quedar con el depósito seco durante la visita, lo que implicaba hacer noche no sabíamos bien dónde y retomar la marchita moda de hacer autostop, al día siguiente, lunes, laboral, para que nos acercasen a por el bebercio que Buffalo requiere. De nuevo dos eran todo risas y un tercero puro limón agrio. La Providencia, que siempre ayuda a los justos y generosos de corazón, vino en nuestro socorro, con dos estaciones en la entrada del parque, no marcadas en el mapa. Por segunda vez el barco salía a flote cuando nadie lo esperaba. Tras la normal alegría, pisar el acelerador en una recta sin tráfico, con un límite de velocidad ridículo y no fijarse en las señales que lo anunciaban fue una misma acción. La música, la euforia, las caricias a Buffalo y los besos a nuestra mascota Ruperta nos distrajeron lo suficiente para no ver las luces de la patrulla hasta que nos paró la barrera de entrada al parque. Caras de circunstancias. No bien desapareció la cara de Torrente, hubo otro estallido de risas, aunque de nuevo no compartido por todos.

Todavía no sé si pagaré la multa o no, una parte de mí no quiere hacerlo, la otra, tampoco; pero ambas tienen pesadillas con imágenes recurrentes acerca de sufrir el presidio en los desiertos de Utah. Lo malo no es el clima árido, sino que son mormones, y no sé porqué, pero empiezo a estar cansado de ellos. Seguro que me obligarían ir a misa los domingos, y a eso, no hay manera de encontrarle la gracia (ni siquiera la Divina).

Preso - Utah - Desierto

Una carretera como Dios manda

Maleducado entre religiosos y abdicado de la Fe, con profundas convicciones, me encuentro circulando por una de las tierras donde ésta ha echado raíces más profundas: Utah.

Si alguien pregunta por este lugar, lo primero que se le dirá es que el estado de los mormones. Una escisión o secta  cristiana d ela que reniegan el catolicismo y el protestantismo, que radica sus creencias en un Creador todopoderoso y justiciero. Como todos vamos, llamémosle  Jehová, Yahvé, Alá o como cada uno quiera. Aquí podríamos entrar a discernir sobre diferencias y semejanzas, pero no es el tema. Lo dejamos en que son un cristal más de las gafas para ver el Más allá, y que cada uno mire con el que guste, faltaría más. Y lo dice un ciego en estas lides.

Capitol riff - Dios - Utah

El caso es que circulando horas y horas por interminables kilómetros de nada – y nada es nada que no sea aquí un cielo y aquí tierra y en medio un coche- uno se pregunta como lo que más ha fertilizado esta tierra sea la Fe.

Entiendo el que quiera pensar que el vergel en el que vive es obra de la creación Divina. Incluso el que mire a un lado y vea diversidad de elementos que han llevado un día  de fabricación, pero me sigue fascinando qué idea de Creador se puede formar alguien que mire donde mire sólo ve NADA. Digamos que como obra de un todopoderoso no requiere de complejidad extrema. Así que doy por hecho aquí es donde más extrema es la Fe, ya que ésta no es ni más ni menos que creer en lo que no se ve. Y mires donde mires sólo tierra pelada verás alrededor.

La gente de aquí muestra su total confianza y afabilidad hasta límites incomprensibles para alguien nacido donde campaban el Lazarillo o el Buscón. Puedes dejar el coche abierto con todas las puertas de par en par, en los supermercados entras y sales con la comida y pagas cuando te viene bien sin que nadie te diga nada ni se moleste en mirarte ya que no hay tornos y las cajas están en el centro.
Sin embargo, me escalofría la espalda el brillo justiciero que hay tras esa mirada amable que sabes no va a perdonar lo que pasa un milímetro más allá de su ley, porque en ese terreno el ángel de la guarda se pone la caperuza de verdugo.

Y es que sólo estando convencido de que  los caminos del Señor son inescrutables se puede construir una recta de más de 70 kilómetros sin ningún  desvío a izquierda o derecha.

Carretera Utah a Capitol riff

Noche fugaz

Leí en cierta ocasión que si en medio del campo, a cierta altura, sin ninguna luz cerca y en noche despejada, mirabas al cielo podrías ver hasta 2700 estrellas; pues bien, es mentira, nosotros, a lo menos, vimos anoche diez o doce millones. Tumbados al aire, después de haber sido atracados por dos ancianos que reclamaban 10$ por dejarnos amochar una pequeña parcela de hierba con nuestros culos, comprobamos que el lucero único que alumbra Madrid no está sólo.

No creo que fuese cuestión de suerte, sino de ubicación: Capitol Reef. Allí, vimos pasar numerosas estrellas fugaces, las más abundantes y mayores que jamás he visto, con estela tan larga que hasta tenías tiempo de pensar en dos o tres deseos, en lugar de lamentarte por no haber caído en la cuenta de siquiera uno. Los nuestros, varios, apuntaban en la dirección de las estrellas, la misma que llevaron los reyes Magos: a Las Vegas. Ahora, confiamos en la ruleta como nunca lo hicimos.

Supersticiones aparte, pedir un deseo jamás sirve de nada. Desear algo mucho, sí. Por tanto, ya sabéis, si sois tan veloces de pensamiento como para asociar un destello de luz a un deseo íntimo, quizá es que es hora de que pongáis vuestra voluntad a trabajar en esa dirección. Nosotros, para ahorrar el dinero inicial con el que desplumaremos a los casinos, vamos a encerar la voluntad y el bolsillo a base de pasar noches al raso.

Loa al ‘Coyote’

Antes de por Clancy Wiggum y Homer Simpson, siempre tuve predilección por un dibujo: Wile E. Coyote. Su cara corona la que es una de mis camisetas preferidas, por muchos otros motivos.

No es cuestión ya de que le persiguiera la mala suerte o de que me sintiera identificado con el hecho de que sus maravillosos planes siempre dieran al traste con su objetivo: librarse de un asqueroso bicharraco azul que es incapaz de hacer algo más que “mock, mock” y cuya única virtud es correr deprisa y estar aliado con la Providencia.

Esta simpatía, que no necesitaba de aditamentos, cobró su momento cumbre cuando a mis loas imperecederas, se unieron las de Extromoduro: Y es que sólo me puedo imaginar a ese coyote persiguiendo su presa en Vespino, sin seguro ni luz de atrás ¿Qué más se puede pedir?

Pero sobre toda las cosas, el valor que yo le daba a nuestro animado amigo no era otro que el de pensar. No cejaba en su empeño de merendar pajarraco. Y si una máquina le fallaba, no se demoraba más allá de su caída por el barranco para volver a idear un artilugio y que se lo mandaran en una caja  desde la casa ACME.

Coyote

Volvía a fallar con estrépito, volvía a sufrir alguna calamidad o era presa de sus propias creaciones, pero ahí seguía, inasequible al desaliento. Un Leonardo da Vinci de la desgracia. Máquinas perfectas a las que siempre faltaba un detalle ¿Qué más da? La próxima vez sería. No había golpe lo suficientemente fuerte o explosión suficientemente cercana que le desanimara.

No estaba supervitaminado ni supermineralizado, no necesitaba superpoderes, no sabía artes marciales, ni hacía trampas con su auto loco. No robaba sándwiches al guarda,  ni jugaba a los bolos con piedras, no era un mosqueperro salvador, no vivía aburridamente en las montañas con su abuelo ni se iba de un país a otro buscando a mamá coyote. Simplemente pensaba, y persistía, incansable.

Hoy hemos pasado el día en el parque Nacional de Arches, en Utah. Nada más entrar todo me ha parecido familiar a pesar de los 45 grados que se desplomaban sobre nuestras cabezas. He ido retrocediendo en estatura cada paso que daba hasta ver como tenía delante lo que hace algunos años estaba dentro de una caja.

He estado todo el día pensando en ello, hasta que mientras caminaba sólo, perdido del camino, buscando el arco delicado, he visto detrás de una roca a una especie de lobo que giraba con un pájaro colgando de la boca y me ha guiñado un ojo. A lo mejor no…

Arches National Park, Utah

Vida On the Road

Hemos comentado cómo nos las apañamos para no fenecer por inanición. Ahora comentaremos qué tal está siendo la vida en el coche, Buffalo, para los amigos.

Lo primero, estamos pasando más horas de las que pensábamos antes de comenzar el viaje, lo cual no es ni bueno ni malo, simplemente necesario, debido a las distancias que hay que recorrer y los límites de velocidad que es importante observar. En este sentido tuvimos suerte, al recibir un coche mejor del alquilado, y viendo el uso intensivo que le estamos dando me atrevería a recomendar, a quién pretendiese hacer un viaje parecido, que escogiese un modelo cómodo y amplio; Buffalo es un Toyota Avalon, de cinco plazas y cuatro puertas, y a día de hoy ya le hemos hecho en torno a 5500 km.

Buffalo - Toyota Avalon - Arches National Park, Utah

Aparte de ver paisajes, que es uno de los objetivos del viaje, durante las horas en el coche solemos hablar, escuchar música, enredar con los mapas y el GPS, escribir las entradas del blog, leer, jugar al pinball y conectarnos a Internet a la mínima que podemos. Para varias de estas acciones es necesario un ordenador, de hecho, matamos varios pájaros de un tiro, y en el ordenador llevamos la música, el GPS, los mapas, los juegos y la máquina de escribir. Para que no muera la batería hemos comprado un adaptador que se enchufa en el mechero del coche, y al que además acoplamos un ladrón para poder recargar las baterías de las cámaras, el GPS y los móviles.

Los otros dos grandes usos que damos a Buffalo son: Bar, gracias a nuestra nevera, huchita; y Cama, ya que hemos venido tres personas, pero sólo conducimos dos, normalmente uno por las mañanas y otro por las tardes. El que no lleva el volante suele echar una cabezadita atrás. Nada mejor que usar la almohada y la manta que nos dieron los amables asistentes de Swiss Air, para estar casi como en casa.

Y poco más, así pasan los kilómetros y hasta el momento, a pesar del exceso de horas, no nos ha parecido pesado. No es la caravana de ‘Priscila, la Reina del Desierto’, ni tan siquiera una de las típicas que se pueden ver a montones en EEUU, tamaño autobús, pero se hace el viaje agradable; a las malas siempre vas parando para ver algo que te llama la atención, echar la foto vacilona, estirar las piernas…

Caravanas Tamaño Autobus - Arches National Park, Utah

Por el alojamiento que nadie se preocupe,  hay mucha cultura de viaje sin reserva, aunque sea principalmente gracias a los camioneros, es fácil encontrar donde pasar la noche: aparte de áreas de servicio en las que estar tirado, céspedes en los que plantar el culo, hay moteles para todos los gustos y bolsillos. Nuestro mínimo, por una habitación triple, ha sido 44$ y nuestro máximo 88$, todo un atraco que esperamos no volver a sufrir.

El conductor habla de Buck

Buck parecía un tipo normal, hasta que empezó a echar espuma por la boca. Después de ese momento de catarsis comenzamos a repasar todo lo que había contado, buscando incoherencias. Las había. La imaginación vuela, sobre todo si faltan datos, así, para cuando llegó la ambulancia había al menos diez teorías sobre Buck, que se multiplicaron por veinte tras ver las bolsitas de pastillas y oírle balbucear, en respuesta a las preguntas de la enfermera, que él no tomaba nada.

Personalmente, no me siento culpable de su colapso (apostaría por crisis de ansiedad, aunque cuando le vi caer pensé en un infarto). La conducción no fue muy ortodoxa, pero ni quería quedarme sin frenos bajando el puerto en el que el límite de velocidad fue rebasado con creces, ni es fácil circular en ciudad si la persona que te indica habla de modo incomprensible, es disléxico, no sabe dónde quiere ir y te avisa de los cambios de carril con dos segundos de antelación sin diferenciar “a la derecha” de “al carril derecho”, frases con significado totalmente distinto. Al final, como el chico se ponía nervioso por momentos, le dije “I promise you that we’ll arrive at the motel without any damage”, ¿cumplí, no?

Noche cerrada. Durango atrás por falta de alojamiento, nos encontramos con un coche que acababa de atropellar un ciervo, aún por expirar. Llegar a Mancos se me antojó toda una odisea, de la que guardamos fotos de paisajes impresionantes, por los valles que rodean Aspen y las montañas “Sangre de Cristo”, y anécdotas varias, pero ahí estábamos, sólo nos faltaba un sitio dónde dormir.

La Vida Es Corta - Motel Caro en Mancos - Mejor ir al Enchanted Motel

La vida es corta, reza el cartel del motel al que renunciamos en primer lugar; tendremos todo en contra, pero no nos apeamos del burro o un precio decente o a la calle. Y, además de corta, la vida a veces es justa, y cuando la Providencia se muestra magnánima, cuando decide recompensar las buenas acciones, la búsqueda de otra habitación, en un pueblo que nada prometía, se convierte en toda una noche para recordar, rodeados de “friendly” lugareños y cervezas por la patilla. Para colmo, la única habitación libre del otro motel del pueblo, era la Suite, y nos la dejaron a precio de habitación normal: no hay nada como una buena sonrisa para ablandar los corazones; pena que el de Jennifer esté ocupado.

Jennifer

Última hora: esta mañana hemos visto un pequeño comentario en el Durango Herald, referido a la aparición, un día antes de recoger a Buck, de un tipo de entorno a 50 años, con barba, y un hacha, en las cercanías de la carretera donde lo encontramos.

http://www.durangoherald.com/index_police.asp

Calma chicha

Tiene que haber pueblos ignorados que se burlan de nosotros escondiendo su belleza. Tiene que haber mosquitos huérfanos de otros que se estrellaron en el parabrisas. Tiene que haber miradas perdidas que no cazan pensamientos. Tiene que haber pensamientos que varíen a lo largo del tiempo. Tiene que haber lugareños que te vean como turista. Tiene que haber habitantes que te tengan por molestia. Tiene que haber un sur más allá de este sur. Tiene que haber un desierto más desierto que el que pisas y un bosque más verde que el que hueles. Tiene que haber rayos de sol que te esquiven y gotas de lluvia que no resbalen. Tiene que haber un plano con carreteras escondidas. Tiene que haber un mapa del tesoro. Tiene que haber un pez que vuele sobre las nubes. Tiene que haber un hueco en la mochila. Tiene que haber un polizón que un día asome la cabeza. Tiene que haber tequilas sin tomar en Nuevo México. Tiene que haber una granja en Oklahoma, con su granjero y su hija con coletas rubias que sueña con que sueñen con ella en Hollywood. Tiene que haber en Texas gente sin tejanos. Tiene que haber una bombilla que no luzca en Las Vegas. Tiene que haber trenes en vía muerta y aviones que no despeguen más. Tiene que haber un souvenir que nadie quiera. Tiene que haber un indio que no haya dejado de serlo. Tiene que haber una pisada anterior a la tuya. Tiene que haber camino por delante. Y haberlo, haylo.

San Juan - Colorado - Monticello - Utah - Canyonlands

Comida On the Road

Pertenecemos a una generación que adora a los cocinillas, que ha encumbrado el fogón a la categoría de arte, lo cual tampoco es difícil habida cuenta de que la palabra arte se ha devaluado de tanto usarla en referencia a todo tipo de manifestaciones y ocupaciones -la pregunta del ahora más bien sería ¿algo no es arte?

Esta evolución de los guisamenteros me maravilla, no la comparto, y, lo que es peor, no encuentro una explicación que me convenza o al menos me ayude a entenderla. Mi mente sigue estancada en un pasado en el que a duques, abades, caballeros, burgueses, industriales, empresarios, cantantes de opera, actores, conferenciantes, literatos, pintores… se les servía la comida, frente a la actual, en la que cuando no aparecen entronados en algún canal de televisión removiendo una caldereta los podemos encontrar vacilando a los amigos sobre lo bien que hacen la paella, comportamiento vulgar que, como sucede con todo lo que hace la élite, acaba siendo replicado por nosotros, la plebe. Moriré añorando los tiempos en los que a un duque no había que buscarle entre pucheros, sino hincando el diente a un buen muslo de pato. Y mientras las aguas vuelven a su cauce, al menos pido que la moda se extienda a otras labores del hogar y alguien quiera lucir su arte limpiando con gusto el baño de mi casa, podría deconstruir las bacterias con lejía de aroma de avellana y frescor de hierba buena.

Muslo - Frisco - Colorado 

El caso es que llegas a EEUU para más de un mes, y sean tus ideas como sean, has de comer, si no por hacer vida social (ésta suele girar en torno a un plato de comida) al menos por necesidad. En nuestro viaje estamos comiendo una vez al día, desayuno aparte, aunque no todos lo practicamos, ya que alguno que piensa que comer recién levantado es de flojos. Si creéis que manducamos poco, os equivocáis, simplemente cambiad el agua por refrescos carbonatados y veréis que entra menos alimento en el buche, con el consiguiente ahorro económico y la lógica mejora de la salud. De cualquier modo, ¿cómo alimentarse durante el viaje? Difícilmente y mal; por supuesto, hablamos desde nuestra experiencia.

En Nueva York es cuestión de dinero, hay todo tipo de opciones, pero estás al comienzo del viaje y todavía no te sofocas por bucear en ketchup, mostaza y millones de salsas desconocidas con las que aderezar la llamada comida basura, que además te apetece probar, porque será basura, pero está de vicio.

Después, te enfundas volante y acelerador, y descubres un panorama inmenso de carreteras y vacíos: hay pocas ciudades y muy pocos pueblos, que no aportan demasiada ayuda logística, excepto alguna honrosa excepción que muestra un supermercado de tamaño pequeño o medio, en el que si hay suerte se puede encontrar comida hecha, como pollos asados y estofado.

La mayor parte de las áreas de servicio y gasolineras cuentan con mayor oferta de comida que en España, pero sólo comida rápida: hamburguesas, perritos, fajitas… y si tratas de localizar lo que sería un restaurante en el que pedir un filete, un huevo y unos granos de arroz, das vueltas en vano. Ni decir que la fruta, la verdura y el pescado son entelequias, a excepción de los plátanos que aparecen como espejismos de color oro en algunas gasolineras. Aconsejaría llevar siempre plátanos: se conservan bien, son muy nutritivos, sirve de postre o para matar la gusa, son baratos y saben a gloria, sobre todo como contraste a la comida grasienta y llena de aditivos.

Con las bebidas es distinto, la abundancia de variedad y oferta supera cualquier expectativa y necesidad, y para ciertos productos, a menor precio que el agua. En este sentido, lo mejor es comprar una nevera (6 dólares costó la nuestra, en una gasolinera) y llenarla con bebidas adquiridas por cajas en algún centro comercial. El hielo se vende barato (1,5 USD por bolsa) y se consigue gratis en muchos moteles. También es sorprendente la cantidad de bollería y salsas que se pueden comprar (no muy caras), aunque si buscas una exquisitez, como chocolate negro de calidad, tendrás problemas y habrás de pagarlo a precio desorbitado.

Al final, no te queda otra que beber mucho, y seguir la regla del mendigo, cuando tengas comida (decente) delante, acapara toda la que puedas porque no sabes cuándo va a ser la próxima vez que te veas en situación tan favorable. Por ello, si te cruzas con un Wal Mart, o mejor aún, con un SafeWay, no tengas reparos en cometer abusos. No sólo de tacos vive el hombre.

Tacos - Cantina Mirasol - Winter Park, Colorado - Rocky Mountains

Speaking English

Despues de llevar 15 dias en Estados Unidos, y habiendo recorrido unos 5000 kilometros, quizá alguno se pregunte cómo andamos de inglés. Realmente no estoy muy seguro de que haga falta hablar. No hablar inglés, no. Hablar y punto. En Nueva York no, al menos. Antes de salir a la calle puedes cortarte una pernera del pantalon, ponerte un zapato de cada color, y en vez de la gorra de los yankees te pones un orinal en la cabeza. No te dirá nada ni Perry.

Si ves que te mueres de hambre o de sed entras en cualquier tienda, pones los productos encima del mostrador, pagas y te vas. La relación entre un turista y una gran ciudad se establece directamente a través del sector servicios, y aquí poco hace falta hablar. Así que no temáis, andan acostumbrados a tener que entender a todos los que llegan, hablen lo que hablen, e incluso aunque no hablen.

Para los que queréis ir más allá y entablar conversación tenéis que traducir del oral al escrito, como pasa cuando un gallego quiere entender a uno de Alcorcón. Ejemplo. Cuando antes decía "pagas y te vas", es posible que el dependiente te diga "uni’abá’sé", queriendo decir "Do you need a bag, sir?".

Esas cosas son fáciles de entender si te esperas la pregunta. Otro ejemplo, cuando le pones o todos los productos encima del mostrador te puede decir "sdarit", queriendo decir "eso es todo?", "Is that it?". No, no es todo, si te sacas el calcetín de la boca te pido otra cosa. No seais sangrones, que nosotros hablamos igual de mal.

Les gustan mucho las opciones, deben aburrirse mucho. Las paredes de las gasolineras están llenas de frigorificos con todo tipo de bebidas. Pero de esas te sirves tu solo, así que te pasas un rato mirando como si fuera la vitrina de las mariposas del museo de ciencias naturales.

Cuando digo opciones, digo que pides un café y ya la has cagado. What kind? ah… "con leche", la vuelves a cagar como digas "with milk", eso nunca. "Latte" o "au laite", que no es lo mismo. Which size? Leches, si ya creía yo que estaba. Ahh… regular? Bueno, depende del estado, en el este tenían los tamaños con nombre, tall, large, etc. Aquí en el centro van por onzas, 16 oz, 24 oz. etc. Al final el cafe del desayuno se puede convertir en el vaso de leche de antes de ir a la cama.

A veces tienes suerte y las cosas van por números. Y puedes pedir un número 2, con extra de número 4 y sin número 5. Recordad que en general, cuando crees que has acabado de pedir es cuando empiezan de verdad las opciones, y las opciones de las opciones.

El otro día, nos traen nuestros tacos con doscientas salsas de la cocina de la Cantina Marisol. Y nos dice una joven, "Señores, ahí al fondo tienen ustedes las salsas para añadir a los tacos". Había unos 10 o 15 cubos con más salsas. Yo pensé, si esto ya viene hasta arriba de salsas… como no le añada aguarrás…

Por último, un resumen para supervivencia básica. Una palabra en inglés para olvidar. Budweiser. Y tres palabras para aprender. Beer on tap. Si recordáis esto podéis olvidar todo lo anterior.

El autoestopista desde el asiento del copiloto

Sentado en el asiendo de acompañante del conductor tienes dos misiones, o impedir que se duerma, o pasar del tema y mirar por la ventana. Dedicandome a la segunda ocupación, veo un tio que pasa largo los cuarenta, barba, gafas de sol. Está haciendo autostop, de verdad que entre los tios con buena pinta, este tenía buena pinta. Llevamos el velocímetro en español, es decir, vamos como dice Estopa, a toda hostia. Así que para recoger a este tio tuvimos primero que decidir. Bueno, por que no? Así hablamos un rato y tal. Vale. Pues damos la vuelta. Primero echa el freno, gira y vuelve. Mete su mochila en el maletero que ya de por si está petado. Buena mochila, mejor que la mia. No tiene nada de mierda encima para ser autoestopista. Un tio limpio, buena gente. Le decimos que vamos a Durango, se le ilumina la cara. Leches! Mi dia de suerte, también voy a Durango. Más tarde me preguntaría que habría dicho si le decimos que ibamos a Pitis.

Buck - Autostop

Al poco tenemos que parar. El señor Jeremías y el señor Pajares han encontrado un nuevo lugar donde poner a prueba si pueden romperse los cuernos de una hostia. No es nada, una especie de saliente de roca, debajo del cual está el valle de un billionario del petroleo. La foto haciendo el Karate Kid no tiene precio, joder, nos jugamos la foto del dia. La verdad es que el barranquillo es de impacto.

San Juan Valley - Colorado - Karate Kid

El colega se flipa un poco con el comportamiento capruno de los adlateres. Le digo, nada, nada, si llevamos asi todo el viaje, si ven una piedra se suben a por foto. Crazy people, you know. El tio se hace unas risas.

Como a mi Durango me suena a marca de cinturones, le preguntamos que si sabe un sitio acorde a nuestro nivel de cutrefección. Claro, hombre, si precisamente anda buscando tambien alojamiento. En el camino nos contamos las vidas, pero en resumen. Una historia. Se le ha quemado el pickup, sale con lo puesto. Va para Montana, asi que a ver si desde Durango está más cerca, pillando un bus o algo. Llegados a Durango vemos que uno tras otro todos los moteles donde nos va llevando son, primero, los más baratos. Bien. Acordes a nuestras pretensiones. Segundo, todos están llenos. Como el señor Jeremías se sacó el carnet en Leganés, pues ya os imagináis, las indicaciones de dirección claritas por favor. Y aquí es donde nuestro guía improvisado empieza a liar la cosa. Dice, a la izquierda, con la mano derecha señalando a la derecha. La cagamos, para girar hay que saltarse un semaforo. No pasa nada, eso en Leganés es ley de vida. Yo creo que fue entonces cuando el tio empezó a notar calorcillo por la zona del gayumbo. Unos cuantos giros más y el tio ya metía la cabeza en el volante para dar las indicaciones. Llegamos a un motel Super 8, que yo pensaba que estaría fuera de su presupuesto. No dio lugar a más especulaciones, según pensaba yo en ir fuera de la ciudad el tio empieza a gritar como cuando te zampas un taco de un mordisco. Se pone rojo, y los ojos dando vueltas como las tragaperras de Las Vegas. De repente está en el suelo, que se mete debajo del coche! Ah, no cabe, mucha barriga para un coche tan bajo. Lo siguiente somos nosotros entrando en el motel y llamando al 911. Se lo llevan. El tio reacciona. Le sacan del bolsillo de la camisa unos sobres con unas pirulas que parecen caramelos de gordas que son. Lo siguiente somos nosotros haciendo ruedas para largarnos de alli. La próxima vez que tengamos que recoger a alguien yo creo que mejor al que tenga peor pinta. Como dice el señor Pajares, para estos casos lo mejor es recoger a alguien en una noche oscura y lluviosa, siempre que lleve un traje de comunión y tenga las cuencas de los ojos vacías.

El autoestopista

Supongo que es difícil que un conductor recoja en la carretera a alguien si circula solo. No obstante, en este viaje se daban las circunstancias.

El que hubiera hueco, que fuéramos más de uno, el tener alguien que te cuente cosas de primera mano y cierto toque de esnobismo por añadir sabor al itinerario conformaron una mezcla ideal para que se añadiera un pasajero al asiento de atrás cinco minutos después de que hubiera enderezado su dedo gordo en una carretera entre Del Norte y Durango.

No sé si es fácil o difícil recorrer la geografía americana mochila al hombro de cuneta en cuneta. Sé que hay constantes carteles para evitar recoger autoestopistas, sobre todo cuando hay cárceles cerca. Seguramente en otras circunstancias, Buck, que así dijo llamarse, hubiera esperado al menos otros cinco minutos a que le recogieran. No se trata de la buena obra del día, ni siquiera afán de ayuda entre viajeros, ya que cuando acabe el mes, mientras nosotros nos debatamos en un atasco camino a casa, él seguirá en otra carretera, con otra cuneta, subiendo a otro coche anónimo. Así, en todo caso él es el viajero, que no lleva rumbo.

Hablan de los seis grados de proximidad por los que a cualquier persona en el mundo sólo le separan seis congéneres que le relacionen con cualquier otra en el planeta. Azar, crearse una experiencia a medida o un efímero instante de solidaridad se saltaron hoy en la 285S de Colorado cinco grados de golpe.

Autoestopista

Y hasta aquí lo que era una historia normal, acabada cuando todo era normal. Pero las aventuras no suelen ser como uno las elige.

Llegamos a Durango a dejar a nuestro improvisado acompañante. Decía conocerse la ciudad de ocasiones anteriores y nos indicó los hoteles más baratos. En el primero entró a preguntar sin despedirse y salió disparado con su mochila de vuelta al coche porque no había habitaciones. Mal para nosotros también, que andábamos buscando alojamiento.

El mal fario continuó en los siguientes hoteles, cada uno en una punta de la ciudad, porque los intermedios no le venían bien. La cosa comenzó a complicarse cuando tras saltarse un semáforo Jeremías, después de una mala indicación suya, se le anunció que el conductor padecía un daltonismo severo y sólo distinguía la posición de las luces y no sus colores. Esto hizo aflorar una risa floja en su cara.

Finalmente, paramos en un hotel, donde como en todos los de la ciudad, tampoco disponían de habitaciones. En estas empezó a gritar y a echar espuma por la boca, hasta quedar tendido en el suelo sufriendo palpitaciones y tembleques varios. Ante el desconcierto nuestro y de la recepcionista del hotel se le trató de reanimar a la espera de la llegada de la ambulancia. Cuando llegaron, con los ojos pegados a la nuca, empezó a balbucear su nombre mientras las asistencias le sacaban bolsas de pastillas con una dirección, de su bolsillo derecho. Tras meterle en la ambulancia, nos quedamos mirándonos sin saber qué hacer o decir, aguantando la carcajada tonta. ¡Tío, que casi se nos muere el pavo!

Moraleja, ni busques experiencias premeditadas ni recojas gente que no conoces. A no ser que quieras tener algo que contar por un ordenador…….

Autoestopista -  Durango

Vámonos al parque

Tras haber pasado en tres días todo tipo de territorio y paisaje: desde el desierto de Nuevo México a los pastos de Colorado, que harían parecer a la Duquesa  de Alba un agricultor jubilado con un huerto en el patio trasero, llegamos a la parte del viaje que denominamos Parques Nacionales.

Nos esperan picos, valles, ríos, neveros, cañones y cualquier forma geológica y floral que uno se puede imaginar. Nos despedimos de la Ruta 66 hasta que la retomemos en Las Vegas, para enfilar su recta final hacia California.

Dejamos en Texas el sabor a Fritos de Maíz y de rodeo, aunque la mayoría de los competidores en estos acontecimientos son de pueblos de Oklahoma. Nuevo Mexico se queda una efímera singladura y la sensación de un sitio desaprovechado, Una mezcla de nada y un revoltijo de todo. Es curioso la cantidad de pueblos abandonados que se dan entre Amarillo y Ratón, o cuando no lo están, sus habitantes se cuentan de un vistazo atendiendo la gasolinera y el mercadillo que se tercia en mitad del camino como oasis de incautos o despistados.

A pesar de ser tierra petrolífera, el combustible cuesta más dinero por galón que en cualquier otro estado de los que se han conocido. Se me antoja incompresible como Lance Armstrong, tejano autóctono, se hizo siete veces campeón de un deporte en el que el transporte no lleva gasolina. Aunque siempre le hará a uno saltar más del sillón en el letargo de la siesta demarrar siendo de Segovia y llamándose Perico.

La gente atiende con su hospitalidad y agradecimiento habitual, pero como un deje más rudo que de costumbre. La comida se anuncia en cafeterías y restaurantes con un nombre suficientemente descriptivo: Tex – Mex. Ciertamente, el picante guarda una mesura que hace el condimento más TEX que MEX, pero en ningún caso los frijoles, el chili y  el puré de patata abandonan la vera del pollo crujiente o el roast Beef. Las cantidades dejarían a Pantagruel al borde del colapso a medida que una camarera de rasgos hispanos deja caer los platos en la mesa desde una enorme bandeja , con aspecto de sombrilla, que dirige sin necesidad de malabares.

En la zona, nos cruzamos con los pasos de  otro lugareño cuya fama ha trascendido los límites de lo que conoció, e incluso del que dio al traste con su meteórica carrera. Billy, el otro niño además de Fernando Torres, estuvo atracando bancos hasta que Pat Garret le paró por la espalda. Hoy tendría una hipoteca y varios créditos, pero tampoco podría arrear a su caballo de colina en colina con el botín a cuestas. Nosotros le emulamos camino de Colorado acumulando recuerdos e instantáneas en nuestro baúl.

Rocky Mountains - salto - Grand lake

Fotos de la Ruta 66

Ante las constantes peticiones de fotos de la Ruta 66 original, hemos hecho una página con varias de las que hemos capturado estos días. Nuestro tramo de Ruta 66 ha ido de Chicago a Albuquerque, aunque en gran parte ha sido recorrido por autovías, desviándonos para ver las zonas que teníamos marcadas como más interesantes (ya hemos dicho varias veces que seguir la Ruta 66 completa no era nuestro objetivo). Tenéis el enlace a la derecha, en la sección Cómo Organizar tu Ruta 66.

Desde aquí (exactamente un pequeño pueblo llamado Ratón, camino del Parque Nacional de las Montañas Rocosas) os animamos a que vuestros comentarios no los hagáis únicamente a través de correo electrónico, podéis ponerlos en el blog, públicos para todos. En todo caso, para los más tímidos siempre mantendremos la opción de contacto por correo.

Ya veremos si podemos hacer una recopilación similar con fotos de los parques nacionales.

!Qué Grande es América!

La grandeza de EEUU se puede encontrar en cualquier pequeño rincón del país, pero ojo, aquí también son grandiosos en sus miserias. Es fácil dejarse llevar por la euforia del consumo total y pensar que esto es una especie de tierra prometida, pero si miras atrás ves que hace pocas décadas el apartheid impedía a los negros sentarse en un autobús. Y en la actualidad, continúa existiendo el racismo, el miedo al pobre, y la vida marginal en guetos. Os decimos, puesto que no lo cuentan las películas de Hollywood, que EEUU es el país desarrollado con mayor porcentaje de personas viviendo por debajo del umbral de la pobreza. Según la moral protestante, la causa podría ser que no se lo han currado bastante.

El mito de la grandeza de EEUU quizá venga de sus dimensiones, lagos gigantes, ríos inmensos, montañas espectaculares, bosques tremendos, pantanos impenetrables, desiertos abrasadores, llanuras sin fin, horizontes de grandeza, que decían algunos.

Horizontes Lejanos Camino de Santa Fe - Nuevo Mexico

Ciertamente nuestro objetivo es disfrutar esa grandeza, la de su naturaleza; pronto dejaremos atrás las jornadas de asfalto y nos zambulliremos en las de pinadas, cortados, cañones, lechos resecos, agudos picos e inmensas secuoyas. Otro mito relacionado con la grandeza del país, el del sueño americano, pudiera provenir de la conquista del Oeste a base de matar indios, de levantar pueblos apropiándose a la carrera de terreno virgen, o la versión moderna, personificada, por ejemplo, en el mafioso Onassis, de llegar con las manos en los bolsillos y luego tener que sacarlas para dejar hueco a los billetes de mil, los famosos “grandes” que todavía no hemos olido (los dólares huelen fatal, en Las Vegas, Dios mediante, nos haremos con algún Grand y sufriremos con gusto su peste).
A día de hoy, y a otro nivel, encuentras grandeza en el tamaño de los coches, los centros comerciales, los edificios, las raciones de comida y todo artículo de consumo que puedas imaginar. Y al final, de tanto comerciar con Big Sizes las personas se han mimetizado, y han decidido ser Big Size, por lo que la frase “El Señor le acoja en su regazo” ya no puede aplicarse. El consumo siempre lleva aparejadas ciertas consecuencias, empleo, sin duda, y contaminación, de hecho creo recordar que son el país que más perjudica a la naturaleza de media por habitante, no me extraña, tras ver lo que hay por aquí suelto. Por supuesto, sé que la grandeza también está en que los americanos se creen grandes, los mejores, sin tal actitud no se puede ser o llegar a ser grande.

Para mí, chavalito de aspiraciones comedidas, la grandeza de EEUU, por ahora, se encuentra en disponer en una gasolinera de un bote de refresco del tamaño de un melón, y poder rellenarlo tantas veces como quieras, por tan sólo un dólar. De veras, en esos momentos, dejando atrás el brasero que hay enchufado en Santa Fe, mientras escribes repantigando en el asiento del coche, recuerdas las áreas de servicio que hay en España y lo único que te sale decir, mientras sorbes por la pajita, es ¡Qué grande es América!

En la parte de atrás del carro, guey

Don’t mess with Texas

Llegados a Texas, uno tiene la impresión de haber cruzado a otro mundo dentro de este mismo. Y no es el típico chiste de creer en el más allá porque se vive en Móstoles.

Acaba lo verde a medida que los árboles van encogiendo hasta desaparecer por su raíz.
El horizonte se torna árido y seco. La tierra coge prestado el cobrizo del sol, clavado en el cielo. Los pozos de petróleo, aislados y de dimensiones de atracción de parque, repiten su vaivén de biela.

A este lado de la frontera el café va sin leche, porque si la quieres tiene que apretar tú la teta de la vaca y beber directamente. La gorra calada y el sombrero de paja son prolongaciones de la cabeza. No tienen pies sino botas de cuero y no existen piernas sino pantalones vaqueros, incluso como traje de baño para la piscina –completamente verídico-.

Aquí puedes entrar en una gasolinera y un dependiente con cara de no haber terminado la primera hoja del cuaderno Rubio puede preguntarte por tu origen y tras responderle Europa, encogerse de hombros y mirarte diciendo: ¿Eso está más allá  del cruce, no?   Y si sobrepasas las miradas de desconfianza y te animas a sociabilizarte, se te acerca lo que en cualquier otro lugar sería una tierna abuelita, ante la que por su atuendo sólo te sale decir: ”Póngame Wynn’s”

En Texas no eres nadie en la carretera si no dispones de, al menos, un ‘pick up’ en adelante. Es el único sitio donde te miran de soslayo al adelantar y pueden llegar a ‘picarse’ en términos de Ben Hur  -gracias Hertz por los 268 cv que nos brindaste para arrastrar nuestro carruaje-. En cualquier caso, dejadas las cosas claras a uno y otro lado de la raya continua,  no conviene estirar la cuerda del límite de velocidad ya que siempre se corta por  el lado más débil y es el sheriff del condado el que tiene la tijera.

Así, que si el destino te trae por estos lares no olvides el cartel que te recibe a la entrada del Estado y se repite incesantemente por cada rincón: Don’t mess with Texas.

Ben Hur - Toyota Avalon - Texas

Cutres, pobres, modestos

No somos pobres, puesto que vivimos por encima del umbral de la pobreza. Pertenecemos a esa clase media, con ínfulas, venida a más, a ratos bastante estúpida y engreída, a ratos modesta y cobarde, que ansía tener objetos inútiles y principalmente acumula un miedo inmenso a perder las cuatro baratijas que ha conseguido; clase que se siente llena de orgullo cuando puede mostrar sus merecidas posesiones y lo bien que transcurre su existencia; clase que asocia precio con valor, ingresos con inteligencia, ocio con gastar, viaje con aventura, deporte con gimnasio y televisión… mientras pasa sus noches rellenando los avisperos de ladrillo visto que forman las ciudades. Grandes cementerios repletos de nichos para vivos con almas muertas.

A pesar de esta descripción tan optimista, aún tenemos mentalidad de pobres, esto es, pensamos o preguntamos por el precio antes de hacer una compra. Tener mentalidad de pobre no significa tener la cuenta corriente tiritando, ni tener mentalidad de rico ser adinerado, simplemente es una actitud, una manera de afrontar los pagos, las compras, en definitiva, la vida, porque no hay vida sin comercio. Conozco poquísimas personas que no tengan mentalidad de pobre, a pesar de que sé de bastantes que disponen de jugosas nóminas.

Por decir de mí, diré que a pesar de mi mentalidad de pobre -moriré con ella- miro el dinero relativamente poco, gracias a que mis gustos, de simple que soy, son bastante económicos, y mis caprichos un tanto escasos. Digo esto porque tengo una manía, soy un cutre. Podría no serlo, me lo dicen y es cierto, pero disfruto siéndolo, y hoy es la primera vez que pienso serenamente porqué esto es así. La conclusión: no reniego de mi mentalidad de pobre, no trato de ocultarla. Afirmo sin atisbo de vergüenza que cuando algo me sale gratis, lo disfruto más. Además, ser cutre, ahorra quebraderos de cabeza. Y el dinero, ¿qué hace un cutre con él? ¿Lo acumula? No. Lo afloja sin sufrir cuando le dicen la cuenta del tal vez único capricho que se ha dado en meses, al menos el cutre que suscribe. No hay nada más triste que ver la cara de dolor con la que muchas personas aflojan los billetes a la hora de pagar algo que desean.

Durante el viaje hemos tenido algún pequeño conflicto Fernando-Jeremías contra Noodles, debido a que éste último no aprecia la ambrosía de la vida cutre. Los tres podríamos permitirnos un viaje pelín más cómodo, pero Pajares y yo somos cutres por naturaleza, nuestra esencia de pobre se ha transmutado, ahora que tenemos las necesidades básicas cubiertas, en dejadez y cutrerío, en lugar de convertirnos en señoritos de novela decimonónica; y claro, cuando el dicho que afirma que América es una tierra de oportunidades aplica a la perfección, si eres un cutre se te iluminan los ojos.

La pregunta “¿por qué dormir en el césped cuando hay un motel barato cerca? nosotros la invertimos, “¿por qué dormir en un motel si hay un césped cerca?”. No son ansias de aventura, ni de pasar calamidades; tampoco de dárselas de cutre, para hacernos los guays, ya que ser un cutre no es mejor que no serlo, ni tampoco peor. Cada uno hace su elección, lo importante es saber dónde se está ubicado, y a ser posible, porqué. Y por supuesto, en la medida de lo posible, somos cutres siempre que podemos, no sólo en vacaciones.

A veces he tenido la impresión de que ser cutre, a día de hoy, no es sino vivir por debajo de tus posibilidades, algo anómalo en una sociedad que gracias a los productos financieros consigue precisamente lo contrario, aparte de contentar a los banqueros. Pasar necesidades por falta de medios no es ser un cutre, ser cutre si lo sufres tampoco: somos cutres porque lo disfrutamos, porque podemos permitírnoslo, porque sabemos de dónde venimos y en qué no queremos convertirnos, y no nos engañemos, tampoco quiero hacer ninguna oda a la miseria, tal vez sólo sea que, hoy en día, a vivir modestamente -algo cada vez menos habitual-, cuando podrías llevar una vida más ostentosa, lo llamamos ser “cutre”.

Todo esto para decir que en la sección “Cutres en América”, pronta a ser inaugurada, damos algunos consejos útiles para quién desee disfrutar de un viaje cutre, modesto a más no poder. AVISO: nunca diremos cuáles de ellos han sido ejecutados, aunque pondremos todos los que nuestro olfato nos muestre.

Arroz y Carne

Retales de un pasado glorioso

Te encuentras la primera señal y resulta raro.  La asocias a multitud de revistas, anuncios y placas en bares que has visto anteriormente, mucho antes incluso de que supieras lo que era. Y sin embargo, el resto ha sido una réplica de la que ahora está ahí plantada.
Tratas de recomponer el lugar  a como estaba cuando los coches y furgonetas  que la transitaban  no llevaban aire acondicionado ni dirección asistida: un castigo para el cuerpo. Era el peaje que había  que pagar al suelo por llevarte hasta una tierra de prosperidad. A veces, muchas, ese impuesto era la propia vida. De ahí su nombre de  ‘Bloody Route’ (sangrienta/puñetera ruta).
Cruzar una tierra que aún hoy se exhibe  fértil de naturaleza y árida de oportunidades  resultaba  el paseo entre el desear y el poder, la esperanza y la realidad. Mas allá de la lírica que le pueda otorgar la literatura, era la puerta hacia un mundo mejor. Los desiertos de bosque, arena y maíz que la bordean no son sino paradigma de lo que hoy es el estrecho que separa Europa del subdesarrollo.
La ruta, medio siglo después, aún serpentea,  sus dos carriles desaparecen detrás de cada curva de 90 grados o a cada cambio de rasante. Te despista, se funde con la  nueva interestatal, reaparece  en otra intersección 50 kms adelante. Al final, el paso de un motero o dos, o una docena, te la rescata. Con carteles o sin ellos, siempre está ahí, copiloto que te sostiene.

Toyota Avalon - Ruta 66 - Route 66 - Missouri

Españoles a babor

Como ya se ha dicho antes, son ellos y no otros los que lo primero que echan en la maleta antes de viajar es la vara de medir. Quizá el resto tambien lo haga, aunque nunca se puede estar seguro. Parece que los instintos de ciertos otros viajeros europeos andan mas por lo primario, si hay que medir, que sea el numero de cervezas, y el numero de churris que les dicen que no.

Cómo distinguir por tanto un español en Chicago de alguien que simplemente habla en español? Fácil. Estará diciendo, ala, que de puentes tiene el rio, parecen los de el Sella. Sí, a poco que te fijes ves que se parecen mucho, como un huevo a una tostada. Pero nada. Comparación hecha, y a por otra.

Y claro, a la hora de comparar hay que hablar de dinero, que también se da bien. Cuando los españoles fueron a sacar a los mayas de la ignorancia, para acercarles al paraíso a base de machetazos, tal era el ánsia por el oro de los llegados, que los nativos pensaban que realmente se alimentaban de oro. No es que lo acumularan para gastarlo en sus propias guerras locales, no, era que se lo zampaban y lo cagaban en pepitas, no cabía otra posible explicacion para tamaño frenesi aurífero.

Asi que para saciar las ansias de comparativismos monetarios, andamos explorando todas las posibilidades. Desde el gratis total, a lo sleeping in the grass, hasta el me agencio un coche en el que comodamente caben 5 tios, maletas, y sus respectivas cocacolas de 42 onzas el vasito. Lo bueno del caso, es que en cuestiones de gastar, aqui vamos uno de cada tipo, asi que como dicen, en la variedad esta el gusto.

Todavia los hay que van peor que nosotros. Nuestra buena obra del dia ha sido dar indicaciones a una chica hispana que nos hemos encontrado en Collinsville, Illinois. Le pregunta al señor Pajares con voz temblorosa, "excuse me sir, do you speak a little bit of Spanish?" A lo que responde, con acento de Alcorcón: "Soy español, es lo unico que se hablar, y a voces". Quería ir de St Louis a Arizona en dia y medio. Comprobamos con el GPS que es posible, pero durmiendo unas cero horas. Cuando se lo decimos nos contesta que ya ha dormido dos horas, así que está descansada. Y que las niñas vienen durmiendo todo el viaje, no se si es que eran conductores auxiliares o algo. Aparte nos dice que no puede pasar de 70 millas por hora, porque "las gomas están a punto de botar", y con esas la vemos arrancar el coche, olvidandose en el "techo del carro" una cerveza del tamaño de un paquete de pringles.

Buena suerte, alma de cántaro! Nosotros solamente consumimos botellines.

botellines

Nacionalismos y retretes

Poco a poco uno va entendiendo, o eso cree, porqué el estilo de vida estadounidense, los dichosos tópicos, son como son, lo cual es interesante no por tener especial aprecio al dogma yanki, sino debido a que, a fin de cuentas, lo que ocurre a este lado del Atlántico acaba por afectar incluso al pueblo Mediterráneo más escondido; y desde mi modesta posición, se pongan como se pongan, no pienso permitir que llegue el día en que no exista el tinto de verano y ni mucho menos la horchata.

Quizá termine el viaje conociendo el secreto de su extendido nacionalismo, que tantos parabienes les ha prodigado. Quizá si leyese “La Democracia en América”, de Tocqueville, aprendiese de su sistema político (formalmente, y pesar de la partitocracia que ya replicamos en Europa, el más democrático del mundo, de puertas adentro, huelga decir) y comprobase que ambas cosas tiene relación, y cuál es ésta.

Por ahora, mi teoría sobre su acérrimo nacionalismo es simple, no obstante no hemos de olvidar que algo simple puede ser acertado. Creo que lo que les une son los retretes. En España son distintos de los que hay en Francia, y estos de los británicos, y, por ende, tal desastre ocurre en el resto de la Unión Europea, de modo que la propuesta de Constitución ha fracasado y volverá hacerlo en el futuro. ¡No podemos tener una identidad única si a la hora de cagar tenemos que adaptarnos constantemente con cada cambio de Estado! Nuestro inconsciente nos podrá, nos sentiremos distintos. Uno sólo se siente como en casa cuando puede hacer de vientre a gusto, imposible si no estandarizamos los retretes.

Al revés, vienes a América y las tazas de váter en Nueva York son clavaditas a las de un remoto pueblo fronterizo con Canadá, y si mi teoría es correcta a las que hay 3600 millas al Oeste, en cualquier barcito de la baja California, terreno que aunque proviene de un robo relativamente reciente ya se habrá adaptado como es debido.

Madison Square Garden - Retrete

Tras la salida neutralizada…

Se le llama en ciclismo salida neutralizada a los primeros kilómetros que hacen los corredores antes de que puedan empezar a atacarse. Una especie de tránsito hasta que entran en calor.
Es lo más parecido que se me ocurre respecto al punto donde nos encontramos ahora.

Este viaje partió con un ideario: la ruta 66. A medida que crecía la ilusión por él y el volumen de información recopilada, nos íbamos dando cuenta de que la ruta en sí apenas seguía en pie y  además era sajada por otras durante la mayor parte del recorrido.
Un mes da para mucho, sobre todo cuando hay tanto para ver. Al final, optamos por hacer una ruta a nuestra medida, sin desvirtuar la idea original. Y hoy, nos  encontramos donde señalamos nuestro génesis americano.

No se me ocurre mejor punto de partida, o llegada, que Chicago para esta mítica ruta.
Una ciudad que mejora con mucho otras de mayor fama. Limpia, próspera, ordenada, irreverente, cultural, donde se podía beber cuando había Ley Seca, el sitio donde un matón para la posteridad puede pagar su culpa por disentir de las tasas –sic-. En fin, un sitio muy recomendable para pasar unos días de vacaciones.

Retomando,  el primer paso hasta  San Francisco ya está dado. Los primeros kilómetros  cubiertos y las primeras señales que imaginábamos, sobrepasadas. Desde hoy,  cada mirada, cada  curva y cada circunstancia del camino, no lo podemos considerar simple turismo.

Ruta 66 - chenoa - anochecer

Pixie y Dixie y la niña de la curva

Hoy bajamos de Chicago, Illinois a St. Louis, Missouri por la Interestatal 55. No es que sea recta, no, que va. Aqui la niña de la curva, esa que se dicen que se aparece con la vocecilla estridente de "Caroline, ven hacia la luz", se tendria que ir directa al INEM, a ver si la admitian para cantar bolas en el bingo.

Y claro, miro a la derecha y veo arboles. Miro al frente y veo un camion en el otro sentido. Ah, no, ya ha pasado, ya no lo veo. Viene otro camion detrás.¿O es el mismo camion? Miro a la derecha y veo otros arboles, o los mismos arboles? Y entonces me acuerdo de los malditos roedores, cuando los perseguia el gato, los fondos eran de ese estilo cutre de la escuela americana de dibujantes, que repetia el mismo sofá y la misma lámpara doscientas veces en la misma persecución. Puedes contar camiones en USA como el que en España cuenta corruptos, por cientos. Lo que no sabia yo era lo de los árboles, por cada camion que veo me salen lo menos 2 bosques. Incluso el trozo que hemos visto de Canadá estaba bastante más pelado.

Vaya, ha sido mentar un trozo pelado y de repente ahora sólo hay camiones y campos de maiz ¿Será una nueva oportunidad para la niña de la curva?

Chicago y la Ruta 66

Chicago nos esperaba con las puertas abiertas, aunque no fueron éstas las del festival LollaPalooza que estaba comenzando justo el viernes que nosotros dábamos salida a nuestra particular carrera de autoloco Ruta 66. Errabundos y sin entradas nos perdimos las actuaciones de Daft Punk y Muse, entre otros.

Sin embargo, no hubo penas, la ciudad nos sorprendió. Bonita, agradable, limpia, con aspecto juvenil, vaya, como una buena mujer ha de ser. Con su río, su lago, altos rascacielos (la torre Sears decepciona, el resto compensa), diferentes estilos arquitectónicos, bastante ambiente, jardines, un paseo por la rivera del río Chicago, que desemboca en el lago Michigan, digna de elogio, limpia (¿ya lo he dicho antes? NY es una pocilga, vengo traumatizado) y pocos tipos raros; va a ser que son Made in New York.

Antes de abandonar Chicago dimos una vuelta bastante amplia por las zonas que un mapa apuntaba como más interesantes; echamos la foto de rigor, con la placa que hay en la calle Jackson, señalando el final de la Ruta 66, enfrente del Instituto de Arte, por si alguien la busca; y nos dejamos ver por el barrio chino, que por una vez es chino de verdad: no es que no haya turistas como nosotros, o que estos sean la peste (los turistas, no los chinos), sino que vas paseando y no te da por cantar la canción del Disco Chino, que Pajares no paraba de tatarear en la ChinaTown de Nueva York. Estancia justa para irnos con buen sabor de boca y el pensamiento de “aquí sí volveré”.

No quiero dejar de mencionar que los cretinos con los que voy de viaje se comieron la mitad del arroz que tenía para sustento de todo el día, y tiraron la otra mitad, mientras iba a comprar agua para todos. Para colmo, me sugirieron recoger de la basura los restos que habían dejado de mi plato (querían tener la foto estrella del día), pero tras ver el aspecto que tenían las sobras volvieron al cubo. Moraleja: piensa dos veces con quién te vas de viaje si no quieres aparecer en el telediario (por malnutrición o asesinato, está por ver). Ahora, que no me enfado, ni por eso ni por estar alojado en un antro que apesta (sirve para aprender que es mejor dormir en la calle, aunque te despierte el sol tempranero o un guardia montado del Canadá, que en un sitio cuyo aspecto no era prometedor) y no me viene mal otro día más durmiendo menos de seis horas y manteniéndome del aire; madre, no te asustes, ya sabes que aguanto estas perrerías sin demasiado pesar, y esta vez juego con ventaja, tengo reservas de sobra tras visitar la capital de la comida basura.

Chicago - Rio Chicago JP Gordo en Nueva York

A franquear en destino

Dormimos en Michigan City…STOPel día largo como Canadá y cansado como la fronteraSTOPNaturalmente nos bajaron del cocheSTOPNos llevaron a un edificio para inspeccionar el vehículo y nuestros documentosSTOPNos dejaron marchar media hora despuésSTOPcon sonrisa amable de date con un canto en los dientesSTOP

Mucha carretera…STOPmuchos kilómetrosSTOPmucho Medina AzaharaSTOPfalta el salmorejoSTOPhace demasiado calorSTOPNecesito respirarSTOP……descubrir el aire frescoSTOPy decir cada mañanaSTOPque soy libre como el vientoSTOP

Nadie adelanta…STOPlas millas van más rápido que el cocheSTOPcomemos  en restaurate de películaSTOPtodo buenísimoSTOPla mejor camarera cicuentona del casting de camareras cicuentonas para restaurante de películaSTOPChicago  ya llegaSTOPparamos en motel de carreteraSTOPes más barato que la ciudadSTOP…¡Coño!STOP¿te has saltado otro stop? STOP…¡País!STOP

Canada - Illinois - carretera - camino

Días 5 y 6 - Una de conducción: Manhattan - Albany - Saratoga Springs – Niagara Falls - Chicago

Tremenda la paliza de coche que nos hemos dado, menos mal que hubo suerte y nos cambiaron nuestro modelo "serie B", baratito, por un lujoso "serie H", sin soltar un duro de más, aunque esto de los asientos de cuero no termina de gustarme, como voy medio en bolas me quedo repegao.

Tenía por ahí algo escrito sobre lo que hemos ido viendo, pero es demasiado descriptivo y tostón, a quién le importa. Mejor os comento cómo va el asunto de la conducción en EEUU, quizá a alguien le interese desde un punto de vista práctico.

Lo que más difiere es el cambio semiautomático de los coches, la ubicación de los semáforos (después del cruce, y uno por carril, en algún cruce puedes tener enfrente hasta cinco) y las señales de dirección prohibida (prácticamente inexistentes). Al cambio se hace uno rápido, es cómodo, aunque para Europa sería poco funcional (hay demasiadas rotondas y se respetan menos los límites de velocidad); para colmo, el coche tiene la opción de velocidad de crucero, lo programas a la que te parece oportuno y terminas con la impresión de estar en una taza de váter con volante. Los semáforos tampoco son realmente un problema, excepto si ves uno en naranja y decides acelerar para no esperar de nuevo turno, puede ser que estés demasiado lejos del cruce y cuando realmente lo atravieses lleve ya unos segundos en rojo. En cuanto a meterte en dirección contraria, ya me ha pasado, obviamente no venía nadie de frente, si lo ves no la cagas. No suelen indicar “dirección prohibida” en la entrada que no debes coger, sino que en la perpendicular figura una señal que dice “One Way”.

Los límites de velocidad los respetan muchísimo, incluso cuando alguien va descaradamente más rápido que el resto, puede que sólo esté yendo a 140 km/h. Es bastante gracioso ver los coches que tienen, inmensos, de muchísima potencia, circulando a 100. Había oído que en EEUU, debido a que la posesión de armas está muy extendida, las discusiones de tráfico a veces terminaban en asesinato, incluso tenían un nombre para definir estos crímenes, “road rage”, me parece que era. Para mi sorpresa, no he estado en ningún país con una circulación más tranquila, sin duda debido a que todo el mundo conduce a la misma velocidad: la máxima autorizada para la vía por la que esté circulando. Nadie te da las largas para que te apartes, cuando alguien se te cuela en el carril, al ir a tu misma velocidad tampoco te molesta, de modo que terminas por hacer esa maniobra, sin que nadie te mire de reojo al adelantarte posteriormente. De igual modo, no he visto pitadas por salir tarde en los semáforos, ni nada parecido. Increíble. Con el alcohol parecen ser muy estrictos, pero sí dejan hablar por móvil mientras se conduce. Yo sigo en mis trece, me da pánico la carretera, tanto decir que hay accidentes, me han metido el miedo en el cuerpo, así que nada mejor que chuzarme un poco antes de ponerme a la tarea.

A ver si para la próxima os comentamos lo que nos está pareciendo el país por un lado, y el “American Way of Life” por otro, más o menos tenemos consenso.

Brindis Pajares-Jeremías

Carretera y manta

Si darse cuenta del  problema es la mejor manera de encarar las situaciones nuevas  cuando éstas son adversas, ya podemos decir que nos hemos aplicado una terapia de choque.
Acostumbrados como estábamos a gozar de un nido donde reposar tras los maratonianos días de paseos e instantáneas, unas horas, apenas veinte, han bastado para  asumir la nueva situación de interinidad.
Con 750 kilómetros por delante, recién estrenada nuestra motorización,  no nos quedaba otra que acatar que para el aprendizaje del cambio automático íbamos a estar sobrados  de kilómetros de alquitrán: ya se sabe que con paciencia y saliva se la metió el elefante a la hormiga, siendo nosotros en el mapa un insecto con maneras de paquidermo.

El descanso a tanto sosiego sólo podía encontrarse en un agitado reposo. Es por ello que el receso se produjo en Saratoga Springs. Imbuidos por el espíritu de Fernando Savater en el ‘Juego de los Caballos’, -gracias, Manolo-, disfrutamos de nuestro particular día en las carreras mientras los purasangres galopaban a la velocidad que los dólares saltaban el mostrador de las apuestas. No era Epsom ni su derby, pero como efímera parada hacia Canadá, era más que un aceptable sucedáneo.
Sustituido el  galope de la docena de  caballos de la pista por el del largo centenar del motor de nuestro coche, enfilamos el trecho que nos separaba de las cataratas del Niágara. Más largo y pesado de lo que se presumía, alcanzamos nuestro destino a una hora (2:30 a.m.), en la que  la ciudad nos recibía dormida.
Consideramos que nuestros cuerpos se habían aburguesado en ‘La Gran Manzana’ por lo que unas horas de sueño al raso, en un país tranquilo, les devolverían a su condición proletaria. Así, lejos de entregarnos a la molicie, el improvisado colchón nos haría madrugar y hacer de Marylin Monroe frente al salto de agua. No fue necesario. Un amable policía se tomó la molestia de hacernos de despertador, con todos los faros de su coche, al observar un cuerpo inmóvil tumbado en un jardín junto a un vehículo donde también dormía gente dentro.
Tras despertarse el campista, cegado por la luz, y gritar entre bostezos: -Gentuza, ¿es que no tengo derecho a dormir tranquilo?- el sonriente agente se disculpó y se retiró.
Imaginamos que hubiera pasado al otro lado de la frontera, pero como aún no la hemos cruzado, no queremos  aventurar desgracias.
Con el sueño roto y otra jornada de carretera por delante, nos convertimos en los primeros turistas del día frente al famoso lugar para descubrir que las fotos son agradecidas pero el espectáculo, no tanto. Clic, flash, clic, subirse al coche y Chicago espera.

Camping en Niagara - durmiendo junto al coche

Día 5 – Manhattan – Cinco minutos

Un suspiro o una eternidad, una pesadilla o el paraíso, la risa o el llanto, unos segundos durante una despedida, que se recuerdan por siempre o los anodinos de a diario, que pasan desapercibidos, la diferencia entre la vida y la muerte; cinco minutos pueden serlo todo o no ser nada.

En Manhattan, hubo muchos cinco minutos, y entre los que guardaré como más preciados, los primeros que pasé nada más salir del metro, en la 28th con la cuarta, mirando hacia arriba y girando el cuello en todas direcciones, cargado como un mulo y con la sonrisa de un pueblerino que viene a la gran ciudad, despistado y contento. Los del anochecer, en la azotea del Empire State Building, con luceros que poco a poco van rasgando la oscuridad que no termina de llegar y el resplandor de neones que se hacen visibles desde las alturas, cavilando como el tiempo y el afán humano han podido con aquel ingrato que pretendió evitar la edificación de la torre de Babel dividiendo a los hombres: en el mirador, entre voces en diferentes lenguas, asombrado por las vistas, acodado ante las rejas que impiden saltar al vacío, rodeado del bullicio de los turistas y los flashes, con el sordo rumor del tráfico, que a más de trescientos metros del suelo se diluye y remeda el sonido del oleaje, es fácil transformar la monstruosa Nueva York en una maravilla de la creación. Por último, la salida de Manhattan, sin demasiados pensamientos en la cabeza, concentrado en adaptarme a un coche con cambio automático, hundiendo el morro en el túnel Lincoln para cruzar el río Hudson y quedar sorprendido por la cantidad de verde que hay en cuanto uno se aleja del hormigón y cristal de la Gran Manzana.

Me voy sin pena, Manhattan tiene demasiadas cosas que no me interesan, y alguna que otra que he disfrutado. Me gustó la visita, la considero incluso recomendable, nunca veré Madrid del mismo modo; sin embargo, no la repetiría, excepto como ahora, con otros fines. Soy más de espacios abiertos, y doy fe que estoy muy feliz, escribiendo en la trasera del coche, con Sabina de fondo, viendo bosques interminables, camino de Ontario. En realidad, ahora comienza nuestro viaje, la América de otras películas, otro montón de cinco minutos que disfrutar y compartir con vosotros, si todavía os quedan ganas.

Hilvanando…

Desde ahora, nuestro futuro obra en las manos propias y en un pie que no embraga, y en bragas, partimos; más por calor que otra cosa, calor… y humedad, no son húmedos los sueños que nos vencen, más bien exhaustos, exhausto acaba uno de doblar esquinas de edificios monumentales, monumentos vastos, los que uno se cruza, cruzan taxis las calles de manera continua, tiñendo el asfalto de amarillo, amarillea nuestro exiguo equipaje, más por uso que por suciedad, sucio es el entorno en Manhattan, aferrándose al hormigón, hormigas parecemos -parecen- desde el más alto balcón que rasca el cielo, ¿rascacielos? Para dar y tomar, toma lo que se te ofrece porque aquí nada se regala, os regalo insomnio para que sepáis que acontece, acontece que es de noche cuando en Madrid el sol asoma, asomarse a esta isla, requisito obligatorio, obligan las normas a no beber en la calle, callejean los que buscan cosas que no han perdido, perdidos estamos entre luces brillantes, brillantes que cuestan lo que tu y yo no pesamos, pesamos la comida, si la llamamos basura, basura que se agolpa a los lados de la acera, acera que sostienen millones pisadas, pisadas sin rumbo que te cruzan la mirada, miradas que se precipitan a través de un objetivo, objetivo es acabar nuestra pequeña ruta, rutina no existe cuando no te exiges un destino, destino mis fuerzas a comentar lo que veo, veo, veo, una cosita que empieza por la letra… letrados de lo ajeno, contables de lo propio, propiedades sin dueño que no asoma la cabeza, cabezadas de cansancio para reponer fuerzas, fuerza para asimilar la explosión de sensaciones, sensación agridulce al mirar al neón, neones que anuncian en lengua extranjera, extranjeros que hablan y parece que ladran, ladran, luego cabalgamos.

Día 4 – Manhattan - Cuatro personajes

Corriendo los tiempos que vuelan, en los que todo ha de ser principalmente divertido, superficial y simple, supongo que hablar de personajes en Nueva York debiera ser hablar de ficción: alguno de esos tipos que aparecen en las telenovelas americanas que emiten las cadenas de televisión en España, “Friends” y demás, por entendernos; pero ni puedo ni quiero. Otra opción sería hablar de algún personaje sacado de un libro de Paul Auster o película de Woody Allen, señeros cada uno en su arte y conocidos por todos, mas de igual modo me abstengo.

Por otra parte, podría elegir personas reales, sin olvidar  que no todas las personas son personajes: hubiera escogido a Henry Miller, pero me temo que no ha dado el salto necesario, todavía no está en el imaginario general, aunque méritos no le falten. Sí son personajes y han marcado la ciudad de algún modo, por ejemplo, Rockefeller como promotor, constructor, paradigma de empresario, prohombre, y Bin Laden como oveja negra, descarriado, desagradecido, que muerde la mano del Amo, y cuya principal labor pública ha sido la apertura de nuevos solares, sin tener en cuenta detalles como el número de sujetos que se ventilaba en la operación (aun a sabiendas de que no es comparable ser un terrorista con ser un negrero sin escrúpulos, no quiero dejar de mencionar que estoy convencido de que los grandes constructores de rascacielos de la época del crack tampoco se preocupaban en demasía por el número de obreros que caían en la obra, es más, se aprovecharon de la crisis económica, pagando salarios irrisorios, para contratar el mayor número de trabajadores, de modo que sus sueños de inauguraciones memorables pudieran ser satisfechos en el menor plazo).

Finalmente, he optado por elegir personas de la calle, ante la abundancia de casos con “particularidad extrema”, y he realizado una división en cuatro perfiles (ejemplos en la sección Personajes. Supongo que los yankis tendrán estudios sociológicos sobre el asunto). Estos sujetos son producto, imagino, de una sociedad hipercompetitiva, donde las personas no valen demasiado; podríamos distinguir: los tirados, una especie de mendigos que quizá sí tengan casa, pero se pasan el día sentados en cualquier esquina; homeless o mendigos, a todas luces carecen de techo fijo, y cerca de ellos se pueden ver todas sus pertenencias; los raritos, personas con trabajo y casa pero que destacan por algún motivo -debería ser difícil destacar en una ciudad con perfiles tan diferentes (razas, modas, turistas, etc.) pero se las apañan para conseguirlo-; y los trastornados, la mayoría se encuentran apartados, no ya del mercado laboral, porque sin duda muchos de ellos trabajan, sino de la vida que podemos considerar normal. Desde mi ignorancia de la psicología clínica los califico de “tarados”. No todos los individuos que aparecen en la sección Personajes son locos, pero bastantes, sí, en general hemos puesto los que nos parecían más curiosos.

Desde luego, es absolutamente anormal para un europeo andar por la calle de lo que considera un país desarrollado y ver tal cantidad de desechos humanos. Y digo desechos no con ánimo de hacer befa de ellos, sino de la sociedad que los produce; son residuos en tanto en cuanto la sociedad los ha usado y alejado de de sí, como se hace con una pipa cuyo contenido ya se usó: la cáscara se arroja. Da la impresión de que se les hace ver que no valen nada y terminan por creérselo, hasta el punto de que un porcentaje alto termina dando tumbos por las calles.

No hay duda de que ellos, y no los cigarrillos Marlboro, son el genuino producto americano, que por desgracia no tardaremos en importar.