Alcorcón, Leganés, Barajas - Nueva York, Chicago, Tulsa, Amarillo, Las Vegas, San Francisco - Ruta 66 - Tras los pasos de Moriarty

Mimetismo

Prestos a que donde fueres, haz lo que vieres, vinimos, vimos y vamos haciendo. De momento, sin abusar del triglicérido, pero sin moverlo de la primera opción alimenticia. Algún brebaje colorín también ha pasado de la exagerada nevera de la que disponen los supermercados a nuestro organismo.

Otra forma de integrarse que consideramos oportuna fue saltar como el que más en un partido de la WNBA, en el Madison Square Garden. El ser los únicos en el majestuoso recinto que no conocía a ninguna jugadora no nos mermó el entusiasmo a la hora de vocear según iban cayendo las canastas, indistintamente del equipo que las consiguiera, para desconcierto de los de nuestro alrededor. Lo mismo ocurría con nuestros cuerpos al son de la música en los tiempos muertos. Y es que la comunidad afroamericana, principal asistente al partido, poseedora de un envidiable ritmo para  mecerse al son de la música, no ha asimilado la magnificencia de cimbrear tú cuerpo  como si se fueran la 4:00 de la mañana en la costa levantina y estuvieras participando del ‘minuto puzzletron’.

Pero como nuestro cosmopolitismo no entiende de barreras culturales ni de trabas sociales, un acto camaleónico más, nuevo intento de acabar indiferenciados con el entorno, propició un encuentro de culturas sobre el cemento de una cancha de baloncesto de Central Park, donde el atlético practicante vio perturbado su ensimismamiento, y rota su comunión con el balón, al aceptar gustoso el jugar con un extraño que acabó siendo un brother. Y es que comprobó que los blancos sí la saben meter.

Price of Bel Quelar vs Kobe Bryant

 

*En la ciudad de los superhéroes cavilamos sobre quièn vencería en un pelea entre un ninja esquizofrénico y un yonki de La Rosilla con ‘mono’. Se admiten apuestas, argumentadas…

Día 3 – Manhattan, tres miradas

Subsuelo, superficie y aire o lo que es lo mismo, metro, asfalto y cristal, calor, ruido y vistas, tres miradas diferentes a una ciudad que no podría pasar sin alguno de esos elementos… Vaya tostón de narices. Ese iba a ser el tema, pero era demasiado aburrido, de modo que por arte de birlibirloque lo cambio a comentar tres de los detalles que me han parecido curiosos.

La gran cantidad de expendedores/recipientes para coger periódicos gratis o de pago que hay por todo el centro de la ciudad, sin que luego ésta se encuentre llena de restos de papel (y mira que hay mierda suelta por todas partes), dan un toque colorido a las esquinas. La marea de taxis (ahora entiendo un poco mejor la película de Taxi Driver) que inunda las calles constantemente (me da a mí que tener un coche en Manhattan es un lujo muy exclusivo), y que además se ha extendido al reino de los pedales, dejando las calles de la ciudad casi como las de La Habana, una gran paso para la recaudación de impuestos y uno pequeño para la humanidad (vuelta a la caspa; entre eso y las calesas me tienen frito, pensé que venía a la ciudad que había inspirado la estética de Metrópolis y Blade Runner no a la que andaba de vuelta de la que nos presentó Hello Dolly). Por último, personas bebiendo por la calle, es muy fashion; he conseguido un vaso de plástico gigante de Starbucks, que a mi juicio son los que más visten, y lo llevo siempre con agua del grifo, para dar el pego, simulando que bebo en cada semáforo. Intuyo que la falta de tiempo motiva a la gente a comer y beber de pie, de eso hablaremos en la entrada que titularé “Consuelos de ciudad”, después de todo los que vivimos en ciudades invivibles tenemos que reconfortarnos como podemos, es decir, como los tontos.

Buzones - Expendedores

Prepara el ‘pastizal’

Cuando uno prepara un viaje, lo primero que suele hacer es pensar en el dinero que tiene presupuestado. Cosa lógica, además de una estimable precaución.
Una parte se suele dedicar  al transporte de ida y regreso, otra a la comida, otra a los regalos y otra a los imponderables. 
La proporción que cada uno hace de su presupuesto ya varía, y mucho, dependiendo de su nivel de exigencia,  su bolsillo o de las circunstancias en que realiza el viaje. Sobre todo, porque no es lo mismo el nivel de putrefacción que uno se puede permitir soportar viajando solo que cuando le acompaña una dulce señorita o señora, principalmente si no es la propia.
En el caso de ir a Nueva York, desde aquí me permito hacer un llamamiento a los previsores o desconocedores, como era mi triste caso, para adjudicar otro elemento en el reparto presupuestario: los impuestos.

-¿Qué impuestos?.

-Ahhhh, se siente, los impuestos de Nueva York

- ¿Eso que é lo que é?

- Pues eso, los impuestos de Nueva York..

Así que nadie se sorprenda si en una tienda va a comprar una chocolatina y una coca cola tras observar un precio para el que cree llevar suficiente monedas en el bolsillo y tiene que acabar pidiendo un crédito para poder salir sin tener que renunciar a ellas.
Exagerado o no, hay que saber de antemano que en las facturas, sobre todo en las que ha pagado a priori desde casa, vía Internet, es improbable que coincida el precio final con el que tú viste en un primer momento.
Solventado el desacuerdo con el recepcionista, feliz y amistosamente a su favor, porque luego uno no es nadie ante un negro de dos metros y 120 kgs al que le cabes en el hueco de la muela y tampoco es plan de perder días de viaje buscando al alcalde Bloomberg para resolver diferencias pecuniarias con él, hemos asumido que no queda más remedio que asumir los bocados que le pega el fisco neoyorquino a nuestra liquidez, cada vez menos líquida y más gaseosa.
Así que, si vas a viajar a la Gran Manzana en un tiempo próximo, deja uno de los montoncitos para en lo que en las facturas se refleja como N.Y. TAX. 

Conclusión: Nueva York no es caro, es muy caro, pero más caro es esto: Reina, Melo, Adelardo (c), Heredia, Capón, Bejarano, Eusebio, Luis, Irureta, Gárate, Ufarte (Becerra) y Salcedo (Alberto).

Día 2 – Manhattan, dos pensamientos

Nueva York, o al menos Manhattan, parece una ciudad dura para vivir, se ve mucho puesto de trabajo basura, se palpan las diferencias sociales, los precios son exorbitantes, las distancias enormes; un buen sitio para hacer turismo, seguramente uno malo para criarse. No es raro cruzarse con algún trastornado, que hablando sólo pasea por la calle con un cerro de suciedad a cuestas; incluso los mendigos, no piden limosna, simplemente están. En la sociedad capitalista por excelencia, donde se enseña que quien no tiene nada es porque no lo merece, imagino que está mal visto dar y pedir; lo suyo es ganárselo.

Disfruto más el campo que las ciudades, sin embargo creo que Nueva York es una visita imprescindible, más aún para alguien de una generación que se ha criado con la cultura americana avasallándole por los cinco sentidos. La ciudad tiene otra escala, impresiona y es el origen desde el que hitos, movimientos, estilos y formas de vida se han extendido por el mundo: raperos, comoida rápida, graffitis, vanguardias, pop art, rascacielos, Nikes, pantalones caídos, StarSystem… Ciertamente, esto es aplicable a todo EEUU, o al menos ciertas áreas de especial influencia; pasaría lo mismo con grandes ciudades de California. En todo caso, aunque entender y conocer Nueva York con todos los matices requeriría meses de estancia, una rápida visita puede ayudar a comprender el porqué de la tendencia a la imitación de lo que aquí sucede. Menos mal que la herencia de la moral calvinista y protestante de los padres fundadores no nos afecta por completo: oculta tu cerveza con una bolsa de papel, porque no se puede beber alcohol en la calle; sin embargo, luce sin temor y con orgullo un pistolón del tamaño de un lingote; os aseguro que impresiona ver esos chismes saliendo del un bolsillo de un tipo cualquiera, al menos lo suficiente para pensarte dos veces echarle una foto.

Manhattan Distrito Financiero desde el Puente de Brooklyn

Hoy alguno pilla

Como es preceptivo cuando se llega a un destino nuevo, lo primero es echar un vistazo rápido al mapa, para decidir al sitio al que ir. Lo malo de ellos, o de nosotros, es que no se mira la escala  y todas las medidas las adaptas a lo que conoces. Así que para nuestra desgracia, Nueva York no es Madrid, ni Sevilla, ni Valencia, ni nada parecido.

- ¿Hoy dónde vamos?

- A Brookling.

- ¿Pero andando?

- Claro, si de camino se ven muchas cosas.

Ahora bien ¿Alguien iría desde Móstoles, Paterna o Dos Hermanas de turismo a una de las capitales adyacentes? Pues nosotros, sí. Ale, con dos saquitos.

Lo peor no son los kilómetros de distancia, aumentados por ir callejeando, ni el calzado de franciscano que hoy delatan mis plantas de los pies. Ni si quiera, la humedad que nos hacía pasear por una sauna. Tampoco que de tanto calor llovieran calamares fritos, ni que el sol se encostrara a la colleja y los brazos de alguno de nosotros, porque más allá de estas dificultades, superadas por nuestro ansia de oír el clic de la máquina de fotos, hemos sido capaces de recurrir al hispano arte de la siesta con una reparadora cabezadita de 12 horas.

Lo peor, lo “muy peor”, es que el recepcionista del hotel, aventajado aprendiz de edil marbellí, ha intentado colarnos una factura con una cuenta excesiva.

Uyyyyyyyy, el incauto no sabe con quien se la juega…

Hoy alguno pilla

Día 1 – Manhattan, una impresión

Caminas por calles que conoces, como Broadway o la Quinta Avenida, pero nunca antes pisadas por ti, la ciudad es inmensa, pero no da esa impresión, sino todo lo contrario, es claustrofóbica, calles no demasiados anchas, la sensación de estrechez se acentúa por la altura de los edificios; tráfico constante, aceras colapsadas, sucias, pavimentadas con grandes placas de cemento en lugar de adoquines, bordillos bajos, apenas hay separación con el asfalto; semáforos en cada esquina, cables que se entrecruzan, señales de circulación, luces de todos los colores, publicidad, consumo, cientos de taxis, decenas coches policía, 4x4, pick-ups, limusinas; montañas de bolsas de basura, ruido incesante, puestos ambulantes de comida, restaurantes cada dos pasos, baratos, caros, italianos, comida rápida, de mantel y velita; mezcla de olores, refritos, asados, brasas; edificios de ladrillo visto rojos, marrones, grises, con escaleras de emergencia de hierro oxidado, otras pintadas, en verde, rosa, ocre; rascacielos art decó, hormigón, acero, cristales oscuros; gárgolas, cúpulas, columnas, frisos; jardineras, parterres, hidrantes, y escasos balcones; giras el cuello, miras arriba, las nubes rozan las antenas; americanos, hispanos, negros, chinos, caucásicos, delgados, gordos, obesos, musculados; vestidos, trajes, vaqueros, bermudas, prima lo informal, de hecho, resulta extraño, casi fuera de lugar, ver a alguien arreglado; los sentidos no pueden acaparar tanta información, se desbordan, es mejor observar por partes. Al rato, empiezas a asimilar, aunque la impresión de estar en un rodaje de película continúa mientras te me preguntas dónde está la verdadera Manhattan, porque lo que te rodea seguro que es un gran decorado con miles de extras disfrazados de americanos.

¿No queríais viaje?

Tras más de 24 horas desde que mis pestañas se despegaron en Alcorcón, y las de mis compañeros de viaje, en Leganés, no nos queda más que decir que si queríamos viaje, el primer día, ración doble.

Como era menester, no debía partir sin olvidarme algo; esta vez, una maleta, lo que nos hizo llegar a Barajas con el pie en el acelerador. No fue el único inconveniente. Ni material, ni moral. Decididos a ser voluntarios en el overbooking para asegurarnos 600 euros a costa de la Swiss, nos consideramos robados como si el comandante nos hubiera metido la mano en el bolsillo cuando nos dijeron que había plazas libres. Como compensación a nuestra decidida ayuda a la regulación del tráfico aéreo, nos acomodaron en un sitio a gusto de nuestras rodillas.

Al final, tras 11 horas de viaje previa escala en Zurich, aterrizamos en Nueva York, y cuando dábamos por hecho que la frontera estaba salvada, al menos por dos miembros de la expedición, el policía consideró que el que suscribe, y escribe, era sospechoso y peligroso, por lo que hubo de acompañarle a una sala donde examinaron sus documentos. Acongojado ante la posibilidad de una inspección rectal, no por lo que pudieran encontrar, sino por el devenir de la sexualidad futura, el inconveniente se solucionó mediante una comprobación de datos más exhaustiva por otro agente de la autoridad y el miedo.

Recordatorio: no hacer ruiditos en la frontera delante de un policía, perteneciente a una minoría étnica, que considera que ser cabrón es una buena manera de integrarse socialmente.

Por lo demás, ya estamos en la habitación, succionando wi-fi a costa del erario neoyorquino y con el aire acondicionado a tope para que no se solivianten los sudores mutuos: Tres metros cuadrados para tres viajeros que se han pasado el día en un avión puede ser cultivo de virus y aquí el pánico a la guerra bacteriológica desaconseja permitirnos desmanes en la higiene.

La ciudad, tras paseo nocturno de tres horas y 35 paradas de metro, parece que da para mucho, pero eso ya es otra historia.

Siesta Avion Viva Swiss

Proposiciones de un provinciano simplista

Por desgracia, el encabezamiento de esta entrada no hace referencia a que vaya a regalar mi cuerpo al lector que más comentarios aporte, aunque al paso que vamos mis carnes terminarían igual de inmaculadas y virtuosas que las tengo ahora, sino a dejar claro, por si alguien ha leído más de un día el blog y todavía no ha caído en la cuenta, de que lo que aquí se escriben son juicios de valor.

Es importante la diferenciación entre opiniones, es decir, los mencionados juicios de valor, y las proposiciones analíticas, sintéticas y metafísicas. En este blog no habrá sino opiniones y juicios, tan sesgados y maniqueos como mi persona es; lo único que tal vez me salve es el hecho de ser consciente de ello.

Los juicios se forman a partir del sistema de valores de cada uno, y a través de ellos calificamos, definimos, sentenciamos y juzgamos. Su valor como argumento es nulo, no tienen aplicación dialéctica, sin embargo es normal que los apliquemos para defender nuestras tesis, lo que viene a ser una acción tan efectiva como dar puñetazos al aire.

En oposición a los juicios de valor, las proposiciones analíticas son verdaderas por definición, algunos las calificarían de perogrulladas, en ellas el predicado confirma lo que afirma el sujeto; las proposiciones analíticas no dicen nada del mundo, poco me servirían por tanto para describir lo que vamos a encontrar en nuestro peregrinaje.

Por su parte, las proposiciones sintéticas sí pueden ser verificadas, a veces son falsas, en ocasiones verdaderas, en ellas el primer miembro de una proposición es tomado como una parte, uno de los términos no está contenido en el otro, de modo que se produce una cierta unión entre dos conceptos. Ahora bien, tal ligazón debe ser sometida a verificación, y puede ser sometida a falsación.

Además, hay quién distingue también un último tipo de proposiciones, las metafísicas; son aquellas que no encuadran en los anteriores casos. En fin, una descripción pobre de solemnidad; no obstante, usando el ojo que todo lo ve (Google) seguro que cualquiera encontrará explicaciones más acertadas, aquí no estoy para dar lecciones, sólo para emitir opiniones, sentencias relativas, no contrastables ni verificables, no necesariamente compartidas, e incluso no creíbles.

No quiero terminar este largo exordio –ya van unas cuantas entradas en el blog- sin subrayar que somos especialmente flojos de lengua cuando hablamos de viajes, porque nuestros por naturaleza débiles juicios suelen estar hinchados por el ego y la vanidad, aires de grandeza, que lo único que ocultan es nuestro:

- Provincialismo. Siempre comparando con lo que conocemos, como si lo conocido tuviese el valor de cierta vara de platino e iridio que custodian en París. Algún griego clásico, de esos que gustaban de jugar con los niños al teto, decía que el hombre es la medida de todas las cosas, pero se refería al Hombre, con mayúsculas, no a nuestro vecino Pepe.

- Simplismo. En esta soy como los que salen por la televisión jugando al ajedrez: Gran Maestro. Consiste en hacer extrapolaciones para la elaboración de sentencias a partir de una experiencia individual.

- Guayismo. ¡Qué ganas tenía de meter un neologismo propio! Básicamente es el cambio de actitud, de persona normal a persona Guay. Es intrínseca a viajar en vacaciones (no te ocurre si eres comercial y estás de servicio, por ejemplo). Estoy empezando a sentir el cosquilleo por mis venas, sólo dos días para ser Guay.

- Positivismo. Tanto en el sentido de positivo como de experiencia. O falta capacidad de crítica negativa o cuesta demasiado dar palos a lo que te ha supuesto aflojar a lo menos un costillar. Y de obvio, se cae, estamos condicionados y condicionamos lo que experimentamos, perrillos de Pávlov, microbios venidos a más.

Se me hace tarde, paro ya la enumeración, seguid vosotros pues el listado no está cerrado. ¡Me largo a dar caña a los yankis, boqueando como pez fuera del agua!

De encuestas y concursos

Los Simpsons, divina comedia sobre la que podría escribir un blog más largo que la Biblia, fue el tema de la primera página Web que hice, calculo que en torno al año 2000. Recientemente, en un movimiento publicitario ruin, aunque no tanto como el de la elección de las nuevas siete maravillas del mundo, los creadores de la mencionada serie de animación, para dar impulso al lanzamiento de la película que han realizado con los mismos personajes, han perpetrado una encuesta para zanjar la cuestión de en dónde se ubica la localidad de Springfield. En nuestro periplo estadounidense, este año íbamos a pasar por Springfield, Illinois, una gran urbe en la que tengo entendido que hay un museo dedicado a la celebérrima serie. Nadie quiere perder comba, todos desean subirse al carro, y chupar del bote son, además de frases hechas, un tanto horteras, la representación en pocas palabras de cómo todos aprovechamos oportunidades por miserables que éstas sean.

Por suerte para mis bolsillos, y, sobre todo, para mi estado mental, la aversión que sufro cuando me acerco a un museo, tan sólo superada en el del chocolate de Artúrica Augusta, Astorga para los amigos, me impide traspasar las puertas de semejantes abismos, en los que la acumulación fetichista de objetos hace reunirse a lo más granado del ahora y el ayer (todavía no existe pero pronto alguien creará un “museo del futuro” basado en el arte conceptual de la hoja en blanco y el imagina tú lo que depara el futuro; que nadie dude, se llenará de enfervorizadas masas), con las adoraciones esclavistas más infectas, véase sin ir más lejos el origen del Metropolitan de Nueva York, a manos de cierto Morgan, de profesión “aceros y ferrocarriles” (en una dorada época en la que matar indios y tener montoneras de esclavos no era políticamente incorrecto, aunque tampoco aprobado por todos, no nos engañemos), con las palmas cual Pilatos, impulsor del sistema de voto democrático, Nerón, defensor a ultranza de las quemas periódicas y el barbecho, o Bernardo Gui, uno de los primeros en introducir el concepto de Spa en las ciudades. Por decirlo de otro modo, no tenía intención de visitar el museo de Los Simpsons –y vaya si me gusta la serie- en Springfield, y menos todavía desviaré mi camino hacia Vermont, estado en el que se encuentra el Springfield ganador del concurso.

Apenado al ver que tratan de sacar un puñado de dólares, jugando a ubicar en el planisferio un sitio que no existe sino en nuestra imaginación, y que fue creado de modo indefinido precisamente para no tener ubicación, sólo me queda proponer a Matt Groening que haga publicidad de su serie y apología de su país a través de un episodio que podría ser antológico, a saber, Homer y Bart recorriendo la Ruta 66; creo recordar que ya hicieron algo similar, al recrear la Película “Thelma y Louis” en un episodio en el que Marge se da a la fuga, y no estoy seguro de que no hayan hecho un guiño a la ruta en otro en el que Homer deviene en motero; también han hecho escapadas a San Francisco y Las Vegas, y aún sin recordarlo apostaría porque pisaron Los Ángeles; y si bien fuera de la Ruta original, que no de la nuestra, se encuentra Nueva York, en la que pasaron un aciago día tiempo ha.

Por otra parte, propondré a mis compañeros de viaje un concurso: entre los cinco lectores del blog que más comentarios nos envíen sortearemos una plaza para acompañarnos en el próximo trote que organicemos; tal vez alguna ruta circular por Australia, por ejemplo, Melbourne, Canberra, Sydney, Brisbane, Darwin, Perth podrían articular un viaje en el que viésemos la Gran Barrera de Coral (Great Barrier Reef), ciudades de todo tipo, desiertos que no envidian nada al de Atacama (Chile), considerado el más seco del mundo, zonas pantanosas, minas de oro abandonadas, y vete a saber qué (por supuesto, no dejaríamos de hacer el paleto visitando la roca Ayers, que anticipo como una especie de fusión del Yelmo de la Pedriza con el Naranjo de Bulnes). Y como la imaginación no deja de volar, quién sabe si no podríamos decir eso de “envía Ruta 666 al 555” y díganos el destino que prefiere entre: Nueva Zelanda, Madagascar, Zaire, Vietnam, Mongolia, Japón, Siberia y Switzerlandia. A ver qué sale…

Aquí, allí

En España, la partida se ciñe a nuestro sueño, se adapta cómodamente a nuestro abandono, como la almohada a la cabeza; contamos, en lugar de ovejas, los días laborales que nos quedan por sufrir, y poco más nos preocupa, apunto de cerrar los ojos en busca de otras escasas seis horas de respiro.

Mientras, en EEUU, el ambiente se va enrareciendo y no sólo por el calor estival; aquí las 00:00, allí el metro parece una olla a presión, y las personas mejillones que se cuecen al vapor; la ciudad todavía piensa en atentados recientes (11-S), la incertidumbre siembra dudas cuando una explosión sacude Manhattan –esperemos que mantenga el tipo la covacha donde vamos a pernoctar; los predicadores rodantes prestos se levantarán con fuerza, aunque ya no recorren caminos polvorientos, sino que anuncian la llegada bíblica del ángel Exterminador (personalmente, creo que ya vive con nosotros el mismísimo Lucifer) en púlpitos con formato en alta definición y emisión por satélite o cable; arengarán a las masas, sembrarán el miedo como quién planta vides e insuflarán fuerza al enemigo, porque el terror sólo sirve para eso. Aquí el mismísmo diablo, da miedo.

Mañana quizá sabremos qué pasó, por hoy, mientras el mundo sigue rotando impasible, cerramos el chiringuito; no vamos a ser más nerviosos que él.

Good bye Lola, echaremos de menos tus plumas

Consternados, dolidos y poco menos que con el alma en pleno naugrafio leemos que echa el cierre el legendario Copacabana de Manhattan, debido a las obras de ampliación de una de las líneas del subway de la Gran Manzana; por si alguien aún era escéptico, ya no queda duda de que Bloomberg es un hombre sin corazón, práctico, cuyos iris tienen forma de dólar y que piensa más en la facturación de las contratas y el bienestar de sus votantes que en el de los turistas que pueblan la ciudad, en pertinaz pugna con las cucarachas por un hueco en los hostales.

No hace mucho, allá por marzo, se cargaron Roxy, la sala que intentó ocupar el solar emocional dejado por la mítica Studio 54. Ahora, dinamitan el local que inspiró a Barry Manilow, ese gran hombre americano de americana con grandes hombreras, que a pesar de vender millones de discos y ser admirado hasta por Bob Dylan no termina de convencerme; para mi gusto, carece del empaque de Bing Crosby o Louis Amstrong, más bien lo sitúo como precursor de los actores graciosetes de monólogo, algo así como Jim Carrey, en alguna de sus famosas dobles imitaciones, si bien, en su caso, más cantarín y con menos chispa.

Volviendo al presente, nosotros, compungidos, tenemos que pensar en otro club donde cimbrar nuestras caderas y mostrar a la gauche divine neoyorquina que rebosamos donaire en el longevo y cada vez menos noble ritual de apareamiento que es la danza; hemos de encarar aquesta pena con la fuerza que nos da saber que aún quedan locales de moda, y entrada no apta para bolsillos flojos, como Culture Club, Webster, Hall, Float, Twilo, China Club, Lotus, Plaid, Rhone, PM, The Park, Marquee, Avalon y APT, Village Vanguard, Knitting Factory y seguro que montones de minúsculas, encantadoras y casi desconocidas salas de jazz, ahumadas, oscuras y con aroma a Nueva Orleáns –no me refiero a olor a agua estancada sino a cierto déjá vu con lo que sería un bar de copas del barrio francés de la, llamémosla, nueva Atlántida–, donde pedir una Coke puede suponerte la expulsión a patadas.

En todo caso, dicen que habrá una nueva versión, Copacabana III, pero para entonces a saber dónde estamos y a saber dónde estará ella, “Her name is Lola, she was a showgirl…”, arquetipo de mujer de bandera y decadencia previsible, de igual manera motivo recurrente en canciones en castellano, a veces incluso con el mismo nombre: Lola. Cierto que también existen las que aguantan el paso del tiempo sin corromperse, pero entonces se llaman Carmen y pobre de quien ose prendarse de ellas, que se lo digan a Merimee o Bizet, que cantaron loas en su honor, o a tantos locos románticos que terminaron como el jovencito Werther (ese de los caramelos), también con encarnación castiza, por ejemplo, en el pellejo de Larra.

Requiescat in Pacem, Copacabana.

Estereotipos a quemarropa

Va de tópicos. Sí, tan injustos como certera la leyenda que los ha forjado ¿O simple cúmulo de casualidades?

Cuando uno comenta que se marcha a otro sitio, lo primero por lo que siempre le preguntan es por el tópico.

Si se va a Amsterdam, que volverá ‘endrogao’. Si planea visitar Suramérica, si lo hará con un/a Dinio/a. Si acude a Australia, que salude a algún Cocodrilo Dundee. Si vuelve de Bélgica, si ha visto a algún pederasta. Si va a Thailandia, si no lo ha visto -bueno y si trae las monedas idénticas a las de 2 euros para sacar tabaco de la máquina por 50 pelas-. En fin, lo que todos conocemos de cada sitio de oídas o a cuenta de la instructiva televisión.

A menos de un mes de la partida y con pleno desconocimiento del destino, la mayoría de las preguntas en torno a nuestro viaje han sido si nos haríamos con una pistola, "como allí es tán fácil y todo el mundo la lleva….".

No puedo negar que, habiendo crecido desarmado y peliculero, me seduce la idea de llevar un Magnun44 bajo la ropa y tras ser mal atendido en un restaurante, montar una balacera y al camarero que me ocasionó el desaire, recitarle de memoria: "Sé lo que estás pensando, si he disparado seis balas o sólo cinco…."

Pero a todos los que se sientan imbuidos por tal sentimiento, es justo decirles que no. Que por nuestra integridad y, sobre todo, la de los que se nos crucen con aviesas intenciones, es prácticamente imposible para un extranjero conseguir un arma de fuego. Y en muchos estados, también para los nativos. Cierto es que la Asociación Nacional del Rifle, con 180$ millones de presupuesto para financiar a los partidos políticos, goza de gran poder. Tanto para que con 18 años puedas llevar un arma corta y con 21, un arma larga en muchos estados, previa consulta con la base de datos del FBI. Sin embargo, el panorama cambia en las ferias que se celebran en cada rincón: el gran problema del mercado negro. Aún así, no deja de estar prohibido el portarlas fuera del domicilio propio.

Nos vienen a la mente los recientes asesinatos de Virgina Tech o la archiconocida ‘Bowling for Columbine’, como nos puede venir a la mente Puerto Urraco y las hermanas Izquierdo. Es innegable que hay cultura del arma de fuego en Estados Unidos, como en todos lados, pero es más probable morir en un accidente de tráfico que por un mal tiro (aunque Maradona, Elvis Presley o Antonio Flores no opinen lo mismo)

Así, que ante la imposibilidad de hacernos con un Kalashnikov recortando cupones del McDonald’s, me conformaré aludiendo al conocido estigma: Si no soy Curro Jiménez, ¿por qué tengo este trabuco?